¿El jefe que dice ser amigo se debe considerar sólo como un mito o una realidad? | Finanzas | Economía | Portafolio

¿El jefe que dice ser amigo se debe considerar sólo como un mito o una realidad?

A las relaciones laborales hay que sumar la asimetría social con el componente económico y la distinción de clases sociales.

POR:
septiembre 19 de 2008 - 05:00 a.m.
2008-09-19

Estas consideraciones sirven para responder a la pregunta de hasta qué punto conviene que los jefes sean amigos de sus subordinados, pensando que ello podría afectar el desenvolvimiento normal de la empresa.

La respuesta no es fácil, pues debe considerarse el contexto. Por ejemplo, en una cultura como la latinoamericana, basada en un sentido de la autoridad y de las jerarquías más o menos rígido, es poco común que los jefes den a sus trabajadores ocasión para un contacto humano directo, amistoso.

Por lo regular, el jefe encarna la figura paterna, la imagen de quien tiene el poder para aprobar o desaprobar, premiar o castigar. Él se asume a sí mismo como la autoridad de doble faz, a veces severa, otras, complaciente.

Hay, de hecho, diversos caracteres, formas de ejercer la autoridad, a partir de los cuales se da o no una relación amistosa entre subordinados y jefes.

De todas maneras, esa eventual amistad será siempre normada, estereotipada. El recelo latente, el temor a que demasiada apertura socave la autoridad, el sentimiento de que la cercanía pudiera poner en riesgo un algo que no se alcanza a definir, como si se tratara de seres humanos de distinta categoría.

A veces, de manera mordaz, se pinta al subordinado como alguien excesivamente esforzado en complacer al jefe, deseoso de ganarse su admiración, de poder entrar en su círculo, recurriendo, incluso, a la adulación, dispuesto al ridículo.

El jefe, en cambio, como un sujeto que parece hacer concesiones, que se prodiga por 'bajar' al nivel de sus empleados, que finge una naturalidad que no tiene, que de vez en cuando come con ellos en la misma mesa, que bebe lo mismo, pero que nunca abandona el pedestal.

Todo ello hace ver cuán a pecho se toma el asunto de las jerarquías, al punto de cuestionar la expresión humana y natural de la amistad.

Esa parodia de amistad se ve también en la relación gobernantes-gobernados, con el fuerte ingrediente del poder y la autoridad. Resulta patético, porque allí donde hay poder entran en juego el sometimiento, el temor a perder el favor, la protección de quienes tienen el mando.

Siga bajando para encontrar más contenido