Último kilómetro

Luego de una dilatada espera, el Congreso de EE. UU. aprobó el TLC suscrito con Colombia. Para que entre a regir es preciso que se surta el proceso de 'implementación'. Se trata de cumplir unos compromisos que se materializan en normas jurídicas.

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diciembre 12 de 2011 - 05:00 a.m.
2011-12-12

Como es legítimo que suceda, las voces de oposición de nuevo se harán oír, quizás con menos intensidad que las escuchadas en las negociaciones. A fin de cuentas, los capítulos sobre propiedad intelectual y asuntos laborales fueron reformados en consonancia con las visiones de las ONG y el movimiento sindical. Además, en estos años se han llevado a cabo varios tratados sin que se hayan suscitado grandes resistencias. Imagino que uno de los argumentos en contra es que, entre noviembre del 2006 - cuando se firmó el acuerdo- y ahora, se ha producido un cambio sustancial de circunstancias, de modo que si el tratado era malo en aquel entonces, hoy es peor. Lo percibo al revés. En el 2002, cuando se tomó la decisión negociar con EE. UU., se suponía que la Ronda Doha de la OMC avanzaría hacia la liberación del comercio mundial, en consonancia con los anhelos de las naciones menos desarrolladas; o, alternativamente, que EE. UU. adoptaría la estrategia de celebrar TLC con países aliados. Como no sucedió así, es mayor el privilegio de acceso preferencial a una economía que, aunque será superada por China, seguirá siendo la de nuestro principal socio comercial. Con el correr del tiempo, y a pesar de los esfuerzos realizados por las autoridades monetarias, el tipo de cambio ha continuado apreciándose, lo cual resta competitividad a las exportaciones y hace más difícil la situación en el mercado interno a la producción nacional que compite con bienes foráneos. En este contexto, la liberación inmediata de las importaciones de materias primas y bienes de capital que no producimos, lo cual ocurrirá tan pronto el tratado entre a regir, generará una mejora instantánea de la competitividad para muchas empresas. Por décadas, el volcamiento -apalancado en subsidios- de los excedentes agrícolas de Europa y EE. UU. hacia nuestros países fue una amenaza que justificaba políticas proteccionistas para el sector agropecuario. Hoy, las circunstancias son diferentes. El crecimiento de la demanda mundial por alimentos, materias primas agrícolas y biocombustibles se ha traducido en precios elevados que se mantendrán en el largo plazo. Por lo tanto, la política correcta consiste, no en defender a ultranza el mercado doméstico, sino en aprovechar los externos. Es lo que con excelentes resultados hacen Brasil, Chile y Argentina. Sería imperdonable que no siguiéramos esos ejemplos. Durante el siglo pasado Colombia padeció una crónica escasez de divisas, que condujo a un racionamiento de las importaciones y a una política de promoción de exportaciones soportada en subsidios y altos aranceles. Otro es el reto actual: cómo evitar la reprimarización de la economía derivada del auge de los sectores minero y energético, que son altos generadores de dólares, pero de pocos empleos. La respuesta es obvia. Necesitamos fortalecer la agregación de valor en la agroindustria y la manufactura. Los tratados -los celebrados y los que están en curso- nos garantizan acceso a los mercados. Persistir en los esfuerzos en materia de competitividad y productividad nos permitirá conquistarlos. En telecomunicaciones el último kilómetro es el más difícil. En la profundización del modelo de desarrollo que adoptamos desde los 90, no tendría que suceder lo mismo. ADRVEG

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