El oso del salario mínimo

El tiempo corre en círculos. Durante las próximas semanas, el salario mínimo será un oso que sale de hibernación para acudir al sainete de su ajuste anual. Después de algunos tremores de salón, la bestia volverá a sus sueños. En el sainete faltará la parte amarga: el drama de la calidad de la vida de la gente que carece de activos productivos como fuentes de ingreso.

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noviembre 14 de 2007 - 05:00 a.m.
2007-11-14

Para el Gobierno y el Banco de la República, los banqueros de inversión, inversionistas institucionales, entidades como Fedesarrollo, los gremios y buena parte de los analistas académicos, la regla es fácil: el crecimiento del salario mínimo no debe ser superior a la inflación esperada anual más el crecimiento de la productividad durante este año. La fórmula garantiza que no haya presión salarial sobre la inflación y asegura también que cada cual lleve de la torta lo que le corresponde. Habrá algunos audaces (no en el Gobierno, que no puede darse ese lujo) que propongan un aumento aún menor del salario mínimo, considerando que la tasa de desempleo es muy alta y que la economía colombiana está urgida de ‘competitividad’ internacional. Aún cuando la mayoría de los actores y espectadores no lo perciban, la puesta en escena contiene fuertes elementos de moral pública y de lo que ahora se llama ‘Responsabilidad Social Empresarial’. Por ejemplo: alguien podría llevar a la mesa del Consejo de Salarios la estadística de cuántas personas ‘ocupadas’ según el Dane reciben un ingreso inferior al salario mínimo ‘legal’. El porcentaje es de alrededor del 40 por ciento. Alguien más podría apuntar que en el campo ese número está bien por encima del 50 por ciento. ¿Será sainete, o tragedia? No creo que haya alguien que se atreva a reiterar el planteamiento, que se ha oído mucho en los últimos años, sobre la urgencia de revisar drásticamente la institución misma del salario mínimo, dadas las necesidades del mundo globalizado, etc. Eso se deja para mitad de año. Tampoco puede esperarse que haya una discusión seria sobre la dejadez moral y la inocuidad del Estado: Colombia es el país suramericano donde los empleadores acatan menos el mandato legal del salario mínimo. A la abierta evasión se le añaden las nuevas modalidades de contratación, aceptadas y promovidas por la ley, que han convertido la precariedad del salario en el hecho más extendido y frecuente en las relaciones salariales y laborales. ¿Qué responsabilidad les cabe a los representantes de los trabajadores cuando se sientan a negociar sobre una cosa que se desvanece rápidamente de la realidad social colombiana? Este episodio periódico tiene otro elemento realmente cómico: el cuento de la productividad. No hay manera alguna de calcular cuánto ha crecido la productividad de la economía colombiana en un período determinado. El DNP, institución encargada del tema, dice un par de babosadas y abandona el escenario. Pero en las últimas páginas del guión debe aparecer que el Presidente de la República o algún ministro ofrece ‘dar’ tanto por ciento, a título de aumento de la productividad, para que todos se vayan contentos a sus aguinaldos. La vara de medir la productividad se vuelve elástica y arbitraria. Nadie preguntará, entre tanto, qué deberían hacer los asalariados para lograr una mayor productividad y así lograr un premio salarial más alto. Si esa discusión pudiera darse, la conclusión sería que lo principal de ese proceso no está en manos de los trabajadores, sino de los patronos y de la política pública. En otras palabras, para que una negociación salarial basada en la productividad tenga sentido, se necesita que los trabajadores participen efectivamente en la gestión de las empresas. Ese sí sería un tema relevante para el Consejo de Salarios, en vez del oso del salario mínimo. Consultor privado Colombia es el país suramericano donde los empleadores acatan menos el mandato legal del salario mínimo”.

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