¿Jefes o amigos? Un nexo de tira y afloja

Carlos Ortiz, 31 años, tiene claro que aunque maneja una actitud de puertas abiertas con sus colaboradores, no puede ser su amigo. Este ingeniero en mercadeo trabaja, desde hace seis meses, como jefe de ventas de Óptica Los Andes, en Guayaquil, y tiene a su cargo 20 vendedores.

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septiembre 20 de 2008 - 05:00 a.m.
2008-09-20

“Procuro no salir de fiesta con los vendedores, porque se pierde el respeto”, asegura. Ortiz es de la idea de que los jefes no pueden ser amigos de sus subordinados. Pero esta disyuntiva sobre el tema de ser o no ser amigo de los empleados mantiene los criterios divididos entre los especialistas de Recursos Humanos. Los detractores consideran que no debe existir ninguna relación de amistad, porque se pierde el liderazgo y la autoridad, mientras que los defensores creen que es posible mantenerla, siempre y cuando no se llegue a los extremos. Gilberto Quiceno, especialista en talento humano, es tajante. Él asegura que hay que guardar las distancias, porque cuando se genera demasiada confianza, el subordinado asume la amistad como excusa para no acatar las disposiciones. A la larga, señala Quiceno, esto trae problemas a la organización. “Los jefes no pueden involucrarse ni sentimental ni emocionalmente con sus empleados. Cada uno debe ocupar su puesto”. Quiceno indica que este concepto es aplicable tanto para el jefe que recién llega a una empresa como para aquel que, luego de una carrera, es ascendido. Ortiz, por ejemplo, trabajó hace cuatro años en una multinacional y ascendió de vendedor a supervisor. Eso le acarreó inconvenientes con sus compañeros. “Me significó apartarme de mis amigos. No todos lo tomaron bien y hasta dijeron que ya no era el mismo, porque era jefe”. No obstante, Cecilia Palacio, docente de la Escuela de Posgrado en Administración de Empresas (Espae-Espol), defiende que sí es posible mantener la amistad con el jefe, pero eso no significa que la relación prime en el ámbito laboral. “Se puede y se debe ser amigo”. Palacio puntualiza que el subordinado debe de mantener el afecto y trabajar por el objetivo laboral. A su criterio, cuando hay amistad, hay mayor disposición para colaborar. “Eso no significa que el jefe deba encubrir, pasar por alto o volverse flexible frente situaciones inconvenientes”. De esa experiencia conoce bien Gabriel Veloz, jefe de Compras y Logística de una naviera. “Mantengo la distancia. Mis empleados son mis amigos y ellos me consideran así, pero no llegamos a intimar”. Veloz tiene 17 años en la compañía y conoce a la mayoría de los empleados, lo cual le ha permitido estrechar más los lazos. “Conmigo no van a las farras, aunque sí participo en una mañana deportiva o en una fiesta de fin de año”. Tanto Quiceno como Palacio coinciden en que lo importante de un jefe que es ascendido o de otro que llega es convocar a una reunión y conversar sobre los objetivos de la empresa. La clave es priorizar la comunicación y el respeto mutuo. Pero lo que se debe cuidar es que el jefe trate a todos por igual. El considerar más amigo a un empleado incide en que el grupo lo perciba y se genere un malestar colectivo. Quiceno asegura que entre más autoridad, hay más soledad. Los especialistas recomiendan no cruzar la línea entre el respeto, la camaradería y la amistad. Y les recomiendan: * Los jefes. No deben confundir entre el no tener amistad con sus empleados y tratarlos con indiferencia. El respeto debe primar. No saludar no es un signo de distancia sino de mala educación, por ejemplo. * Los subordinados. No deben olvidar que los superiores están para cumplir objetivos y juntos deben sacar adelante el equipo. Las críticas se pueden hacer con respeto y argumentos.Amistad en el trabajo: mito o realidad A las relaciones laborales hay que sumar la asimetría social con el componente económico y la distinción de clases sociales. Estas consideraciones sirven para responder a la pregunta de hasta qué punto conviene que los jefes sean amigos de sus subordinados, pensando que ello podría afectar el desenvolvimiento normal de la empresa. La respuesta no es fácil, pues debe considerarse el contexto. Por ejemplo, en una cultura como la latinoamericana, basada en un sentido de la autoridad y de las jerarquías más o menos rígido, es poco común que los jefes den a sus trabajadores ocasión para un contacto humano directo, amistoso. Por lo regular, el jefe encarna la figura paterna, la imagen de quien tiene el poder para aprobar o desaprobar, premiar o castigar. Él se asume a sí mismo como la autoridad de doble faz, a veces severa, otras, complaciente. Hay, de hecho, diversas formas de ejercer la autoridad, a partir de los cuales se da o no una relación amistosa entre subordinados y jefes. De todas maneras, esa eventual amistad será siempre normada, estereotipada. El recelo latente, el temor a que demasiada apertura socave la autoridad, el sentimiento de que la cercanía pudiera poner en riesgo un algo que no se alcanza a definir, como si se tratara de personas de distinta categoría. A veces, de manera mordaz, se pinta al subordinado como alguien excesivamente esforzado en complacer al jefe, deseoso de ganarse su admiración, de poder entrar en su círculo, recurriendo, incluso, a la adulación, dispuesto al ridículo. El jefe, en cambio, como un sujeto que parece hacer concesiones, que se prodiga por ‘bajar’ al nivel de sus empleados, que finge una naturalidad que no tiene, que de vez en cuando come o bebe con ellos en la misma mesa, pero que nunca abandona el pedestal. Todo ello hace ver cuán a pecho se toma el asunto de las jerarquías, al punto de cuestionar la expresión humana y natural de la amistad. Esa parodia de amistad se ve también en la relación gobernantes-gobernados, con el fuerte ingrediente del poder y la autoridad. Allí donde hay poder entran en juego el sometimiento y el temor a perder el favor. '' Allí donde hay poder entran en juego el sometimiento, el temor a perder el favor, la protección de quienes tienen el mando...Es poco común que los jefes den la ocasión de un contacto amistoso”.WILABR

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