Por un nuevo rumbo

No podemos permitir que el país siga sin beneficiarse del potencial del campo. Como lo señalan diferentes estudios realizados por expertos en el tema, contamos con unas 15.000 millones...

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abril 09 de 2010 - 05:00 a.m.
2010-04-09

Colombia, próxima a celebrar los dos primeros siglos de su existencia como República soberana e independiente, se encuentra con una realidad de gran complejidad y de notorios contrastes.

La complejidad de nuestra situación todos la conocemos y de alguna manera a todos nos afecta. Pero a sus manifestaciones de violencia e inseguridad; de narcoterrorismo; de parapolítica; de corrupción; de enfrentamientos institucionales y de dificultades con países vecinos, se tienen que agregar los que en mi concepto son los dos más graves problemas que afronta el país y que además están relacionados con los anteriores:

1) La cultura mafiosa que viene implantándose desde hace ya varios años, reflejada en el comportamiento de un número creciente de ciudadanos que buscan la riqueza y el poder a toda costa, es decir, no importa cuáles sean los métodos que empleen con tal de lograrlo.

Infortunadamente, el negocio del narcotráfico que convierte a los narcos en personajes multimillonarios en poco tiempo, ha constituido el efecto de demostración más desastroso que haya tenido la sociedad colombiana.

2) La pobreza y la miseria en que se encuentra gran parte de su población.Es tal la magnitud de esta situación que Colombia es hoy señalada internacionalmente como una de las naciones con mayor inequidad en el mundo, lo que nunca antes había sucedido.

¿CÓMO SOLUCIONAR ESTOS PROBLEMAS?

Ese es el reto que tiene nuestra sociedad y particularmente sus futuros gobernantes. Personalmente tengo el firme convencimiento de que si no optamos por un viraje a fondo en el rumbo que de tiempo atrás traemos será imposible superar la complejidad de la situación.

En cuanto hace a la cultura mafiosa, muy relacionada con violencia y corrupción, indudablemente que su solución demandará tiempo y constancia. Es indispensable, actuar con perseverancia y dedicación, con base en un diagnóstico que identifique sus orígenes. Se tendrá que implantar en nuestro sistema educativo una acertada y eficaz pedagogía de la ética individual y colectiva, como también en los programas necesarios para concientizar a la ciudadanía de sus obligaciones frente a la sociedad y al país al que pertenecen.

Este esfuerzo pedagógico debe estar complementado con una justicia estricta que elimine la impunidad, rechace las presiones indebidas y cuya honesta administración sea ágil y ceñida a las normas constitucionales y legales.

Y en cuanto a la pobreza y la miseria, lo primero que tenemos que hacer es preguntarnos cuál o cuáles han sido sus causas. Seguramente son varias, pero una de las principales, si no la principal causa, es el modelo de desarrollo adoptado. En esencia, un modelo capitalista de economía de mercado y libre empresa, ausente de monitoreo y control del Estado, cuya meta fue el crecimiento. Se asumía que la mano invisible de la economía resolvería las necesidades de la población, lo cual nunca sucedió.

Es cierto, el país ha venido progresando y modernizando ciertos sectores de su economía pero la riqueza y los ingresos generados se han concentrado, realidad ésta que se ha hecho más crítica a partir de la globalización y del consenso de Washington. Colombia, en Suramérica, constituye el mejor ejemplo de que el crecimiento económico por sí solo no conduce al desarrollo con equidad social.

Durante más de medio siglo creció a tasas económicas positivas, a excepción de un par de años, y sin embargo una gran parte de su población permaneció en la pobreza.

Debemos preguntarnos por consiguiente: ¿Cómo es posible que un país con gran riqueza en recursos naturales, de extenso territorio y de una ubicación geográfica envidiable no haya podido generar las suficientes oportunidades de trabajo productivo para la fuerza laboral existente?

La verdad es que dejamos el desarrollo social en prioridad secundaria, sin tener en cuenta que además de ser el principal cimiento para tener una nación justa y equitativa, constituía el mayor impulsador del crecimiento económico, pues contar con una fuerza laboral educada y saludable, una vez incorporada a la economía formal en trabajos productivos se constituiría en un impulsor a la inversión por su significativo poder de compra. Así nos lo están enseñando países como Corea del Sur y China.

Entonces, como se dice de manera coloquial: nunca es tarde para aprender, y yo agregaría para emprender. Colombia superará su compleja situación actual si tomamos un nuevo rumbo donde el desarrollo social sea la primera prioridad, sin significar con ello que abandonemos temas importantes, entre otros, como el crecimiento económico, la política ambiental, la seguridad interna y externa del país y de sus ciudadanos, y la ubicación del país en el concierto internacional.

El enfoque en materia económica deberá centrarse en hacer un uso inteligente, pleno y eficaz de los recursos disponibles, naturales y humanos con los que contamos. Hay extensas zonas de nuestro territorio inexplotadas que podrán serlo acatando siempre la política de sostenibilidad, y disponemos de una fuerza laboral subutilizada que mediante una estrategia integral de aprovechamiento de ese potencial conduciría a una pronta solución socioeconómica de la población pobre y a la iniciación de un ciclo benéfico para ella y en general para el desarrollo del país. (Ver artículo "El Posconflicto", La Patria, Manizales febrero 29-2004).

Es claro que la concentración de la riqueza, de la tierra y de los beneficios derivados del desarrollo hasta ahora logrado, ha conducido a una sociedad dual. Es decir, hay un sector de la población que goza de un buen nivel de bienestar y otro, como lo hemos indicado, se encuentra en niveles de pobreza y miseria.

La erradicación del dualismo exige necesariamente una mejor distribución de la riqueza, principiando por la tierra. No podemos permitir que el país siga sin beneficiarse del potencial del campo. Como lo señalan diferentes estudios realizados por expertos en el tema contamos con unas 15.000 millones de hectáreas de tierra para la agricultura que no hemos aprovechado, pues de las l9.000 millones aptas para esa actividad solo se cultivan 4.000.( Ver " El papel del agro en el proceso de paz en Colombia", Fundación Konrad Adenauer-Conferencia Episcopal de Colombia-2006).

El aprovechamiento de la tierra en función del bienestar de los campesinos y de los millones de informales a quienes se les abriría un gran número de oportunidades de trabajo formal y productivo tiene una gran barrera en la concentración de la propiedad rural. Concentración que progresivamente crece desde los inicios de la república llegando en los últimos años a la sorprendente cifra según la cual 2313 propietarios de predios de más de 2.000 has poseen el 53,51% del total de la tierra, dato que trae el artículo sobre "Pobreza, estructura de la propiedad y los ingresos" del profesor R. Bonilla del CID incluido en el libro "Políticas Públicas", de la Fundación Ebert, publicado en 2006.

Interesante resultaría conocer la posición de los candidatos a la presidencia acerca de los problemas de nuestra problemática a que hace referencia este artículo.