El imperio del individualismo

En el libro Para dónde va Colombia (Tercer Mundo Editores), que recoge varios ensayos sobre el futuro nacional, Hernando Gómez Buendía publica un escrito -“La hipótesis del almendrón”- en el que pone el dedo en la llaga de nuestros males: el individualismo. En nuestro país casi siempre el interés particular prima sobre el bienestar colectivo. Casi nunca nadie está dispuesto a ceder nada a cambio de una ganancia para los demás, o para la sociedad en su conjunto.

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agosto 22 de 2006 - 05:00 a.m.
2006-08-22

Erróneamente, se cree que lo público no le pertenece a ningún individuo, porque supuestamente uno es dueño solamente de aquello que le ha sido escriturado. Son muy pocas las personas que en realidad están pensando y trabajando en función del progreso de la comunidad, el resto está viendo cómo maximizar sus beneficios personales lo más pronto posible, incluso infringiendo las normas si es necesario. Por todo esto es que como sociedad avanzamos marginal y lentamente. Y en no pocos campos, incluso retrocedemos. Estos pensamientos nos han resurgido mirando la triste feria del individualismo que por estos días se registra en diversos escenarios. Por ejemplo, en el debate de la reforma tributaria, a prácticamente nadie le interesan los objetivos descritos por el presidente Uribe: estimular el crecimiento económico elevado y sostenible, mejorar la equidad, conseguir el grado de inversión, sanear las finanzas públicas. La gran mayoría de los que han participado en el debate tienen grandes intereses personales, están defendiendo beneficios particulares. Son escasas las voces que hacen críticas o plantean alternativas impositivas teniendo en mente única y exclusivamente lo que más le conviene al país. Defender intereses particulares es por supuesto legítimo, pero cuando todo el mundo anda en ese plan llega un punto -al que ya hemos arribado- en el que se vuelve imposible hacer la verdadera reforma estructural que necesita el país. Otro ejemplo es el de la indispensable reforma al régimen de transferencias. A pocos les preocupa de verdad la situación fiscal de Colombia, lo que les interesa es conseguir el mayor crecimiento posible de recursos para sus regiones. Porque de esa manera los malos dirigentes (que son la mayoría) consiguen más poder, más votos, más puestos, más contratos, más posibilidades de robar. Pero incluso en el caso de los bien intencionados, que genuinamente quieren más recursos para invertirlos bien en prioridades sociales de sus regiones, su excesivo egoísmo impide acordar una fórmula racional. Y así sucesivamente podríamos citar muchos más ejemplos de debates en los que brilla por su ausencia un sentido comunitario, la noción de que vale la pena hacer ciertos sacrificios individuales en aras de un beneficio colectivo. Aún no comprendemos que ceder algo individualmente no es perder sino invertir en el progreso colectivo. Y hasta que no aprendamos esta lección, seguiremos sumidos en el subdesarrollo. Sin embargo, no hay que resignarse a esta ley de la selva. Porque para defender el bienestar colectivo está el Presidente de la República. Esa debe ser su principal misión. Esa tiene que ser su principal labor cotidiana -pensar y actuar en función de lo que le convenga a las grandes mayorías, en especial a los grupos menos favorecidos de la población. El actual primer mandatario, Álvaro Uribe Vélez, ha amasado un gran capital político porque ha logrado ganarse la confianza de la mayoría de los ciudadanos. Le llegó la hora de gastarse buena parte de ese capital impulsando las grandes reformas que necesita el país, sin prestarle tanta atención a lo que le piden pequeños pero poderosos grupos de presión. Esa es una de las mejores formas de meter en cintura al rampante individualismo que tanto daño le ha hecho a Colombia. "El presidente Uribe debe pensar y actuar en función de los intereses colectivos, con especial atención sobre las necesidades de los menos favorecidos”.

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