Memoria de unas elecciones tristes

El domingo concluye uno de los procesos electorales más lánguidos que hayamos visto en mucho tiempo. No se sabe qué ha sido más triste: la ausencia de debate, la escasez de ideas o el oportunismo de los advenedizos que se fueron acomodando para salir con el candidato-presidente en la foto del cierre de campaña. Los políticos colombianos siempre serán unos girasoles blandengues que se acercan al sol que más alumbre.

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mayo 26 de 2006 - 05:00 a.m.
2006-05-26

Buena parte de la languidez de estas elecciones se debe a la popularidad de Alvaro Uribe. Con las encuestas en contra, los demás candidatos sacrificaron la oportunidad de ofrecerle al país un plan de gobierno estructurado, y optaron por enfatizar sus críticas a la gestión de Uribe y subrayar sus diferencias con él. En este proceso tampoco ayudó la miopía de los medios de comunicación, más interesados en armar espectáculo alrededor de las frases escandalosas (“¿quién es el comunista?”) que en analizar las pocas ideas que salieron a la palestra. La favorabilidad del presidente también terminó marcando el tono de su campaña. Como no hay que arreglar lo que anda bien, Uribe optó por evitar la confrontación de ideas para no tropezarse con los lunares de su gestión. Esa ausencia de debate ha hecho que muchos se olviden de que estamos ante una balanza con dos platos: en uno están los avances en seguridad, el incremento de la confianza y el optimismo que ha sembrado Uribe entre la mayoría de los colombianos; en el otro plato están las inquietudes que genera una guerrilla más replegada que derrotada, las dudas que suscitan los ambiguos resultados de la lucha contra el narcotráfico y el escalofrío que produce la posibilidad de que el país se siga traquetizando. Las encuestas muestran que la mayoría de los colombianos cree que el primer plato de la balanza pesa más que el segundo. El problema es que no estamos frente a una balanza corriente, sino ante una cuyos platos tienen vasos comunicantes. La sostenibilidad de los avances en seguridad y del optimismo generalizado depende de la respuesta a tres interrogantes. ¿Quién quedará con el mango de la sartén cuando concluya el proceso con los paramilitares? ¿El Estado colombiano y sus fuerzas militares (las mismas protagonistas del terrible ‘fuego amigo’) están en condiciones de doblegar a la guerrilla para llevarla a una mesa de negociación? ¿Vamos por el camino correcto en la erradicación del narcotráfico, el mayor combustible de nuestros problemas? Aunque parezca increíble, hemos llegado al final de la campaña electoral sin conocer la respuesta a esos tres interrogantes. La mayor parte de los electores votarán el domingo con los ojos puestos en un solo plato de la balanza. Yo votaré tratando de ver los dos platos al mismo tiempo, con la certeza de que el chalán que toma tinto mientras monta a caballo ha encabritado al potro salvaje que habita en las entrañas de Colombia. Creo que ese potro tumbaría a cualquiera de los otros candidatos: a Carlos Gaviria, con los encantos de su inteligencia y su bonhomía, y los horrores de sus propuestas económicas; a Horacio Serpa, con su repetición de frases huecas y su patético desgaste; y a Antanas Mokus, un buen candidato con un problema que él mismo detectó con lucidez: sus propuestas se acercan tanto a las del Presidente, que terminó cediéndole los votos. A pesar de la preocupación que me producen los interrogantes que nadie ha querido abordar, voy a votar por Alvaro Uribe por la misma razón por la que uno hace casi todo en Colombia: porque sería peor no hacerlo. Investigador Asociado de Fedesarrollo "La mayor parte de los electores votarán el domingo con los ojos puestos en un solo plato de la balanza”.

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