La mala hora

No le han resultado fáciles las cosas al presidente Álvaro Uribe en las últimas semanas. Aparte de que la descomunal crisis económica planetaria y sus efectos sobre Colombia bastarían para acabarle la tranquilidad a cualquiera, temas inesperados le han complicado la vida, y mucho, al jefe del Estado. Es cierto que el mandatario es todavía inmensamente popular, como lo comprobó el índice de apoyo de 71 por ciento revelado por la más reciente encuesta de Gallup. Pero aun si dicha cifra les genera envidia a los gobernantes de las más diversas latitudes, es indudable que hay nubarrones presentes y futuros que causan inquietud y que pueden tener consecuencias en un país que había tenido en la confianza ciudadana una de sus fortalezas.

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mayo 18 de 2009 - 05:00 a.m.
2009-05-18

Por una parte, está el gravísimo caso del Departamento Administrativo de Seguridad, una entidad que depende de la Casa de Nariño, pero que en el mejor de los casos acabó operando como una rueda suelta del Ejecutivo. Según se desprende de las revelaciones aparecidas en los medios de comunicación y de los pronunciamientos de la Fiscalía, desde la entidad se hicieron seguimientos e intervenciones telefónicas a diferentes personajes públicos. Además, su primer director, Jorge Noguera, acaba de ser implicado en una serie de asesinatos que comprobarían su cercanía con tenebrosos jefes paramilitares, hoy detenidos en Estados Unidos. Si bien el propio Presidente ha dicho que fue objeto de una conspiración y que no usó al DAS contra sus opositores, las altas cortes han manifestado no estar satisfechas con las explicaciones recibidas. De tal manera, habrá que esperar a que la justicia haga su labor y castigue, si ese fuera el caso, a los culpables. Pero mientras tanto es muy probable que la opinión siga encontrando más confusión que claridad, alimentada por nuevos episodios de filtraciones y polémicas públicas. Tampoco es fácil el tema de Tomás y Jerónimo Uribe, cuya participación en el negocio de la Zona Franca de Occidente ha generado ríos de tinta, así como un encendido debate en el Congreso la semana pasada. Más allá de las explicaciones dadas y de los argumentos sobre lo legal y lo ético, el escándalo ha tenido un costo, aunque de consecuencias todavía difíciles de medir. Las encuestas sobre la interpretación de lo ocurrido muestran que los colombianos están divididos en partes iguales, lo cual contrasta con el apoyo mayoritario que normalmente genera cualquier tema asociado al Presidente. Como si los dos temas mencionados no fueran suficientes, la aprobación del proyecto de ley, que convocaría a un referendo para definir la posibilidad de una nueva reelección de Álvaro Uribe, ha sido más accidentada que lo previsto. Lo sucedido en el Senado el miércoles pasado, cuando la votación final de la propuesta tuvo que ser aplazada ante la falta de votos en la bancada gobiernista, muestra lo difícil que es articular a diferentes colectividades celosas entre sí y cuyos integrantes presionan al Ejecutivo por cuotas burocráticas. Más allá de que la iniciativa resulte avalada esta semana, falta todavía mucho antes de que se despeje la incertidumbre actual. Además de que será necesario conciliar los textos aprobados en ambas Cámaras, es indispensable esperar el pronunciamiento de la Corte Constitucional para que le dé luz verde a la propuesta, lo cual puede tomar varios meses. Una vez cumplido ese paso, faltará la convocatoria de los comicios y el conteo de los votos, pues aparte de decidir entre el ‘si’ y el ‘no’ se requieren al menos 7,2 millones de sufragios para que la voluntad popular expresada en las urnas, cualquiera que sea, resulte válida. Nada de eso le ayuda a un Presidente conocido por su iniciativa y capacidad de trabajo, pero que pasa una mala hora, ni a un Gobierno que necesita concentración para enfrentar el fuerte oleaje producido por la debacle económica. Sin negar que Colombia saldrá menos golpeada que otros países de la región, hay inquietudes sobre los meses que vienen, pero especialmente por los desafíos del 2010 en materia fiscal. En ese sentido, no ayudan nada los comentarios de la prensa mundial que hablan sobre los peligros que se ciernen sobre el sistema democrático colombiano, que tantos embates ha resistido, y corre ahora el peligro de confundirse con prácticas comunes en otras naciones del vecindario. '' Es indudable que hay nubarrones presentes y futuros que causan inquietud y que pueden tener consecuencias en un país que había tenido en la confianza ciudadana una de sus fortalezas”.WILABR

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