Obama ingenuo

Oyendo a Barack Obama embelezarse en la retórica queda la duda sobre su sabrá trazar a tiempo la raya donde termina la cháchara.

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julio 31 de 2008 - 05:00 a.m.
2008-07-31

En el frenesí del discurso de Berlín, fértil en metáforas sobre el Muro, Barack Obama hizo un llamado a derribar todos los muros, a inventar unidos un mundo en que quepan todas las diferencias y todas las discrepancias. Sus mensajes, envueltos en denso incienso mediático, pecan de estudiada vaguedad pero lo que se alcanza a entrever produce escalofríos. Los disentimientos con nazis, estalinistas, extremistas islámicos o narcoguerrilleros no los disuelven invitaciones a la concordia. La libertad tumbó el Muro es cierto, pero la libertad armada.

Sí, maravilloso sería un mundo que incluya el acceso sin restricciones a la información y el conocimiento vía Internet; una economía global con mercados libres e intercambio comercial entre las naciones sin interferencia de gobiernos (y sin contratiempos en la Ronda Doha); un planeta de naciones democráticas en las que ningún ciudadano se sienta coartado para manifestarse. Maravilloso sí, pero eso es hoy todavía un cándido ignorar la terca supervivencia de los malos.

Resulta que desde cuando los hominidos comenzaron a abandonar las estepas del África Oriental hace decenas de miles de años, la especie se expandió en núcleos tribales de suma cero. Antagónicos, puesto que la ganancia de una tribu era la pérdida de otra. Llegadas a la etapa de estados nación -casi universal en este siglo- los sistemas políticos y económicos han continuado anclados en esquemas de antaño. Casi solo en la formulación teórica se ha progresado hasta vislumbrar un mundo unido donde predomine el gana-gana hecho posible por la economía de mercado. Fuerzas poderosas encarnadas entre otros por teocracias montaraces y marxistas recalcitrantes se oponen a la universalización de la democracia liberal, mientras dirigentes electos pero de corte todavía tribal malentienden el libre comercio. Falta camino por recorrer.

Parafraseando a Benedetti, es cierto que una mano y otra mano son dos manos y eso es bueno, pero el género humano aún no ha llegado a la etapa de sumarlas voluntariamente todas. Entre la muchas manos limpias aparecen colas peludas de malvados, que no se destierran simplemente con estar unidos. El reloj camina quizá hacia el mundo maravilloso descrito arriba pero no sin contratiempos.

En su afán por distanciarse de Bush, Obama se arrima al diálogo para zanjar diferencias y eso está bien; así se cometen menos equivocaciones. Pero la historia es pródiga en desavenencias insalvables. Cuando las diferencias persisten, los muros se derriban no uniendo manos, sino afrontando la fuerza con la fuerza. Vaya usted a saber donde estaría Colombia de haber continuado los diálogos del Caguán. Los Estados Unidos están lejos de ser monedita de oro. Son, sin embargo, con muchas contradicciones, paraguas militar de la libertad. Oyendo al candidato demócrata embelezarse en la retórica queda la duda sobre si sabrá trazar a tiempo la raya donde termina la cháchara.

Don Sancho Jimeno, castellano del fuerte de San Luis de Bicachica a la entrada de la bahía de Cartagena, no caía en ensoñaciones. Cuando en 1697 curtidos piratas lo bombardearon, no se le ocurrió hacer un vibrante llamado a la unidad de los pueblos para disuadirlos de la agresiva postura. Lamentaba estar tan mal preparado, con fortificaciones a medio terminar y cañones desmontados, que es lo que ocurre cuando se baja la guardia, pero su obligación era defenderse. Desde los bajeles disparaban unos rufianes cuyos valores e intereses eran muy distintos a los suyos.

Don Sancho no quiere que se le malinterprete: en su oportunidad, la palabra blanda, que no ingenua, es, por supuesto, preferible a la fuerza dura.

rsegovia@axesat.com

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