¿Quién le cree al FMI?

En abril de 1997 un documento del Fondo Monetario elogiaba las políticas económicas de los “tigres asiáticos”, Corea del Sur, Indonesia, Malasia y Tailandia, y las ponía de ejemplo para las indisciplinados economías latinoamericanas. Para el FMI los países del sureste asiático no corrían el riesgo de crisis financieras porque no tenían déficits fiscales.

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agosto 29 de 2006 - 05:00 a.m.
2006-08-29

Cuatro meses más tarde se desató la gran crisis cuyas repercusiones se sintieron en todo el mundo, y el Fondo no sólo no reconoció su grave error en el pronóstico, sino que recomendó sus tradicionales políticas de ajuste recesivo para superar la crisis. Afortunadamente los gobernantes asiáticos no hicieron caso a esas absurdas recomendaciones y con una estrategia heterodoxa de devaluación de sus monedas y estímulos a la demanda recuperaron su senda de crecimiento acelerado. Hasta el año 2001 el modelo argentino era el ejemplo preferido del FMI para demostrarle al mundo entero el éxito de las políticas del Consenso de Washington para asegurar la estabilidad macroeconómica y así lograr la confianza de los mercados financieros internacionales para que inundaran el país con abundantes flujos de capitales. Tan seguro estaba el Fondo de sus opiniones que pocos meses antes que Argentina suspendiera los pagos de su deuda externa le desembolsó nuevos prestamos por más de USD10.500 millones. La declaratoria del mayor ‘default’ de la historia financiera moderna, y la posterior recuperación de la economía argentina con una política totalmente diferente a la recomendada por el FMI son historia conocida. Es inevitable recordar estas experiencias recientes al escuchar las optimistas declaraciones del jefe de la misión del FMI sobre el estado de la economía colombiana, en particular sobre la situación de las finanzas públicas y los resultados de 7 años de acuerdos ‘stand by’. Como si estuviera haciendo un mandado y mostrando una sorpresiva flexibilidad, el funcionario tomó partido del lado del Ministerio de Hacienda en la controversia que ese despacho tiene con la Contraloría General de la República sobre el tamaño del déficit fiscal. Más inaudito, pero no sorprendente, fue su intromisión en asuntos de política interna al apoyar la privatización de Ecopetrol. ¿Por qué puede el FMI estar tranquilo ante un déficit fiscal del Gobierno Central del orden del 5% del PIB (o del 6% del PIB según la Contraloría)? ¿Por qué no le preocupa el crecimiento explosivo de la deuda pública interna? ¿Por qué abandona su tradicional postura de exigir un mayor ajuste fiscal, sobre todo frente a las perspectivas de mayores incrementos del gasto público y reducción de los ingresos fiscales derivados de la bonanza petrolera? ¿Por qué si en medio de la gran recesión de 1999 exigió un aumento de impuestos y un recorte del gasto, ahora en la fase expansiva del ciclo económico acepta una reforma tributaria que no incrementa los recaudos? Aunque después de sus grandes equivocaciones en Argentina el FMI se ha mostrado menos exigente en otros países latinoamericanos, creo que en el caso de Colombia las razones de su cambio de postura son de otra índole, y se relacionan con la necesidad de crear la ilusión de un caso exitoso en sus programas de ajuste. En otras palabras no pueden aceptar que fracasaron 7 años de supervisión a la economía colombiana. Porque la realidad es que han sido un fracaso. El primer acuerdo que se firmó durante el Gobierno de Pastrana sólo sirvió para prolongar innecesariamente la recesión, pues las medidas que exigió el Fondo en ese momento -más impuestos y menor gasto público- impidieron una más rápida recuperación del crecimiento económico. Lo más grave es que este costo no produjo los resultados positivos que se esperaban en el frente fiscal, en particular en lo que se refiere al Gobierno Central y a la sostenibilidad de la deuda pública. Por increíble que parezca, después de 7 años de intentos de ajuste, el déficit del Gobierno se mantiene en los mismos niveles del 6% del PIB, y los resultados del sector público consolidado sólo mejoran por el esfuerzo de las entidades territoriales y la bonanza petrolera. En lo que se refiere a la deuda pública el fracaso es aún mayor, porque al inicio de la administración Pastrana equivalía al 34% del PIB, mientras que hoy en día es superior al 50% del PIB, y eso que la revaluación del peso ha ayudado a disminuir el tamaño relativo de la deuda externa. Ante estas realidades ¿serán creíbles las declaraciones del FMI? Consultor privado "Después de 7 años de intentos de ajuste, el déficit del Gobierno se mantiene en los mismos niveles del 6% del PIB”.

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