Negritud: ¿definición legal o autoidentitaria?

Sorprende la facilidad con la cual la opinión latinoamericana da por un hecho la negritud de Barack Obama y, la colombiana, aquélla de Piedad Córdoba. ¿Desde cuándo, en nuestras sociedades mestizas, un 50% de sangre africana trae consigo, como única identidad posible, la afroamericana? Otra es, desde luego, la tradición estadounidense, fincada en la racista definición decimonónica de la ‘gota de sangre’: bastaba con tener 1/16, 1/32 o (según el Estado) cualquier fracción de sangre africana para que una persona fuera clasificada como negra. Para 1925, casi todos los Estados regulaban así la negritud. En su libro Escenas de la vida futura (1930), el autor francés Georges Duhamel narra la sorpresa que le causa una abuelita sureña de piel blanca y ojos azules quien, por cuenta de dicha ‘regla’, se define a sí misma como negra.

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julio 23 de 2008 - 05:00 a.m.
2008-07-23

Al excluir a todos los ‘mulatos’ de la sociedad ‘blanca’, tan artificial línea divisoria los discrimina, desde luego, pero, con el tiempo, también fortalece a la sociedad ‘negra’. La contribución de grandes líderes afroamericanos de fenotipo mestizo a la lucha por los derechos civiles y el ‘empoderamiento’ de la comunidad negra parte de su identificación con ésta, en un contexto consuetudinario sin otra opción clara a la vista. Resaltan entre otros: Frederick Douglass, Booker T. Washington, W.E.B. DuBois y Mary McLeod Bethune, en el siglo XIX; y Julian Bond, Andrew Young, Stokely Carmichael, Thurgood Marshall, Coretta Scott King, Charles Rangel y Jesse Jackson en los siglos XX y XXI. El apartheid sudafricano admitía tres categorías raciales: negros, blancos y gente ‘de color’, racialmente mezclada. En Íberoamérica, la mezquina y leguleya normativa colonia se esforzó por distinguir un sinnúmero de categorías, de imposible control y absurda diferenciación, según la mezcla imperante entre blanco, negro e indio: castizo, mestizo, mulato, cuarterón, cholo, zambo, etc. Resultaba una ‘pirámide’ social de castas, con multiplicidad de obligaciones y derechos. La legislación colonial era racista, porque discriminaba en contra del ‘no blanco’, pretendía institucionalizar su explotación y, como en E.U., apuntaba a excluir las uniones entre mujeres blancas y hombres ‘morenos’. Era además irreal en una sociedad en donde pronto predominaron los mestizos, en el sentido más amplio del término, y se abrió paso una cultura mestiza. Hasta el día de hoy, ésta caracteriza a los hispanos en E.U. y los exime de tener que definirse como blancos, negros, ‘americanos nativos’ (indígenas) u otras categorías fenotípicas. Una cultura mestiza similar también distingue a los ‘árabo-americanos’. La legislación criolla moderna ha dejado atrás, sabiamente, las definiciones raciales y antepuesto la autoidentidad cultural: quien se identifica como indígena, afrodescendiente o rom lo es, independientemente de su DNA. Le da más fuerza el que resulte de una elección libre antes que de una predeterminación racial, fenotípica o legal. En este sentido, tiene razón la opinión latinoamericana y colombiana: es un hecho la negritud tanto de Barack Obama como de Piedad Córdoba, libremente escogida por ambos. Uno y otra se mueven cual pez en el agua en un contexto intercultural. A Obama, inclusive, a menudo se asigna la etiqueta ‘post-racial’. Pesa tanto a priori la herencia fenotípica de su madre blanca y abuelos maternos, quienes lo educaron en Hawai, que la de su padre keniano y lo propio se aplica a la madre (antioqueña blanca) y al padre (afrocolombiano) de la Senadora. El factor decisivo en ambos casos es el compromiso adquirido con su herencia africana. En 1992, Obama contrae matrimonio con una destacada profesional afroamericana conocida en Harvard (Michelle Obama). En 1995, antepone sus raíces paternas (en su libro Sueños de mi padre: historia de raza y herencia), y se establece en el South Side de Chicago para representar a una comunidad predominantemente negra. La senadora Córdoba desposa a un afrocolombiano