Lecciones de historia

Los colombianos, por lo menos los que leen la prensa así lo hagan de manera ocasional, se maravillan al saber que el 75 por ciento de los norteamericanos no saben dónde queda Indonesia aún después del tsunami u otros datos relevantes de su propia geografía según una reciente encuesta de la National Geographic.

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agosto 16 de 2006 - 05:00 a.m.
2006-08-16

Les da hasta risa, pero realmente al resto de compatriotas no nos va mejor en otras áreas, y más exactamente en historia. Sobre todo en la historia reciente. En efecto, hace menos de un mes hubo una de las llamadas turbulencias del mercado de acciones donde los especuladores mediante un sencillo juego se apropian de miles, léase bien, miles de millones de incautos inversionistas atraídos por el espejismo de la bolsa. El juego es sencillo unos tenedores de acciones aparecen de la noche a la mañana ofreciendo estos papeles muy por debajo del precio del mercado o aumentando la oferta de manera que obligan a que la acción caiga. Los aparecidos entran en pánico y antes de poder pensar con cabeza fría salen despavoridos a vender o a liquidar sus posiciones como dirían quienes posan de expertos. Una vez hecho esto, los mismos auspiciadores de la baja salen a comprar estos títulos que luego comienzan a experimentar una recuperación como por arte de magia. La prensa, especializada o no, sale a justificar la movida trasladando la culpa a Ben Bernake y sus reuniones de la Reserva Federal cuando todo el mundo sabía lo que allí sucedería. La explicación, no obstante está muy lejos de originarse en Washington, aunque allá también tienen alguna culpa, pero el mecanismo es viejísimo y de aquí la importancia de saber historia. En 1983, Colombia asistió a uno de los escándalos más sonados de este tipo de maniobras, cuando unos avivatos del entonces Grupo Grancolombiano, utilizando los recursos de quienes les habían confiado sus ahorros a través de los famosos fondos de inversión, se tomaron varias empresas y les robaron a los ahorradores parte de sus recursos, disfrazando la maniobra como pérdidas. Un influyente periódico capitalino denunció la treta lo cual marco el comienzo de su fin. Hoy, vuelve a ocurrir exactamente lo mismo y los analistas salen con chorros de babas tratando de explicar el descalabro con argumentos de aquí y de allá: que las tasas de interés de los Estados Unidos, que la reelección, que es un fenómeno global, que hay que meterse en el negocio que se conoce (en esto tienen razón), y una larga cola de etcéteras. La verdad es que a pocos colombianos les enseñan los verdaderos alcances de este tipo de mercados y lo primero que se les debería advertir a los pequeños inversionistas es que la bolsa, aquí en Colombia, no es para ellos. No por lo menos mientras no haya mecanismos efectivos de control que castigue la delincuencia sin consideración del color del cuello que utilicen en sus camisas. Alvaro Ramírez Profesor Facultad de Economía Universidad Autónoma de Colomb ia.

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