Los impuestos, los aranceles y el desarrollo económico de un país Varias de las medidas recientes demuestran que sí es posible favorecer un mejor clima de inversión.

Los impuestos, los aranceles y el desarrollo económico de un país Varias de las medidas recientes demuestran que sí es posible favorecer un mejor clima de inversión.

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noviembre 01 de 2007 - 05:00 a.m.
2007-11-01

Óscar Fabián Gutiérrez Herrán Especial PORTAFOLIO Por estos días está en pleno auge en Ecuador la discusión sobre las bondades del anuncio del Gobierno de incrementar los aranceles a 567 productos considerados suntuarios o que compiten en condiciones desventajosas con la industria ecuatoriana y que ingresan de países como China. El presidente Rafael Correa aduce que previamente ha reducido los aranceles a algunos bienes de capital y se pregunta “¿Cómo es posible que desperdiciamos nuestras divisas en perfumes?”. En forma casi paralela el presidente Hugo Chávez ha señalado que “no estoy dispuesto a seguir dando dólares para importar whisky en las cantidades que se presentan actualmente. ¿Qué revolución es esta, la del whisky, la de los Hummers? No. Esta es una revolución de verdad”. Como se desprende de estos dos ejemplos, la política arancelaria, al igual que la tributaria, son instrumentos de política económica que pueden utilizar los Estados para conseguir sus objetivos, sean estos la promoción de un ‘Hombre nuevo’ o la promoción de un modelo de sustitución de importaciones. Colombia no ha sido ajena a estas controversias. Aunque desde hace mucho se dice empeñado en su inserción en la globalización, la discusión reciente no se refiere a si el Estado debe restringir la importación de bienes suntuarios, sino a la puja entre las necesidades fiscales y la política económica. Uno u otro dilema deben ser resueltos con decisiones políticas. En el caso colombiano, el Gobierno se enfrenta al dilema de decidir si las políticas arancelaria y tributaria deben estar orientadas a “incentivar la producción interna de bienes y el crecimiento y diversificación de las exportaciones”, o, por el contrario debe primar “un afán fiscalista”. Aunque la respuesta a este dilema parezca obvia, muchas medidas arancelarias y tributarias han sido justificadas en el país con el único y obvio argumento de que se requieren más recursos. La supervivencia de impuestos dañinos como el de timbre o el 4 por mil, o la demora en reducir aranceles a bienes de capital, son ejemplos de esta situación. Pero, varias de las medidas recientes, adoptadas por el Gobierno demuestran que sí es posible favorecer un mejor clima de inversión, incentivando la producción, sin sacrificar las necesidades de financiación. En efecto, amén de la rebaja de aranceles que se están realizando por virtud de los tratados con México y Chile, se han aprobado estímulos tributarios que se traducen en menores tasas de tributación, sin un sacrificio de las metas fiscales. Por el contrario, cada cierto tiempo nos despertamos con la noticia de que la Dian ha superado sus metas de recaudo. En materia de impuestos, la Ley 1004 de 2005 dispuso una tarifa del impuesto sobre la renta de 15 por ciento para los usuarios de las zonas francas, y la Ley 1111 de 2006 efectuó una rebaja gradual de la tarifa general de impuesto sobre la renta del 35 por ciento al 33 por ciento, y una casi total eliminación, también gradual, del impuesto de timbre. El recién expedido decreto 4051 de 2007, sobre zonas francas, permitirá que un gran número de empresas industriales, de servicios o agroindustriales, se beneficien de las ventajas de las zonas francas. La lección en el caso colombiano es clara: la política tributaria y arancelaria sí puede utilizarse eficazmente para contribuir a una política de desarrollo del país basada en una inserción en los mercados globales. Las experiencias demuestran que ello puede hacerse sin desmedro de las metas fiscales EFECTOS INMEDIATOS La Ley 788 de 2002 realizó varias modificaciones sustan- ciales a la forma de calcular el impuesto al consumo de licores (que recaudan las entidades territoriales), lo que produjo una rebaja del impuesto en varios segmentos de los licores, entre ellos el whisky. Como resultado de ello, según informaron las publicaciones económicas, en su momento las ventas se incremen- taron en 400 por ciento en super- mercados, y hasta 800 por ciento en las grandes cadenas; el recau- do de aranceles aumentó 141 por ciento y el recaudo del impuesto al consumo para licores y vinos importados subió un 119. Además, con la reducción de aranceles, el contrabando disminuyó y las im- portaciones legales aumentaron.

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