Los indígenas y la izquierda

En Colombia y Perú, la extrema izquierda buscó manipular a los indígenas ocasionalmente con éxito, más a menudo sin él.

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julio 10 de 2008 - 05:00 a.m.
2008-07-10

Las grandes reformas proindígenas del dictador peruano de izquierda Velasco Alvarado (1968-75) -con redistribución de latifundios serranos e igualdad de derechos para quechua y castellano ante educación y justicia-, eran de inspiración socialista y no indigenista. En la entonces legislación peruana, al indígena serrano se le denomina 'comunero', quedando reservada la denominación de 'indígena' para las (mucho más pequeñas) comunidades nativas amazónicas. Hasta hoy, la poca militancia 'indigenista' peruana sigue más los derroteros de la izquierda que la 'cosmovisión' indígena.

En Ecuador y Bolivia, la militancia sindical de izquierda opacó muchos años a la indígena, hasta cuando esta aprendió de aquella y amaestró el arte de paralizar a medio país. La Confederación de Nacionalidades Indígenas del Ecuador (Conaie) fue esencial en la destitución de Jamil Mahuad (2002) y caída de Lucio Gutiérrez (2005). En Colombia y Perú, la extrema izquierda buscó manipular a los indígenas, ocasionalmente con éxito (Sendero Luminoso, con comunidades de la 'Sierra alta'; Farc, cuando 'acompañó' las marchas campesinas e indígenas de 1999 en el Cauca), más a menudo sin él: rechazo indígena a Sendero en los valles de la Sierra; resistencia civil indígena a las Farc.

Con todo, la izquierda suscribe la 'agenda indígena' mucho más que la derecha, especialmente en conflictos de tierras. Ésta antepone la seguridad, aquella la justicia. Dada la importancia del tema para unas comunidades aún traumatizadas por la muerte, la desculturización y el despojo masivos que siguieron a la Conquista, hace medio milenio, izquierda e indígenas a menudo transitan juntos. Lo propio se aplica al uso del agua y subsuelo. El indígena aspira a controlarlo, porque una y otro forman parte de su territorio ancestral. A esta visión tradicional indígena se contrapone el ideario republicano de que pertenecen a la Nación. De allí el enfrentamiento gubernamental, en Colombia, con los Embera-Katío en torno al proyecto hidroeléctrico de Urrá y, en Ecuador, sobre explotación minera en zonas indígenas (la Conaie pide derecho comunitario a veto). En ambos países, una parte de la izquierda se solidariza con el indígena.

'Antineoliberalismo' y rechazo a la represión antidroga son otro 'aglutinante'. Las grandes culturas sud y mesoamericanas comerciaban libremente entre sí. En la Colonia, las etnias guajiras contrabandeaban con los holandeses de Curaçao y Aruba, desafiando las restricciones de la Corona. Hasta hoy resalta el talante comercial Wayuu, Guambiano y Otavaleño. Sin embargo, prevalece la noción de que el 'libre comercio' entregará biodiversidad, recursos genéticos y conocimiento tradicional indígena a las multinacionales, aún habiendo otras opciones. La oposición a fumigación y erradicación de cultivos desborda la protección del medio ambiente y consumo tradicional de coca. En Bolivia, no hay línea divisoria clara entre cultivos y 'cadena productiva' coca-pasta-clorhidrato-cocaína ('Legalización, rentas y salud pública', 10/6/08).

Finalmente, la 'armonía de vivir' indígena ('sumaq kawsay') rechaza el desarrollo económico como fin, y le antepone la convivencia armónica con la naturaleza. 'Lastre' para buena parte de la sociedad mestiza, esta preferencia filosófica es respetada y vista como legítima por la izquierda.

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