El maldito libro del año

Hay libros sobre los que caen maldiciones estrechas o vetos implícitos, tan canallas y fatídicos que los hacen innombrables, y por supuesto, inaccesibles para la mayoría de lectores. No importa si tienen cualidades y características que imantan su lectura: la prohibición inquisitiva de antes o la vergüenza social de ahora, que se entrelaza con abruptas solidaridades, condenan al texto a la muerte social y literaria.

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diciembre 10 de 2010 - 05:00 a.m.
2010-12-10

Le pasó a José María Vargas Vila. Hereje en el ambiente clerical y hegemónico de finales del siglo XIX y comienzos del XX, al demoledor escritor bogotano, y a sus libros, les cayó la censura con su mordaza y su indiferencia, jalonada por cicutas tan disímiles como el Vaticano y el Gobierno de Estados Unidos. Era soez, luciferino, obsceno, y “su nombre no se mencionaba (ni se menciona hoy) en las antologías, en las historias de la literatura o en los artículos de crítica literaria”, escribe Carlos Vidales, aunque sus libros circularan como tesoro clandestino, generando una admiración anónima y sirviendo de combustible para un chismerío de secta. Hay otro tipo de maldiciones. Sobre Adolfo Hitler, por ejemplo, ha caído el repudio que merece el genocida. Leerlo es una tarea que no se emprende por una tácita solidaridad humanitaria. Así pensaba yo. Hasta que me encontré en Panamericana diversas y económicas versiones de Mi lucha, con la severa imagen del Führer en la carátula, como para desalentar cualquier naciente inquietud. Pero leer a Hitler debería ser el paso básico para entender cómo un hombre puede conducir a un pueblo razonable a la locura. Cuando llegué al capítulo VI, ‘Propaganda guerrera’, me dediqué al análisis de sus principios de comunicación social. Y allí encontré las bases de conquista y tratamiento de masas, que tienen vigencia en las teorías de sofisticados asesores mediáticos del siglo XXI e incluso, en las sencillas pláticas y homilías del ex presidente Uribe. Leer Mi lucha, desde el punto de vista comunicacional, debería ser materia conveniente en las facultades de publicidad y de comunicación. Lo anterior, para decir que este año la maldición, por lo menos aquí en Colombia, le tocó al libro de Íngrid Betancourt. Ella, de tanto caernos mal a los colombianos, terminó por predisponernos al rechazo de No hay silencio que no termine. Pero eso es estrictamente cierto, y hoy termina el mío para decir que está bien que el libro de esta Navidad sea del admirado Premio Nobel Mario Vargas Llosa, aunque el sueño del celta se meza en el letargo del lector, pero es lamentable que no haya un lugar para la obra de Íngrid Betancourt. Por su mala maña, como suena la salsa, la gente no quiere verla ni en pasta dura. Se ha formado una especie de pacto para no comprar, leer ni recomendar No hay silencio que no termine. Hemos extendido al libro la animadversión que le tenemos a Íngrid, y nos estamos quedando como solos en ese desprecio, pues el fruto literario de su secuestro, que es mucho más que la memoria agónica de una mujer ‘pequeñoburguesa’ cautiva, tiene récord de ventas, sobre todo, en países donde sí leen de verdad. Lástima. La obra supera al odio que sufrimos por su autora y está tan bien escrita, que por momentos uno se siente leyendo a Héctor Abad. "Hay libros sobre los que caen maldiciones estrechas o vetos implícitos, tan canallas y fatídicos que los hacen innombrables, y por supuesto, inaccesibles para la mayoría de lectores".cgalvarezg@gmail.com *Periodista ADRVEG

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