Ojo al Ecuador

Tanta dedicación a Venezuela no debe descuidar la manera como nuestro vecino del sur padece los efectos del conflicto colombiano.

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mayo 21 de 2008 - 05:00 a.m.
2008-05-21

Mientras la atención nacional se concentra en Venezuela -en su histriónico líder, las reuniones del intercambio humanitario, el paso de las Farc y del Eln por Caracas y el futuro del comercio bilateral- una declaración del Ministro de Defensa ecuatoriano ha venido a recordar que, al sur, Colombia tiene un vecino que amerita mucha más atención y cuidado que los que hasta ahora se le han dedicado.

"El Ecuador no limita al norte con Colombia, sino con las Farc y el Eln." La frase del ministro Wellington Sandoval es fuerte, poco diplomática y parece no tener en cuenta que en esa frontera hay apostadas cerca de cinco mil unidades militares colombianas y permanentes operaciones aéreas y fluviales. Pero tampoco se puede negar una realidad inocultable: el hermano país no linda con un vecino normal, sino con uno sacudido en la frontera por un conflicto armado de inmensos costos humanitarios.

La evidencia más prominente son las 250 mil personas, casi todas colombianas, que el Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados (Acnur) considera en la órbita de su agencia. Compatriotas que han cruzado la frontera, en Putumayo y Nariño, huyendo de la violencia. Para una nación de escasos 14 millones de habitantes, este flujo tiene hondas y traumáticas dimensiones.

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Desde el año 2000, unos 50.000 se han registrado como refugiados (la mayoría no lo hace, por temor o desconocimiento) y casi 15.000 han sido reconocidos por el gobierno ecuatoriano. Solo en Lago Agrio, población en el otro lado del río San Miguel, se registran 230 por mes. La seguridad habrá mejorado; el Putumayo habrá pasado de 60 mil a 8 mil hectáreas de coca entre el 2001, cuando empezó el Plan Colombia, y el 2007; parte de los paramilitares se habrá desmovilizado, pero el costo de ese esfuerzo por recuperar la soberanía en la frontera ha sido, en parte, el flujo de refugiados. Y el conflicto es guerra abierta en zonas del Putumayo y Nariño, donde Farc, Eln y nuevos 'paras' hacen de las suyas contra la población.

Este drama es la punta del iceberg del inmenso fenómeno del desplazamiento interno en Colombia. En un reciente informe, Acnur calcula que desde el 2004 ha habido una media de 200 mil desplazados cada año. Parte se convierten en refugiados, al cruzar una frontera internacional. La crisis de refugiados de Colombia en Ecuador es la mayor del hemisferio occidental. Pero llegan también a Panamá y Venezuela, a Costa Rica y otros países. En Colombia, son quizá las víctimas más invisibles. Poco se habla de ellos; no son preocupación prioritaria del gobierno colombiano, y en el país a donde llegan son los parias de los parias. Y no se puede desconocer que Ecuador ha tenido la conducta más consistente con la Convención de 1951 sobre el Estatuto de los Refugiados, al destinar presupuesto y una oficina especial de la Cancillería para atenderlos.

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Pero los refugiados del conflicto no son los únicos colombianos en Ecuador. Cientos de miles de compatriotas han migrado hasta allí en busca de mejor vida. Montan panaderías en Ibarra y tiendas en Santo Domingo; se rebuscan en Quito. Algunos cometen delitos y no pocas mujeres se ven obligadas a prostituirse. Pero, a diferencia de los que se han ido a Estados Unidos y Europa, son muy pobres, que llegan a un país pobre, con todas las tensiones que eso supone.

Y ya no es como antes. El término "hermano colombiano" ha dado paso a una discriminación creciente. Aunque se está lejos de hechos de xenofobia como los protagonizados recientemente contra una joven ecuatoriana en Barcelona, los síntomas están ahí. Y nada los agudiza más que tensiones entre los dos gobiernos como las que han marcado los últimos años.

Cruces de la frontera 'en caliente' por parte de militares colombianos; disputas por la fumigación aérea de coca en la franja limítrofe; acusaciones sobre campamentos de las Farc en suelo ecuatoriano y contrabando de explosivos; cruces masivos de colombianos que decían huir de las fumigaciones y llevaron al límite los recursos de Lago Agrio (octubre) y San Lorenzo (agosto), en ambos extremos de los 590 kilómetros de la raya fronteriza... son apenas algunos de los elementos de tensión en la relación bilateral. Es comprensible que el gobierno colombiano vea con preocupación la movilidad de las Farc a través de la frontera. Pero no es muy realista exigir a este vecino que participe en la lucha contra la guerrilla o culparlo por la porosidad de esos ríos y selvas.

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Lo más honesto y productivo para una buena relación ante tales dificultades es aceptar que el problema se origina en Colombia y no en Ecuador. El conflicto armado, la coca, el narcotráfico, los desplazados que acaban refugiados, son todos de aquí, no de allá. Y el vecino ha tenido hasta ahora una actitud tolerante con migrantes económicos y refugiados. Ha diseñado el llamado Plan Ecuador, para atender las urgentes necesidades de desarrollo en su lado de la frontera, en la que mantiene un pie de fuerza de 7 mil hombres.

En suma, el Ecuador es víctima de los efectos del conflicto armado, y el gobierno colombiano no pierde nada con reconocerlo y traducirlo en una diplomacia acorde. Sin hablar de casi 250 mil compatriotas, por los cuales está todo por hacer.

editorial@eltiempo.com.co

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