Manuel Antonio Noriega: de 'hombre fuerte' de Panamá a un preso común

Después de pagar 20 años de condenda en Estados Unidos por narcotráfico y lavado de dinero, ahora tendrá que afrontar otra pena de diez años en una cárcel en Francia.

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abril 30 de 2010 - 05:00 a.m.
2010-04-30

Manuel Antonio Noriega sueña con volver a su natal Panamá. Es lo primero que le dijo al juez francés Jean Michel Mason ante el que compareció nada más al llegar a París, al ser extraditado el lunes desde Estados Unidos, luego de haber pasado algo más de 20 años encarcelado.

Pero no tuvo suerte, y fue a dar a la prisión de La Santé, donde le esperan, seguramente, unos cuantos años adicionales. Atrás quedaron casi medio siglo de relación de amor y odio con Estados Unidos del que fuera el hombre más fuerte de Panamá, un pequeño país, puente estratégico entre el norte y el sur de América y entre el océano Pacífico y el Atlántico a través de su Canal.

La misteriosa muerte del dictador militar panameño Ómar Torrijos, en un accidente de avión en 1981, le convirtió en su sucesor 'de facto' dos años después y en uno de los aliados clave que la potencia del norte tendría en Latinoamérica, pese a lo turbio de sus actividades y de su biografía.

Eran los años de los conflictos civiles en los países centroamericanos, en los que Estados Unidos tomó claro partido contra las guerrillas izquierdistas, alentadas por la Cuba de Fidel Castro. Los años de la revolución sandinista en Nicaragua, la 'Contra' antisandinista actuando desde Honduras, de la guerra sucia en El Salvador y Guatemala. Los años en que el narcotráfico y el contrabando de armas convertía la zona en una olla de presión.

Varias fuentes fechan los primeros contactos entre Noriega y Estados Unidos en la década de los 50, cuando el joven veinteañero se convirtió en informante de la Agencia Central de Inteligencia (CIA) mientras se formaba, gracias a una beca, en la famosa Escuela Militar de Chorrillo en Perú.

Época dorada

Allí también se sumergió en el estudio de las milicias, la guerra psicológica, la contrainsurgencia y la lucha contra el narcotráfico, conocimientos clave que, junto a su astucia y oportunismo, propulsaron la carrera que lo llevó a ser el poder real detrás de los gobiernos civiles de turno en Panamá.

A sus 76 años y estrenando prisión, Noriega quizá recuerde esos días como el arranque de su época dorada.

El hijo de un contador que creció en una barrio pobre del casco viejo de la Ciudad de Panamá y que no pudo convertirse en médico porque su padres no podían permitirse pagar sus estudios, escalaba peldaños gracias a su perseverancia.

Sus pasos parecían acertados: entró en la Guardia Nacional en 1962, seis años después apoyó el golpe de Estado en el que el general Torrijos se hizo con el poder y, en agradecimiento a su fidelidad, se convirtió en el jefe del temido G-2, el servicio de inteligencia de Panamá.

Torrijos se vanagloriaba de su excelente y efectivo subordinado. "Este es mi gánster", aseguraba orgulloso después de que en 1975, un empresario crítico con él acabara en el exilio en Ecuador al ser detenido y expulsado por agentes secretos.

Pero Noriega no era sólo la mano derecha de Torrijos. Su cercanía y confianza con Estados Unidos se puso a prueba en 1971, cuando el entonces presidente Richard Nixon lo envió a Cuba a negociar la liberación de la tripulación de barcos estadounidenses interceptados por Fidel Castro.

Ya por entonces las primeras informaciones sobre sus negocios con el narcotráfico empezaban a conocerse, pero ni el consejo emitido por un alto funcionario de la lucha contra la droga en Estados Unidos de asesinar a Noriega enfrió las relaciones. Las manos del general parecían cada vez más sucias. Las supuestas torturas, asesinatos, negocios de tráfico de armas, blanqueo de dinero e incluso la venta de información y tecnología a Cuba y países de Europa del Este le hacían tan rico y poderoso como sospechoso.

Como todas, esta luna de miel con Estados Unidos acabó y empezó a tambalearse tan pronto como la mano dura de Noriega se impuso con menos escrúpulos sobre la política panameña. Forzó la dimisión de dos presidentes, el oficialista Nicolás Ardito Barletta, y posteriormente a su sucesor, Eric Arturo del Valle, cuando éste intentó sacarlo del poder ordenando su pase a retiro. Compañeros de armas como el coronel Roberto Díaz Herrera le acusaron públicamente de lo que eran los rumores de la calle: la muerte del opositor Hugo Spadafora, la complicidad en la muerte de Torrijos y el fraude electoral de 1984.

La crisis ya había estallado y parecía incontrolable. Protestas, estado de emergencia y represión se sucedieron. Las siguientes elecciones de 1989, ganadas por Guillermo Endara, fueron anuladas por Noriega en medio de más revueltas.

Aún están pendientes muchos años de cárcel

En medio de una profunda crisis política, el descontrolado poder de Noriega se vería sofocado por 26.000 soldados estadounidenses que entraron en Panamá durante la noche del 20 de diciembre de 1989 para desmantelar el Ejército y captruar al dictador.

El general huyó y se escondió en la Nunciatura hasta que el 3 de enero de 1990 salió con las manos en alto después de que el Ejército rodeara la Embajada del Vaticano y 'atacara' con música de Gun's N' Roses el refugio.

Era el comienzo de su peregrinar por los tribunales, del espectáculo internacional de su juicio en Miami (Florida), donde se supo que llevaba calzoncillos rojos para prevenir el mal de ojo. Se convirtió en un dictador vencido y humillado.

Condenado en 1992 a 40 años de cárcel por ocho delitos de narcotráfico y blanqueo de dinero, cumplió como prisionero de guerra 17 de confinamiento en silencio, pero con especiales privilegios, como teléfono, televisior de ón en color y una bicicleta para hacer ejercicio.

Pero lo reclamó Francia por lavado de dinero. Y la secretaria de Estado, Hillary Clinton, firmó la orden de extradición.

Sentado en una silla por su delicado estado salud, tras su llegada a París Noriega escuchó otra condena de diez años por blanquear dinero procedente de varias operaciones de narcotráfico.

El próximo 12 de mayo, tras otra audiencia, se decidirá si se puede aplicar el derecho a la inmunidad, como defiende su abogado. Hasta entonces, Noriega, de 76 años, vuelve a descansar en prisión. Lejos de su cálido Panamá.

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