Mejor Peñalosa

Mejor Peñalosa

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octubre 26 de 2007 - 05:00 a.m.
2007-10-26

A mediados del año 2000, Enrique Peñalosa me llamó para encargarme un trabajo arduo: elaborar el informe de su gestión como Alcalde Mayor de Bogotá, tres años vertiginosos transcurridos entre 1998 y el límite apocalíptico del Y2K. Acepté por una amistad discreta que me había mantenido más cerca de sus sueños que de su vida social. Y porque para ese momento ya estaba convencido de que Bogotá había partido su historia en antes y después de este gigante, que se paraba inopinadamente de cabeza solo para divertir a las niñas y los niños pobres de la ciudad, cuyo bienestar y certeza de futuro eran el único y verdadero propósito no solo de su administración, sino de su vida. En el momento en que comenzó un trabajo agotador, que nos llevó a un excelente equipo de periodistas y fotógrafos y a mí a los lugares más insólitos de la ciudad, en los que Peñalosa se movía como pez en el agua, ya se habían producido hitos inverosímiles. La transformación de la caótica Carrera 15 y de la Plaza de San Victorino, en dos estratos opuestos, parecían los más conflictivos y vistosos que apuntalaban la nueva ciudad. Pero lo cierto era que en todas las 20 localidades de Bogotá, desde Sumapaz, Usme y Ciudad Bolívar hasta Suba y Usaquén, la capital era un crisol de laboriosidad y cambiaba como tocada por una magia súbita. Esa transformación categórica configuraba un salto tan radical en la maltratada condición de vida de los capitalinos, que aún hoy la gente no ha terminado de creerla y mucho menos de asimilarla. En el límite con el año 2001, salió a la luz una colección de cuatro libros que titulé La Bogotá del Tercer Milenio: Historia de una Revolución Urbana. Página tras página, contenía un elemento común: las fotos de cómo eran los lugares en 1998 y cómo habían cambiado. El espacio público era otro, otro el Centro, otras la gran ciudad y la noción de vida. Solo un programa como ‘Desmarginalización’ había cambiado la suerte de 12 localidades en Estratos Uno y Dos, legalizando 316 barrios y beneficiando a 415. Se habían invertido 1,2 billones de pesos, el más grande esfuerzo hecho por una alcaldía en busca de la equidad social. Representaba la construcción de acueductos, alcantarillados, pavimentos, parques públicos, zonas verdes, jardines infantiles y los colosales colegios, los dignos colegios para la gente humilde. Otra ciudad. Todo está allí: las Megabibliotecas, TransMilenio, las Alamedas, los Tanques de Agua, las Ciudadelas de MetroVivienda y mucho más. Toda la nueva Bogotá que nos llena de orgullo. Ahí está todo lo que su contendor nos pide olvidar en las elecciones, provechosa ambivalencia de quien uno menos pensaría que tuviera razones para promover el desconocimiento del pasado. Cuando Enrique Peñalosa anunció su deseo de ser nuevamente Alcalde de Bogotá, muchos entrevimos el gran obstáculo. Porque sabíamos que esa buena fortuna para la ciudad, mucho más enorme ahora que no puede haber mejor representante ante la comunidad internacional, se iba a estragar en las entrañas de la pugna política nacional, que sigue siendo una cacería de vidas y de honores, una perrera de mentiras. Peñalosa no sirve para ejercer la función ilusionista y su conocimiento de la ciudad al detalle le impide desbordarse en halagos de plaza, que llenan los oídos pero están vacíos de verdad. Esa honestidad y decencia primeras sobreviven incluso a las indecisiones y torpezas que han desgastado su campaña. Su visión de una Bogotá sostenible es clara, ansiosa de equidad pero responsable. Nunca había sido tan importante la decisión ciudadana. Mejor Peñalosa. Carlos Gustavo Álvarez G. Periodista Su visión de una Bogotá sostenible es clara, ansiosa de equidad pero responsable. Nunca había sido tan importante la decisión ciudadana”.

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