y se vuelca hacia la lucha por los derechos ‘étnicos’. De igual manera, la cristiandad de Barack Obama, cuya educación temprana (en Yakarta) fue musulmana y posterior formación escolar (en Yakarta y Hawai) transcurrió en colegios cristianos, obedece a una escogencia propia. Bien habría podido elegir al Islam pero no lo hizo, pese a las insinuaciones antisemíticas -en el sentido del diccionario- de cierta derecha estadounidense, cáusticamente aludidas en carátula rec iente de la prestigiosa revista The New Yorker. Semejante confusión, deliberada o ingenua, es inevitable en un contexto de definición autoidentitaria pero ésta sigue siendo mil veces preferible a las ‘cuotas raciales’ o la predeterminación patri- o matrilineal de otras sociedades y épocas. La ejemplifica el libro El ocaso de una gran raza, del connotado segregacionista estadounidense Madison Grant: “El cruce entre blanco e indio es un indio; el de blanco y negro es un negro; el de blanco e hindú es un hindú; y el de cualquiera de las tres razas europeas con judío es un judío”. Resalta la confusión entre raza, cultura y religión en este planteamiento racista ‘puro’, así como su desconocimiento de otras reglas: ni el hinduismo (a menudo confundido con la población del continente indio) ni el judaísmo acepta automáticamente como propio -ni más faltaba- a quien procede del respectivo ‘cruce’. Tanto el criterio de Grant como la regla de la ‘gota de sangre’ ‘simplificaba’ la existencia en un sentido perverso. Quien carece de opción alternativa tampoco necesita elegir, decidir, pensar, exponerse. Otra muy distinta es la situación de los afrodescendientes en la Colombia de hoy. El bajo perfil de las ‘minorías étnicas’ en los medios de comunicación y, salvo excepción, entre los ‘decidores de opinión’ ha desalentado tradicionalmente la autoidentidad ‘afro’. A inicios de la década, y pese a la Ley 70, tan solo una mínima fracción de la población cartagenera se reconocía como tal (Elizabeth Cunin, citada en ‘Reparación Afroindígena’, PORTAFOLIO, 12/ 10/ 05). Desde entonces, ha habido una toma de conciencia progresiva del afrocolombiano pero aún falta mucho por hacer. Esta es, desde luego, una escogencia individual, propia de cada cual. Es tan respetable la identificación de unos con la cultura mestiza como la de otros con sus raíces africanas. En un punto extremo se sitúan quienes, siendo afrodescendientes, dan el ‘salto’ sociocultural de pasar a formar parte de la sociedad ‘blanca’. En los E.U. del siglo XIX y XX, este ‘pasaje’ así se denominaba (passing). Tendían a realizarlo, por lo general, personas cuyo aspecto físico asemejaba el fenotipo ‘blanco’, como un nieto del coronel McKee, prestante afroamericano. En nuestros países, el éxito económico, la educación y hasta la vestimenta ‘blanquean’. Tampoco hay lugar a criticar este tipo de decisión individual, desde cuando sea eso -individual- y no la fomenten el Estado, las políticas públicas, el statu quo en la lucha contra la desigualdad, la enseñanza de la historia nacional, conflictos locales o estereotipos que circulen por Internet, radio, prensa y televisión. Al declarar colectivamente a los japoneses ‘blancos honorarios’, el anterior régimen sudafricano no hizo más que confirmar su propia decrepitud moral. La definición autoidentitaria como negritud se beneficia de un contexto favorable o ‘neutral’ y la frena, por el contrario, la falta de garantías políticas, económicas, socioculturales y de convivencia pacífica. Corresponde al Estado y a toda la sociedad civil proveerlas. Procede un marco legal incluyente y apropiado para tal fin - que no, como en otros tiempos y latitudes, para definirla taxativamente. '' El bajo perfil de las 'minorías étnicas' en los medios de comunicación y, salvo excepción, entre los 'decidores de opinión' ha desalentado tradicionalmen- te la autoidentidad 'afro'.'' La legislación criolla moderna ha dejado atrás, sabiamente, las definiciones raciales y antepuesto la autoidentidad cultural.Tomás Uribe Mosquera. Consultor internacional WILABR

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