¿Es mejor ser amiga que mamá?

Varias noches a la semana, cuando María Isabel llega a su casa, su hijo Esteban, de 4 años, la está esperando para que juegue un rato con él, a pesar del sueño que le pesa en los ojos.

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mayo 13 de 2006 - 05:00 a.m.
2006-05-13

Al principio lo regañaba por no estar acostado a las 8 o 9 de la noche, pero muy rápido cedió al ‘desorden’ de que se acueste tarde, así sea muy complicado levantarlo al día siguiente para que vaya al jardín. Pero cedió, lo reconoce, por sentirse culpable de pasar tanto tiempo en el trabajo y tan poco con él como para llegar a regañarlo y a imponer normas. Sabe que no lo debería hacer, “porque ellos necesitan límites, pero tampoco quiero que me recuerde como la mamá regañona, quiero que me vea como su amiga”, dice. Y ahí viene el gran conflicto: ser mamá o amiga de los hijos. Según sicólogas consultadas, uno no puede ser amigo de los hijos, tiene que ser mamá. Suena drástico pero tiene su lógica. “Ante todo hay que asumir que entre padres e hijos hay una brecha generacional y eso influye en la relación. Segundo, precisamente por ser un adulto, los niños esperan de ellos que los guíen, los ayuden a tomar decisiones, les pongan límites y esas cosas las hace una mamá o un papá y no los amigos”, dice la sicóloga María Clara Arboleda. “Cuando se es amigo se es alcahueta, cómplice, incluso hay cierto temor a herir al otro o de mortificarlo, en cambio una mamá debe tomar medidas que son impopulares”, agrega la también sicóloga María Elena López. “Uno tiene que ser ante todo mamá porque el niño necesita un referente y un figura de autoridad que le dé parámetros de comportamiento, posibilidades de controlar sus emociones y le dé herramientas para manjear los conflictos de la vida”, explica la sicóloga Sylvia Afanador. Ese modelo de quere ser la amiga de los hijos tiene mucho que ver con tres cosas que rondan a las nuevas generaciones. Una, no querer repetir el modelo autoritario que se vivió con los padres basado en el miedo. Dos, que los niños hoy en día son mucho más abiertos y cuestionadores. Y tres, los sentimientos de culpabilidad de las mamás que trabajan y que quieren contrarrestar con mimos y regalos el tiempo que no pasan con ellos. TENDER LAZOS Entonces, ¿qué hacer? Buscar el punto intermedio. “Es diferente ser amigo a establecer lazos de confianza con los hijos para que puedan acercarse a uno, preguntar, comentar”, dice la doctora Afanador. Otro paso es no tenerle miedo a ejercer la autoridad, con respeto, con diálogo pero con firmeza. Es cierto que los niños y jóvenes hoy día enfretan, cuestionan y argumentan sin temor a los papás, pero definitivamente hay un punto en que la mamá debe imponerse. “Hay cosas que no son negociables. Tome la decisión, puede explicarse, pero no moverse de ahí frente a los alegatos del niño”, dice la doctora Arboleda. “Ser amiga ayuda a diluir el tener que ser estrictos, exigir y tener una normatividad. Puede haber diálogo y negociación, pero hay un momento en que se agotan muy rápido. Los niños necesitan, y agradecen aunque no lo crean, que se les ponga límites porque eso los guía así aleguen un momento”, dice la sicóloga López. Marcar esa diferencia no implica ser distantes y autoritarios. Se puede compartir con los hijos y crear espacios para pasar ratos juntos, nunca llegar a comportarse como ellos, vestirse como ellos o querer andar todo el tiempo con ellos. “Eso de emborracharse junto o hablar como ellos con las groserías incluidas no funciona porque se pierde la compostura de autoridad como referente”, dicen la especialistas. Otra cosa es compartir un deporte o afición con ellos, conocer sus gustos y fomentarlos, conocer a sus amigos y acompañarlos, hacer planes juntos y compartir. “Una cosa es que su hija le tenga la confianza de pedirle que la lleve al ginecólogo y otra pretender entrar con ella a la consulta y querer saber todo sobre su vida sexual”, dice la sicóloga Afanador. Hay que respetar la intimidad de los hijos, por eso no se puede pretender que les cuenten todo. Usted tampoco lo hace. CONFLICTO FEMENINO HOMBRES Y TRABAJO. En la tendencia de la mujer de revalorizarse como persona, cometió el error de querer asimilarse más al hombre y se convirtió en un objeto a su servicio, afirma la psicóloga Carmen Elisa Torres. “Lo importante es que asuma sus funciones y lugares como mujer. Es darse valor conservar las diferencias sin ese sentido de desigualdad”. Otro de los problemas para conciliar el trabajo y la familia es que existen compañías que tienen la cultura del trabajo obsesivo y donde se piensa que el tiempo para el hogar es sinónimo de menor productividad. Mujeres y trabajo: aún hay una ‘brecha’ con los hombres Los estudios de participación general de la mujer en la actividad laboral remunerada, muestran que aunque no se reconoce en las estadísticas, las mujeres que aparecen inactivas (en los censos, por ejemplo) hacen trabajos domésticos importantes para la familia, así no reciban un salario por ellos. Y contrario a lo que se cree, el crecimiento en la cifra de mujeres que trabajan a partir del 2002 ha tenido un estancamiento. Una encuesta de la Consejería para la Equidad de la Mujer, reveló que si en 1982, 37 por ciento de ellas estaba buscando trabajo o no tenía trabajo, en el 92 aumentó a 47 por ciento y en el 2000, alcanzó el 56 por ciento. “El fenómeno no es fácil de explicar, parece ser que en el mercado hay un nivel de saturación. Además, muchas familias requieren que permanezcan en el hogar y en otros casos no tienen la opción de trabajar por la edad o por falta de capacitación”, dice la socióloga Luz Gabriela Arango, profesora de la Facultad de Ciencias Humanas de la Universidad Nacional. De todas maneras, la tasa más alta de empleo en Colombia la alcanzan las mujeres entre 27 y 45 años: por encima del 70 por ciento, para el período del 98 al 2004. El desempleo para el caso de las mujeres, en el 99 alcanzó el 24 por ciento, mientras que en los hombres llegó a 17 por ciento. Entre el 2001 y el 2005, las cifras son de 20 y 15 por ciento, respectivamente. En pleno siglo XXI las diferencias de sexos siguen siendo marcadas. Aunque muchos sectores se han abierto a la participación femenina, como el comercio, las mujeres están más representadas que los hombres en empleos informales, temporales y que no son de tiempo completo. Además hay áreas específicas para los hombres, como la industria, el transporte y las administrativas y de gerencia, mientras que las mujeres se inclinan más por la social: educación, salud, cultura, turismo y relaciones públicas. Y no se trata solo de la calidad del trabajo sino de la gran brecha laboral que aún existe. El salario de las mujeres en general, representa el 75 por ciento del de los hombres (año 2004) y para el caso de las profesionales, del 83 por ciento que representaba en el año 2001, el promedio disminuyó a 68 por ciento. “Aquí viene al tema lo que se conoce como el fenómeno ‘techo de vidrio’: en los niveles gerenciales, hay un punto en el cual las mujeres ya no pueden subir más en sus cargos, es muy complicado que logren un ascenso”, sostiene Arango. Eso a pesar de que las mujeres de hoy tienen más años de estudio en promedio que los hombres.

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