El mal de Keynes

A don Sancho Jimeno se le ha dado por el plagio. Va a recoger, a su modo, algunas reflexiones que le han hecho sobre el anquilosamiento del pensamiento económico local. Es el trasfondo de la avalancha de lugares comunes escuchados en el recinto del Congreso, a propósito de la recién presentada propuesta tributaria. En su retiro forzoso, después de haberse opuesto con vigor a la entrada de los bellacos piratas de 1697 a la bahía de Cartagena, don Sancho rumia las reflexiones.

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agosto 25 de 2006 - 05:00 a.m.
2006-08-25

La gran mayoría de los que manejan nociones económicas están infectados por el mal de Keynes. Es un virus portado por casi todos los profesores de economía y transmitido a sus inermes alumnos, inclusive a los que sólo reciben brochazos. Estos a su vez lo propagan a la población en general. Sus síntomas son muy específicos: el más grave es sentir que el Estado debe jugar un papel primordial en la economía y creer en la magia de la manipulación estatal de las variables económicas, y hasta de los medios de producción, para impulsar el crecimiento. Los tocados por el virus se aferran ciegamente a la política monetaria como vehículo clave para el manejo de la economía y, sobre todo, tienden a ignorar la política fiscal como nexo esencial para impulsar el desarrollo. Sostienen que esta última es un juego de suma cero y, por lo tanto, catalogan de asnos dementes a quienes postulan que la reducción de impuestos incrementa el recaudo. Cierran los ojos ante la evidencia. Cinco años después de la baja de tasas del 2001 en los Estados Unidos, la Oficina de Presupuesto acaba de anunciar que el déficit fiscal será este año el más reducido desde el 2002 (y no exactamente porque Bush haya dejado de gastar). El mismo fenómeno se observa en Irlanda, Nueva Zelanda, Chile, Estonia y Eslovaquia, países todos que han achicado drásticamente sus impuestos. Los enfermos keynesianos terminales desprecian el ahorro interno como dínamo de la inversión y el crecimiento. Tiemblan ante un déficit en la balanza comercial, aunque genera altas tasas de desarrollo económico. Sienten algún grado de revulsión hacia las fuerzas del libre mercado y de incomodidad con la inversión extranjera. Y un sub-síntoma es la manía de convertir la economía en una ciencia incomprensible, alimentada de modelos y gráficas donde el hombre -haciendo caso omiso de los avances de la psicología moderna- es a priori un elemento estrictamente racional, como si la naturaleza humana fuese unicelular. La pandemia azota la tierra desde cuando el presidente F. D. Roosevelt en los años 30 del siglo pasado abrazó las teorías keynesianas para salir de la Gran Depresión. El relativo éxito del gasto gubernamental creó un mito, aunque cada vez es más claro que estimular correctamente las fuerzas del mercado hubiese sido mucho más eficiente. Pero ese es otro paseo. Al mismo tiempo, engendró un monstruo al inferir que el Estado genera riqueza. Muchos países, como Colombia, nunca han podido curarse del mal de Keynes; su crecimiento ha sido mediocre. Otros se curaron a medias y recayeron. Sólo los que sanaron por un largo período, o acusan síntomas atrofiados del virus, se han convertido en líderes del desarrollo. Smith, Von Mises, Schumpeter, Hayek, Friedman, Laffer y Wanninski, entre otros, han predicado la economía de la libertad, convencidos de que el hombre, por su naturaleza, inventa cosas nuevas y mejora las existentes, si se le deja suelto. Inspiraron o jalonaron la revolución económica originada en la profunda reducción de impuestos del presidente Kennedy a principios de los 60, seguida por el torniquete aplicado por Ronald Reagan, que han dado lugar a la etapa de mayor crecimiento económico de todos los tiempos. Es una senda que podrían recorrer los que se inoculen contra el mal de Keynes. A los que continúen enfermos, como lo están casi todos los países latinoamericanos, le seguirán tocando las sobras. Ex ministro. Historiador "Muchos países, como Colombia, nunca han podido curarse del mal de Keynes”.

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