Innovar es cuestión de estrategia

¿Cuánto dura un producto exitoso en el mercado sin que la competencia lo imite y lo supere? ¿Cuál es el tiempo de vida de las nuevas ideas? ¿Por qué insisten las compañías en competir en los mismos espacios del mercado? ¿Puede una empresa sobrevivir sin hacer de la innovación su actitud esencial, que abarca el qué y el cómo? ¿Innovar es el ámbito restringido de un área o una cultura que abarca todos los procesos e involucra a todas las personas de una organización? ¿Qué tan lejos están los individuos de ese principio que los obliga a renovarse o a salir de circulación?

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agosto 25 de 2006 - 05:00 a.m.
2006-08-25

El mercado globalizado determina cada día más la cultura y la práctica de la innovación, una exigencia mucho más acerada que la reducción de costos y el manejo de inventarios. Dice Steve Ballmer, el sucesor de Bill Gates en Microsoft: “Como Bill trabajará media jornada, y yo soy el tipo que estará a cargo de este lugar todos los días, tendré que ser el promotor de la innovación… debo llevar el mensaje que diga que vamos a innovar, que haremos cosas nuevas, que entraremos en nuevos ámbitos, que fomentaremos y protegeremos todo tipo de innovación. Ese es mi papel”. La innovación es mucho más que “el último mantra de la gestión”. Su valor está definido por un cambio en la noción del tiempo y de la vida de los productos y servicios; es influido por la inmediatez y la simultaneidad de la generación de ideas; y marcado a presión por un disloque histórico, por una ruptura que nuestra época está produciendo en la forma de ver, pensar y hacer las cosas: la era del conocimiento. Es tan radical esta demanda de innovación que sorprende a los individuos en su zona de confort y a muchas empresas en el disfrute turístico del monopolio. La disyuntiva irresoluta conducirá a un callejón sin salida que terminará pagándose a un alto precio. “Simplemente no tuvimos los productos correctos en los momentos oportunos”, expresa Olli Pekka Kallasvuo, el nuevo presidente ejecutivo de Nokia, explicando la pérdida del mercado de los E.U. que hoy trata de reconquistar. La innovación es una cuestión de estrategia para las compañías. Ese es el planteamiento de Chan Kim, autor del libro de gestión más vendido en los años recientes y que viene a Colombia el próximo mes para conducir en Expogestión 2006 el foro ‘Cómo crear una estrategia de Océano Azul para Colombia’. Su idea: “La innovación en valor es más que innovación. Es una cuestión de estrategia, la cual abarca el sistema total de actividades de una compañía”. El objetivo es lograr un salto cualitativo tanto para los compradores como para las empresas. El pensamiento innovador debe atravesar a una empresa, a todos sus procesos, a todas sus personas, sin excepción, aunque la puesta en marcha de muchas ideas corresponda a grupos específicos. Para iniciar la catarata, es preciso romper la cultura del monólogo, desterrar la práctica del miedo a crear y garantizar, por lo menos a la idiosincrasia colombiana, que las ideas suministradas no se convertirán en méritos ajenos ni en remuneraciones mercenarias. Emprender la ruta del pensamiento creativo es, pues, una acción de confianza. Para quebrantar los paradigmas, para mirar a través del espejo, para que entre en nuestra mente la noción de lo imposible. En la promoción de esa revolución ayudan dos elementos: no tener miedo a fracasar y desmantelar la complejidad, estorbosa talanquera atravesada en el funcionamiento de las organizaciones y en la mente de las personas. Cuando el fracaso es sólo un tema de tangos, la cosa cambia. Lo mismo pasa cuando la sencillez inunda el pensamiento de las personas y contagia su forma de vivir, de comunicarse. La cultura de la innovación emerge como un estado natural. El ejemplo de la mente inquieta es como un zancudo que no nos deja cabecear en la mediocridad. Periodista "El mercado globalizado determina cada día más la cultura y la práctica de la innovación”.

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