Un juglar que vive en pleno siglo XXI

Salvador Lucio Cuesta es un titiritero, pero sus facciones, su vestimenta, sus conocimientos de música medieval y de las historias y canciones de la tradición oral española lo hacen distinto. Es más que eso, es un hombre que en plena modernidad se deleita y divierte a los demás con un espectáculo que bien podría ser de otra época.

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agosto 05 de 2006 - 05:00 a.m.
2006-08-05

Aunque su edad es un misterio, confiesa que su carrera empezó temprano, memorizando las canciones de la abuela y las historias de su abuelo, un pastor español que se quedaba dormido entre las ovejas. “A los 12 años, en Segovia, ciudad medieval de España, me dieron el papel de monaguillo en una zarzuela”. Vivía de un almacén de frutas, mientras practicaba la dulzaina y el saxofón. Y solo hasta los 40 años decidió hacer un dúo con un amigo para cantar en los bares, tabernas y en la calle. PRIMERO, LOS TÍTERES A la par empezó con su oficio de titiritero, en el 93, y con el grupo ‘Libélula’ que conforman Julio, Juan Antonio, Tonet, Pablo y David, otros artistas españoles, con quienes fabrican sus propios muñecos e inventan historias de princesas, animales, castillos y hasta de corridas de toros. Así, entre la música y los títeres ha recorrido Irlanda, Rusia, Cuba, Irán, Italia, los Festivales de Houston y por, supuesto, los de España. “Además de los muñecos, el espectáculo es una combinación de música, romances tradicionales, milagros y de las historias que se contaban por los pueblos, las de siembras y cosechas. Unas las anotaba y otras las memorizaba y la música fue mi distracción desde muy pequeño, cuando no había televisión. A ellas les añado pregones burlescos, brindis sobre el vino, la historia de España, todo adaptado al sitio donde estoy”, dice Salvador. Para enriquecer su espectáculo suele leer El libro del buen amor, el Romancero castellano, las Historias de moras cautivas y judías conversas y El Quijote, en el que se siente reflejado en Sancho Panza. “Un juglar es un romancero”, agrega, “y hay gente que es muy estudiosa del tema, yo lo que hago es un divertimento de las historias. Una vez se me paró el reloj y duré hablando durante horas. La comunicación es importante y en estos espectáculos se disfruta y se pasa bien. Lo mejor es la reciprocidad, caer bien, llenar un escenario…” Precisamente, con el grupo ‘Libélula’ ha recorrido la mitad del mundo. “A pesar de no saber inglés, he cantado y contado historias en Irán, Estados Unidos, Cuba, México, Irlanda, Francia, Bruselas, Italia y acaba de participar en el encuentro internacional Titirimundi en Segovia. EN LA RUTA Pero uno de sus papeles favoritos es el que representa en la Ruta Queztal BBVA, donde él y su grupo no solo les brindan diversión a los participantes, sino que se convierten en sus amigos y consejeros. Las mañanas, para los más de 300 jóvenes, son amables si están con ellos. Cuando los titiriteros llegan al campamento al amanecer a despertarlos con tambores, música y canciones, sus vidas se hacen distintas pues al menos por un momento dejan de lado el cansancio y la nostalgia de sus hogares para divertirse por unos minutos, bañarse en las lagunas o en el mar, si sus carpas están ubicadas allí o, simplemente bailar y cantar a su alrededor. Podría decirse que los titiriteros están entre los personajes más queridos de los ruteros. “Los muchachos nos cuentan sus problemas, amoríos y las cosas que usualmente no les contarían a sus padres para no causarles preocupación”, añade Salvador. Y los conoce bien porque ha viajado con los expedicionarios desde la primera Ruta, en 1979, que recorrió Puerto Rico, República Dominicana, Isla Guadalupe, las Antillas Francesas, Honduras, Guatemala y México. Pero lo que más recuerda fue cuando vinieron en barco desde España para llegar a América. DIFERENCIAS DESAPARECEN Durante todos esos viajes Salvador ha vivido atento tanto al comportamiento y el estado de ánimo de los niños como al de todos los integrantes de la Ruta. “A veces hay gente tímida y en mi oficio hay que aprender a romper las barreras con los pequeños para ayudarles a sobrellevar el cansancio y la nostalgia. Sin embargo, he notado con admiración, cuando les pregunto, que muchos no quieren ir a casa sino que la ruta continúe. “Hoy las diferencias se han limado entre los americanos y los españoles. Todos hacen parte de un solo grupo unido por la convivencia. Se ven entremezclados con solidaridad, en plan de amistad, de enamoramientos furtivos y suaves. En esos parajes tan bonitos es difícil no vivir como en una película”. - Sí se puede vivir del arte, hay recompensas Salvador nació en una familia de ocho hermanos. Su madre fue una castellana recia, defensora de la gente y su padre, un valenciano, creativo que terminó en la cárcel por asuntos políticos en España. Tiene dos hijos que ejercen profesiones que poco o nada tienen que ver con la suya. Eduardo, de 30 años, es banquero y Salvador, de 33, es fisioterapeuta. Vive con ellos y con su esposa Angelines. “Ella me espera como la esposa del marinero. Yo a veces me voy sin cobrar dinero porque me lo paso bien. En esta profesión no se gana mucho pero sí hay otras recompensas. Y mientras vivo temporadas en casa, los martes toco en la banda de saxofones de Segovia, los miércoles los dedico a jugar una partida y a las actuaciones. Son cosas que vienen bien para el recreo y la libertad, independientes de las instituciones, la política o el comercio”. Hoy se siente satisfecho y con el grupo se siguen manteniendo a punta de divertir a niños y adultos con sus cuentos y su música. Tocan en teatros, bodas y viven abiertos a todas las propuestas que les permitan vivivir de su oficio, “que exige de aprender cada día de la fantasía y estar siempre atento a memorizar y adaptar nuevas historias de todos los lugares del mundo. “Estoy agradecido de mi vida, de valorar la amistad, de no pensar que el mundo lo has hecho tú, de creer en el respeto y en la libertad de otros”, concluye.

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