El incendio del templo en Sogamoso

El incendio del templo del Sol fue un momento culminante de la Conquista. Ocurrió en agosto de 1537, cuando Gonzalo Jiménez de Quesada acababa de llegar al altiplano, un año antes de la fundación de Bogotá. El indio Baganique, que ya había delatado las riquezas de Hunza, le contó a Quesada de los tesoros de este santuario, ubicado en tierras del cacique Suamox, y dedicado al culto del Sol.

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mayo 21 de 2008 - 05:00 a.m.
2008-05-21

No había tiempo que perder. Cincuenta hombres al mando del mismo Quesada, veinte de ellos a caballo, hicieron en un solo día la larga jornada de Tunja a Paipa. Había que llegar pronto al valle de Iraca, sitio del gran templo y lugar donde hoy se asienta Sogamoso. Pero el cacique Tundama, rey y señor de las tierras de Duitama, y de cuyo carácter belicoso aún apenas habían oído rumores, se interpuso en su camino, y con vanas promesas de regalos de oro y mantas los convidó a quedarse en sus tierras. Los españoles pronto percibieron el engaño. Llovían sobre ellos improperios a más de piedras y flechas cuando, viéndose rodeados, emprendieron de nuevo la marcha, ya entrada la tarde, hacia las tierras de Suamox. Al tercer día alcanzaron a ver la empalizada que rodeaba al poblado, adornada con platos y láminas de oro. Centenares de indígenas los estaban esperando, armados de lanzas. Ellos jamás habían visto un caballo. Los cronistas de Indias describieron la escena de los veinte caballos, en un grupo compacto, atravesando al galope la multitud, una y otra vez, arroyando a su paso a los sorprendidos indígenas. EL TESORO QUE ARDIÓ Pero la superioridad numérica se terminó imponiendo, y los hombres de Quesada, algunos de ellos malheridos, tuvieron que replegarse hacia el poblado de Iza. Fue al cuarto día cuando los españoles entraron al pueblo. Grande fue su sorpresa al encontrarlo deshabitado, y al ver que el oro, que habían visto antes, ya no estaba. Cautelosos tomaron posiciones, previendo una emboscada. Entonces encontraron el gran templo, construido sobre la margen derecha del riachuelo Monquirá. Se trataba, dicen las crónicas, de un enorme bohío entechado en paja, con una base circular de unos 36 metros de diámetro. Sus columnas, en tres filas concéntricas, eran gigantescos guayacanes traídos desde los llanos del oriente; su piso era de esterilla finamente tejida. El templo no tenía ventanas, y sus puertas, selladas con amarres, eran pequeñas escotaduras que hacían necesario entrar a gatas. Habiendo asegurado el poblado, Quesada dio la orden de esperar la luz del nuevo día para acceder al templo y extraer con calma los tesoros que allí, seguramente, los esperaban. Dos soldados españoles, Miguel Sánchez y Juan Rodríguez Parra, desobedecieron a su jefe y, armados de teas, en medio de la noche, decidieron ingresar. Ellos dos serían los únicos testigos para la historia de lo que allí había. En el interior del templo encontraron a un anciano y silencioso sacerdote que luego sería víctima de las llamas. Adornados con finos ornamentos, estaban colocados sobre barbacoas de finas maderas resinosas los cuerpos momificados de antepasados ilustres cuyo significado nunca conoceremos. Todo se quemó cuando los soldados descargaron sus antorchas para poder abarcar en sus brazos las más pesadas preseas. No exagera el historiador sogamoseño Gabriel Camargo Pérez cuando llama a su tierra la Roma de los chibchas. En estas tierras del cacique Suamox se concentraba la espiritualidad de los muiscas y había, además del gran templo, santuarios dispersos con ofrendas de oro y joyas, traídas de los cacicazgos más remotos. Desde el paso por estas tierras de Bochica, el gran predicador de los chibchas, era aquí en donde se habían instituido las escuelas de formación de los sacerdotes muiscas. Con el curioso nombre de ‘cucas’ se conocieron estos seminarios. Pero de toda aquella cultura idólatra solo el oro interesaba a los españoles. Dice el historiador Germán Arciniegas: “De los chibchas no nos queda ni el paisaje. Su mundo fue un mundo de arcilla, de paja, de barro. El huracán de la Conquista sopló sobre sus templos y bohíos, sobre sus mitos y sus leyes, y todo se lo llevó, todo lo aventó entre las llamas del templo incendiado”. Quizás con algo de arrepentimiento fue que el rey Felipe II despachó para estas tierras en 1557 un par de finos lienzos: una imagen de la virgen para Monguí y un san Martín de Tours para la iglesia de Sogamoso. En algún momento del largo viaje, los dos cuadros se trocaron, y los sorprendidos sogamoseños recibieron una Virgen, mientras a Monguí llegaba un inesperado san Martín. Ninguno de los dos pueblos (y ninguno de los dos santos) quedó contento. Hasta que un día ocurrió el milagro: a la misma hora y el mismo día, cuando las gentes piadosas de los dos pueblos atendían a la misa, y en el momento mismo de la elevación, se oyó un extraño ruido que la leyenda convertiría en música de arcángeles, se iluminaron los dos templos y, en medio de un aroma de incienso, la imagen de la Virgen reemplazó en Monguí al san Martín, mientras este se aparecía en el templo sogamoseño. El repique de campanas anunció de inmediato el hecho milagroso en estos dos pueblos vecinos. Pero la prueba más fehaciente del milagro es la sonrisa de satisfacción que hoy ostentan ambas imágenes.WILABR

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