La inmortalidad y la ética

Hoy en E.U. existen más de 500 millones de muestras de tejidos humanos en distintos laboratorios, con los que se adelantan miles de investigaciones, y los cuales pueden comercializarse.

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abril 14 de 2010 - 05:00 a.m.
2010-04-14

Al finalizar la mañana del 4 de octubre de 1951 en el Hospital de Johns Hopkins de la ciudad de Baltimore, con escasos treinta años de edad, murió Henrietta Lacks, una de las mujeres que más ha contribuido al desarrollo de las ciencias médicas. Ella nunca lo supo y se despidió del mundo sumergida en la pobreza, amenazada por la segregación racial y agobiada por un letal cáncer cervical.

Tristemente el aporte de esta heroína anónima se dio cuando sin mediar voluntad alguna, como acontecía en aquella época, los médicos que le trataban la enfermedad terminal extrajeron una muestra de su tumor cancerígeno de donde se obtuvieron las primeras células humanas inmortales.

Las células extraídas de la biopsia de Henrietta, a diferencia de los hallazgos científicos realizados hasta la mitad del siglo XX con respecto a muestras humanas, se reproducían a velocidades impactantes una vez eran cultivadas en los laboratorios, lo que cambiaría para siempre la investigación médica. Gracias a estas células, las cuales fueron bautizadas como HeLa, en consonancia con el nombre y apellido del paciente del cual fueron sustraídas, se pudieron adelantar experimentos que hubieran sido imposibles con humanos vivos.

En concreto las células HeLa fueron expuestas a múltiples toxinas, infecciones, radiaciones y medicamentos con las cuales se exploraron vacunas y tratamientos para enfrentar todo tipo de enfermedades.

Al hacer un listado general del aporte que las células HeLa han dejado, los resultados son asombrosos. Con ellas se exploró la vacuna contra el polio, se investigaron las cadenas genéticas de distintas enfermedades como el síndrome de Down, se probaron drogas como la Herceptina para tratar el cáncer, se adelantaron pruebas sobre el comportamiento de las células humanas ante la ausencia de gravedad (concluyendo luego de haber sido transportadas en la primera misión tripulada adelantada por la Nasa que las células cancerígenas crecen más rápido en el espacio), se iniciaron los primeros estudios de codificación genética, y se desarrollaron drogas para el herpes, la leucemia, la influenza, la hemofilia y el Parkinson, entre muchos otros usos.

Lo impactante de esta historia es que a pesar de haber desencadenado las células HeLa, una industria que mueve miles de millones de dólares en el mundo y que sobre ellas se han escrito más de 60.000 documentos de investigación, los familiares de Henrietta Lacks han seguido por tres generaciones luchando crudamente contra la pobreza, e inclusive siguiendo su signo trágico.

Un libro recientemente publicado por la periodista Rebecca Skloot, bajo el nombre de La vida inmortal de Henrietta Lacks, muestra con aspereza las realidades de una familia y la transformación de la ciencia, debatiendo los dilemas éticos de la medicina y profundizando las disputas sobre la comercialización del material biológico humano.

¿Qué le hubiera pasado a la humanidad y la medicina si Henrietta no hubiera expresado su voluntad? nadie lo sabe. Lo cierto es que hoy en día en E.U. existen más de quinientos millones de muestras de tejidos humanos en distintos laboratorios, con los cuales se adelantan miles de investigaciones, y los cuales pueden comercializarse con fines científicos.

Ojalá quienes se han beneficiado de la inmortalidad de las células que le quitaron la vida a la señora Lacks puedan hacer algo para honrar su memoria y valioso aporte a la sociedad.

ivanduquemarquez@gmail.com

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