Una misión nada envidiable

El próximo 7 de agosto, un ciudadano colombiano será investido de manera solemne como Presidente de la República. Habrá aplausos, discursos y celebraciones.

Finanzas
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marzo 06 de 2010 - 05:00 a.m.
2010-03-06

Al favorecido con la votación popular se le felicitará por ese logro, el cual, al fin y al cabo, dentro de los márgenes de la idiosincrasia nacional, es objeto de veneración irracional y de un ansia frenética: este el país donde todos quieren ser presidente de la República.

Pero cuando a este ciudadano se le imponga la banda presidencial (ojalá esta vez al derecho), más que un honor, lo que estará cayendo sobre sus espaldas será una pesada carga, casi un yugo, y en medida alguna es envidiable la responsabilidad de llevarla. Quien suceda en la presidencia a Álvaro Uribe Vélez tendrá que recorrer una senda de extraordinaria dificultad, a cuyo término, si la recorre con éxito, bien podría hallar nada más que ingratitud.

El reto de igualar a Uribe

Todo será difícil desde el comienzo, por causa de la huella que Uribe dejará en la mentalidad nacional. A ojos de una porción mayoritaria de la ciudadanía, Uribe será, como se dice en inglés, a hard act to follow, expresión usada cuando hay que bailar después del mejor bailarín, o cuando hay que cantar después de un Pavarotti.

No voy a juzgar aquí cuán acertada es la creencia popular, que ha crecido y se ha mantenido sin mayor desgaste, según la cual Uribe es el mejor presidente de la historia de Colombia. El hecho es que esa creencia existe, y seguramente se hará mayor y más fuerte cuando se mezcle con la nostalgia de extrañar a este activo y casi omnipresente mandatario. Como dice Mauricio Vargas (El Tiempo, marzo 1), al nuevo presidente se le juzgará de manera inmisericorde: sus actos, sus capacidades personales, y su talante, serán medidos contra el patrón establecido por Uribe. No podrá vérsele descansando un domingo, y ay de él, si se sabe que un día se acostó temprano. Si en una conferencia se le olvida una cifra, será tratado como incompetente. Y ninguno de los candidatos, ni siquiera aquel que con tanto esfuerzo trata de ser 'copia mejorada' del Mandatario, podrá emular la impresionante capacidad de Uribe para moverse en ámbitos distintos de la sociedad: para ser aquel que el miércoles habla de exportaciones ante empresarios, y el sábado recomienda ante campesinos cómo alimentar un ternero.

Súmese a esto un hecho que ya es posible advertir: ninguno de los actuales candidatos podrá tener, en tanto presidente, el mismo capital político que tuvo Uribe. Ni siquiera lo tendrá quien reciba el 'guiño' presidencial. Es posible que, durante varias décadas, la nación colombiana no conozca un fenómeno de apoyo masivo similar al de Uribe. Y es mejor que así sea, pues lo que ocurrió con Uribe fue producto de una aguda crisis nacional de aquellas que es mejor no repetir. Además, es factible que su masivo capital político siga vivo, incluso, después de que abandone la Presidencia. Cosa que crearía para el nuevo mandatario una dificultad adicional: Uribe -ceteris paribus- será el gran hombre de la política nacional, la gran figura, y una palabra suya bastará para sacudir al país. De proponérselo, podría entorpecer a discreción la presidencia de su sucesor.

Y falta lo peor. En lo relacionado con la continuidad de las políticas actuales, el infortunado próximo mandatario deberá enfrentar esta paradoja: no le será fácil continuar lo bueno, y tendrá que salir a desmontar lo malo, y hacerlo con dolor.

Ajustes indispensables

Hasta ahora, la ejecución de la política de Seguridad Democrática ha dependido en un alto grado de las virtudes personales de Uribe, quien es, por excelencia, un sobresaliente líder de tiempos de guerra. Su impronta está por todos lados en esta política: en su dedicación personal a la coordinación de operaciones, en su permanente supervisión de la marcha de aquellas, en su conocimiento casi total de la geografía nacional y de la geografía del conflicto, y en ese liderazgo tan especial que ejerce sobre las fuerzas militares, el cual le permite incluso amonestar con severidad y en público a los comandantes, cuando no hacen su tarea. Pero este líder de tiempos de guerra no legará al país un aparato institucional que haga imperativa la política de Seguridad Democrática, y ella seguirá dependiendo de capacidades personales.

Además, al siguiente mandatario le corresponderá una de las tareas políticas más amargas: la de tener que desmontar, por equivocadas o por insostenibles, algunas políticas de este presidente casi venerado. Y al desmontarlas habrá dolor, y habrá quienes se quejen, y quienes luchen por no perder privilegios. De hecho, en muy alta medida, el nuevo presidente tendrá que corregir el rumbo de casi toda la política económica. Y si no quiere hacerlo, las fuerzas de la realidad lo obligarán.

Ese rumbo tiene un espíritu propio, sellado también por el propio Uribe: es la idea según la cual, para llegar al desarrollo, hay que favorecer a ciertos sectores poderosos con exenciones y privilegios, con el fin de que hagan inversión, y ésta produzca beneficios para toda la sociedad. Esta es una política errónea e insostenible. Es equivocada, porque supone que se producirán unos efectos que bien podrían no darse: ya hemos visto, por ejemplo, que no produce empleo. Y es errada, porque configura una economía en la cual lo principal no es la competitividad y la innovación, sino la capacidad de obtener beneficios de las altas esferas del poder.

Las energías no se dedican a vender con ingenio y a producir con eficiencia, sino a convertirse en zona franca o a obtener un subsidio de Agro Ingreso Seguro. Y es una política insostenible, porque priva al Estado de recursos que necesita para su funcionamiento, cosa que se manifiesta en que, según proyecciones, este año enfrentaremos un déficit de 4,5 por ciento en el Gobierno Nacional, y uno de 3,7 por ciento en el sector público consolidado.

Pero estas políticas tienen la perversa virtud de reservar sus malas consecuencias para después. El déficit es hasta ahora una proyección, una cifra invisible para el ciudadano común. Y aquello de la configuración errónea de nuestra economía es menos visible todavía, y habita en el nivel de las elucubraciones teóricas. Será el próximo presidente quien deba enfrentar las dificultades fiscales, y tendrá que pasar un trago muy amargo: el de decirle a los beneficiarios de estas políticas que ellas deberán desmontarse. Ellos lucharán con todas sus armas, y no ahorrarán en cabildeo.

Por ser un grupo concentrado de beneficiarios, les es fácil organizarse en pos de este propósito. No es igual para el colombiano de clase media y pobre, quien ha estado tributando a favor de los ricos durante ocho años. Esto es por supuesto injusto, y su desmonte debería ser bienvenido: pero el ciudadano común no tiene fuerza de lobby ni tiene gremios que lo representen. En vano, esperará el próximo presidente que la ciudadanía salga en defensa de este necesario programa de ajuste.

Así que el 7 de agosto del 2014, cuando -si volvemos a la tradición- el próximo presidente entregue su investidura, bien podríamos presenciar una injusticia histórica: la de reprobar con dureza a quien ha hecho una buena labor.