Para que nadie olvide a las víctimas

Con piedras pintadas, cruces, telones y jornadas de luz, el oriente antioqueño se une en su memoria.

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julio 02 de 2008 - 05:00 a.m.
2008-07-02

CIENTO VEINTIOCHO piedras de colores cada una con el nombre de un muerto o un desaparecido reposan en el Parque de La Vida de Granada, un municipio del oriente de Antioquia, donde la mitad de la población es desplazada y la otra ha sobrevivido a las atrocidades del conflicto: tomas guerrilleras, masacres de paramilitares, minas...

La gente no ha querido esperar a que el Gobierno o la Comisión Nacional de Reparación y Reconciliación levante un monumento en memoria de las víctimas como una forma de reparación simbólica. Por eso, a su manera, en forma sencilla pero significativa, los familiares de más de 1.000 víctimas del conflicto armado quieren recordar a los suyos por medio de esas piedras pintadas, de telones, de fotos, de marchas y jornadas de luz... Para que nadie olvide, porque olvidar es una forma de perpetuar la injusticia y de conceder la victoria a los victimarios.

La iniciativa fue de Asovida, un grupo de 200 personas -desplazadas o familiares de muertos y desaparecidos- que se unieron hace dos años para reclamar sus derechos e impedir el olvido de las víctimas. Con muy pocos recursos y apoyo de la comunidad lograron poner esas 128 primeras piedras y ahora, con ayuda del Centro Internacional de Justicia Transicional (CIJT) y el Cinep, trabajan en un proyecto fotográfico y escrito para contar en lo que llaman un pabellón de "Nunca más", la historia de cada una de las víctimas. 

"Tengo seis familiares asesinados y tres desaparecidos, entre ellos mi hijo José Isaías, a quien se lo llevó un grupo armado en octubre de 2001 -cuenta Margarita Morales, de Asovida-. Su nombre está en una de esas piedras, los del resto de familiares están en un telón de cuatro metros que pintamos para exhibir cada vez que podamos para ver si se apiadan de nosotros y hay Justicia".

En 1998, los paramilitares asesinaron a su hermano Orlando, en octubre de 2002 a su cuñado Luis Eduardo Hoyos, en julio de 2003 a su yerno Álvaro Villegas y en abril de 2005 desaparecieron a dos sobrinos, Jorge Iván y Jaime García Morales. También las Farc han hecho estragos en su familia: en 1997 mataron a sus hermanos Carlos Arturo y Dayro. "No quiero que todos ellos sean solo parte una lista de muertos", dice, y cuenta que Asovida se ha dedicado a recopilar fotos y testimonios de las familias sobre cada uno de los seres queridos que les arrebató el conflicto.

El ejemplo de Granada se repite en otros 22 municipios del oriente antioqueño. La gente clava cruces, pinta piedras, escribe en los árboles,  hace jornadas de luz en las que prenden velas por lo menos una vez al mes, para recordar a sus muertos y desaparecidos. "Hacer con sus propias manos esas especies de monumentos les ayuda a los familiares de las víctimas a elaborar el duelo, les permite transformar las situaciones traumáticas vividas y les da la posibilidad de reconstruirse -explica la psicóloga Beatriz Montoya, de la ONG Conciudadana, que acompaña a quienes están en ese proceso-. Los familiares de las víctimas, que también son víctimas, se acompañan y entienden que su muerto o desaparecido no propició ese dolor, que se los impusieron desde afuera".

Catalina Díaz, coordinadora del Programa de Reparación del CIJT, sostiene que los casos más significativos de este proceso de hacer memoria como exigencia moral, como una forma de recordar que hubo una injusticia que no ha sido saldada, se dan en Granada, Sonsón, Argelia, Nariño y La Unión, municipios del oriente antioqueño donde se han organizado asociaciones de víctimas para reclamar sus derechos. "Son sobre todo mujeres que buscan dignidad -dice Díaz-. Hacen jornadas de música y teatro, encienden velas".

En La Esperanza, una zona del Carmen de Viboral, las familias de 19 personas desaparecidas en agosto de 1996 por orden de Ramón Isaza, hoy preso en La Picota, han pintado piedras de colores, puesto cruces con letras blancas y realizan todos los viernes en la tarde jornadas de la luz para recordar que 12 años después, los hechos están en la impunidad. El ex jefe de las Auc hasta el momento no ha confesado el delito.

En Cocorná, las mujeres se unieron en asociaciones de víctimas, como Avvic y Provísame, para hacer memoria de cerca de 5.000 víctimas mediante jornadas de la luz, marchas de solidaridad y piedras de la memoria. "Es una iniciativa de las propias víctimas que está logrando espacios públicos -asegura Osman Castaño, personero del pueblo-. Ahora solo falta la aplicación efectiva de la ley de Justicia y Paz para que haya verdad, justicia y reparación".

Iniciativas como las de los municipios del oriente antioqueño han empezado a replicarse en poblaciones de la Costa Atlántica, en Norte de Santander en la región del Catatumbo y en pueblos del sur de Bolívar, como San Pablo, donde un árbol de la plaza está lleno de cuadritos de madera con los nombres de los muertos y desaparecidos.

Las víctimas que han sobrevivido y los familiares de las víctimas saben que no pueden desentenderse de los horrores cometidos, que la vida no puede seguir como si nada hubiera ocurrido, que recordar es una forma de hacer justicia porque la memoria rescata la mirada de las víctimas y hace recordar el lado oscuro de la realidad, sin el cual no puede haber verdad.

REPARACIÓN SIMBÓLICA

El artículo 8° de la Ley de Justicia y Paz prevé la construcción de monumentos como una forma de reparación simbólica para la preservación de la memoria histórica, la no repetición y la aceptación pública de los hechos, el perdón público y el restablecimiento de la dignidad de las víctimas. 

Las medidas de reparación simbólica no son accesorias, hacen parte de la reparación integral y deben cumplir una finalidad de reconciliación. En este sentido la Comisión Nacional de Reparación y Reconciliación creó la Comisión de la Memoria Histórica, que realizará la primera jornada con ese propósito en septiembre.

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