¡Manos arriba! Llegó el personaje

Le habrá pasado a usted, amiga, amigo lector. Está tranquilo departiendo con sus amigos o su familia en un restaurante, por ejemplo, cuando se produce una conmoción. Una caravana de arrogantes camionetas, precedidas por el estropicio de unas motos, se toma la entrada al lugar. De los automotores siniestros de vidrios polarizados desciende raudo un grupo de individuos armados que se toman el lugar. Bulla, desconcierto, pánico.

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agosto 11 de 2006 - 05:00 a.m.
2006-08-11

Usted toma a sus hijos de la mano, estrecha el círculo con sus amigos. ¿Es un asalto o un ‘operativo’? ¿El rodaje escandaloso de un reality? ¿Otra película sobre el Cartel? Cuando ha comenzado a deslizarse familiarmente hacia el piso, para estar a salvo de la visual balística en el momento en que comience el tiroteo, de la camioneta principal sale ‘el personaje’. Y entra raudo al lugar a tomar asiento, como un privilegiado. Si tiene alguna consideración con los comensales, retira sus escoltas. De lo contrario, los asistentes tendrán que pasar la sopa con la perspectiva de la metralleta camuflada, de la mirada suspicaz, del paseíllo funesto. El personaje varía en importancia. Puede ser ministro, viceministro, secretario o director de institutos o dependencias diversas. Niveles nacional, departamental o local. Sector privado. Puede ser un absoluto desconocido gozando de las prerrogativas del Estado o de los alamares del poder. En todo caso, su acceso a los lugares públicos con el pretexto de la seguridad es un acto de molestia calculada. No falta, claro, quien disfruta ese tipo de ‘roces’, para contar después que “hoy almorcé con el Ministro”, aunque el privilegio se hubiera efectuado a 10 mesas de distancia. La arrogancia y la desconsideración de las medidas de seguridad se han convertido en un atropello diario al ciudadano indefenso. Empieza con la movilización por las calles. Motociclistas que paran el tráfico como les place, camionetas en contravía a velocidades asesinas, despliegue de escoltas y armamento al mejor estilo de Chicago. El cruce de semáforos en rojo es una práctica de muerte comprobada, aunque el Consejo de Estado obligue a responder por daños a terceros a conductores y escoltas de los vehículos oficiales que ‘sobrepasen los límites de la prudencia’. En el lugar, la cosa es grave. ¿Qué tal el que hace cerrar el almacén para comprar tranquilo? ¿O el que visita el edificio donde tiene su oficina privada o la sede de su club o donde está radicado el consultorio de su médico, y declara el terreno en Estado de Sitio con el registro implacable de todos y todo lo que entra y sale? Y hay del que diga mu… Uno se lo acepta al Presidente de la República. Como el viernes 4 de agosto que efectuó la llamada “Visita de Reparación” a la revista Semana. A quienes trabajamos en el sector nos pareció un acto de seguridad democrática arribar a nuestras oficinas custodiados por pelotones enteros y comandos verdes. De repente, a lo lejos, la caravana ululante que sube por la calle 93ª, toma la carrera 14 en contravía y de la misma manera asciende por la calle 93b. Pero es que era el Presidente, caballero, en su antepenúltimo día del Mandato I. Cada vez son más los asegurados, los camuflados, los polarizados, los escoltados, los atravesados. Y la gente, ahí, aunque por estos días debería empezar a cumplirse la orden emitida por el DAS de suspender el servicio de escoltas a personas que no necesitan el esquema o que lo utilizan para otros fines. Alguien dirá: ¿pero cómo quiere, entonces, periodista, que los protejamos? Nadie pide que los descuiden. Simplemente se sugiere respeto con los que no detentamos el costoso y exclusivo privilegio de la fuerza bruta. Se recomienda bajarle un tris a la arrogancia y al ejercicio del pavor. Que nos quede una certeza de seguridad democrática. No el recuerdo de una arbitrariedad insolente. Periodista "Que nos quede una certeza de seguridad democrática. No el recuerdo de una arbitrariedad insolente”.

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