Mala administración

Mala administración

POR:
julio 09 de 2008 - 05:00 a.m.
2008-07-09

Hace sesenta o setenta años, Argentina ocupaba uno de los primeros lugares en el escalafón de las economías avanzadas del mundo. La feracidad de sus tierras, la diversificada producción industrial y el consumo conspicuo de sus habitantes, colocaban al país en un puesto privilegiado. Muy a nuestro pesar, con el correr de los años y de manera acelerada, esa preeminencia fue desapareciendo, al punto de caer a una sima de la cual no da trazas de salir. Frente a circunstancia tan desafortunada, la pregunta obligada es: ¿por qué le pasó esto a una sociedad que tenía las condiciones para mantenerse a la vanguardia?

Es posible que algunos no estén de acuerdo con mi respuesta, pero no tengo la menor duda de que la causa principal ha sido la mala administración de las cuestiones nacionales, aupada por manifestaciones de populismo político. Para garantizar el éxito, lo mismo que las empresas en el sector privado, los países deben ser bien administrados y esto no es exactamente lo que ha ocurrido en esa nación.

Hago las anteriores observaciones a propósito de los problemas presentados con motivo del rechazo de los agricultores al aumento de las cargas fiscales a las exportaciones, que les parece más una forma de patear la lonchera, que una de sembrar el futuro.
Con el argumento de que para evitar el desabastecimiento interno y sacarle el mayor provecho posible a la crisis de los alimentos en marcha -sostienen los personeros de las medidas-, es importante regular las ventas al exterior y de paso aumentar los recursos públicos en forma tal que se garantice la financiación del presupuesto estructurado para lograr una mejor distribución de la riqueza. Las autoridades, con la Presidente del país a la cabeza, resolvieron ajustarles las clavijas a los productores del agro, supuestos usufructuarios de una bonanza que no les corresponde a ellos nada más, sino debe distribuirse entre todos los miembros de la sociedad.

Hasta ahí la cosa parece tener cierta lógica, aunque habría que ver el impacto del ajuste en la rentabilidad de las explotaciones y las consecuencias en la competitividad del sector, sobre todo de cara al futuro, cuando otras economías entren de lleno a participar en el mercado. No se puede pasar por alto el hecho de que se está hablando de productos primarios sustituibles, aún en las circunstancias actuales.

Empero, el tema tiene otra arista que es quizás la más difícil de manejar. Se trata del aumento del gasto público sobre la base de unos ingresos todavía de corto plazo y con cara de ser aleatorios. Por la poca credibilidad que tiene la administración y el recuerdo de episodios no tan lejanos como se pensaría, los contribuyentes se resisten a aumentar sus contribuciones al fisco, porque ven el peligro del despilfarro en las acciones del Gobierno. Las circunstancias nacionales en que se produce la transición hacia la nueva situación exigen mejorar sustancialmente la eficiencia, eficacia y la calidad de los servicios públicos, en todas las esferas y niveles de Gobierno, esencialmente por dos razones generales de carácter estratégico.

La primera se relaciona con el ámbito interno del país. En la medida en que el Gobierno cambie la forma en que opera y comience a generar resultados sistemáticamente aceptables para la población, se habrá dado un gran paso para vencer la resistencia política que debilita la política fiscal.

Otra razón de peso para darle prioridad a esta materia es que ya hay en el contexto internacional muestras o ejemplos fehacientes sobre las bondades que brinda la sustitución gradual del modelo de administración pública burocrática por otra de administración pública gerencial, según la cual la evaluación de los resultados tiene precedencia sobre la evaluación de los procedimientos.

Siga bajando para encontrar más contenido