Palabras de Ricardo Ávila, director de Portafolio

Estas fueron las palabras que dirigió al público el director de Portafolio durante la entrega de los Premios Portafolio 2013.

Ricardo Ávila, director de Portafolio.

Diego Caucayo/Portafolio.

Ricardo Ávila, director de Portafolio.

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diciembre 06 de 2013 - 01:30 a.m.
2013-12-06

Es motivo de especial satisfacción para quien les habla darles la más cordial bienvenida a esta nueva edición de Premios Portafolio, en la cual reconoceremos el liderazgo académico y empresarial de un puñado de personas y compañías que con su trabajo abnegado hacen de Colombia un mejor país.

Ejemplos como los que veremos en la noche de hoy, son los que nos permiten mirar con optimismo el futuro de una nación que a pesar de las dificultades conocidas continúa caminando hacia adelante.

De antemano quiero expresarles a los finalistas, y especialmente a los galardonados, mis sinceras felicitaciones, al igual que destacar las 828 postulaciones recibidas en las diversas categorías establecidas. Igualmente deseo agradecerles a los integrantes del jurado su dedicación y compromiso.

Coincide esta ocasión con un feliz aniversario. Han transcurrido 20 años y unos pocos meses desde cuando la iniciativa de darle vida a un periódico concentrado en la economía y los negocios tomó cuerpo.

Corrían por esa época los vientos renovadores de la apertura, cuando tres personas aquí presentes convirtieron en realidad un sueño. Primero, Juan Manuel Santos y Mauricio Rodríguez, quienes en una conversación sucedida en Milán hablaron de la necesidad de llenar un espacio informativo, para un país que empezaba a dejar atrás las ataduras del proteccionismo.

Esa semilla cayó en las hábiles manos de Luis Fernando Santos, sin cuyo empeño este diario sencillamente no existiría. Fueron todos ellos en el ámbito de sus respectivas responsabilidades, y con la colaboración de Silverio Gómez, los que coloquialmente podríamos llamar los padres de la criatura.

Criatura que, por cierto, creció de la mano de Mauricio Rodríguez -en quien reposan tantos méritos- y pronto se hizo mayor de edad, con sus propias opiniones y posturas. Pero los lazos que unen a Portafolio con sus fundadores son imborrables y permanecerán por siempre.

Debido a ello, y como cabeza de un equipo que ha laborado y labora profesionalmente dentro de la más completa independencia de criterio, es de elemental justicia decirles muchas gracias.

 

Apreciados amigos:

Ayer al filo de la media noche llegó a la base aérea de Catam en Bogotá el avión que transportaba al señor Presidente y a su comitiva, tras concluir una visita oficial de tres días a los Estados Unidos. Los encuentros sostenidos tanto en Miami como en Washington confirmaron que ya no somos vistos como parte de los problemas de América Latina, sino como ejemplo de mejoría y motivo de esperanza.

Y es que los avances en seguridad permiten mirar a la distancia a aquel país de finales de 1993 que registró con alivio la caída de Pablo Escobar y tuvo claro desde entonces que nunca el poder de un criminal sería superior al del Estado colombiano. En la medida en que nuestra agenda internacional se ha desnarcotizado, somos vistos como una tierra de oportunidades, en donde aumenta la posibilidad de una paz negociada que le ponga fin a un conflicto interno de más de medio siglo.

En el frente económico, la solidez de nuestra nación ha sido reconocida por los mercados y las agencias calificadoras de riesgo. Hace apenas 36 horas, las principales entidades multilaterales que tienen su sede en la capital estadounidense alabaron los avances hechos en materia de reducción del desempleo, baja de la inflación y tasa de crecimiento, en medio de un contexto global complejo.

Especialmente destacable en los últimos meses es la velocidad que ha venido ganando la locomotora de la infraestructura. Todo indica que, ahora sí, la enorme brecha que nos separa de otras naciones en este campo va a comenzar a cerrarse. Y no me refiero tan sólo a las dobles calzadas, sino a las vías secundarias y terciarias, a la recuperación de los ferrocarriles y a las obras para asegurar la navegabilidad del río Magdalena.

Hecho ese reconocimiento, queda pendiente la ejecución de los trabajos, en lo que constituye un esfuerzo presupuestal sin precedentes. En tal sentido, hay que velar por que las cosas se hagan bien, aprendiendo de los errores del pasado. También se debe procurar que cuellos de botella, como el proceso de consultas a las comunidades amparadas por la Constitución, se puedan solucionar con prontitud.

Este ejemplo sirve para insistir en que es necesario completar la tarea y que lo peor que nos puede pasar como país es considerar que con la inercia de los últimos años basta. Adoptar esa actitud y aplazar la agenda de reformas desconoce una verdad evidente: el viento a favor que impulsó los precios de los productos básicos que exportamos ha perdido vigor.

Sí no somos conscientes de esa realidad, vamos a encontrarnos a la vuelta de la esquina con una baja en los índices de crecimiento, aparte de problemas fiscales y deterioro del mercado laboral. En consecuencia, debemos preservar una base productiva diversificada, al igual que concentrarnos en mejorar la competitividad del país, pues seguimos estancados en este frente, tal como lo confirman los indicadores que elabora el Foro Económico Mundial.

Caer en la autocomplacencia tiene el peligro de dejar para mañana lo que debemos hacer hoy. Por ese motivo, no puedo menos que expresar mi preocupación por la demora en meterle el diente a temas que no son fáciles como una cirugía de fondo a la justicia o al régimen pensional, sin las cuales será imposible construir una sociedad mejor.

Por otra parte, se debe señalar el difícil tránsito que ha tenido la reforma a la salud, que ha despertado la oposición de distintos sectores, a pesar de que busca salvar un sistema que está en quiebra. Resulta increíble entonces que haya quienes por cuenta de defender sus intereses prefieran el statu quo, como el pasajero del Titanic que se quedó en su camarote de primera clase con tal de no abordar el bote salvavidas.

Eso me lleva a señalar lo difícil que se ha vuelto en Colombia sacar adelante ciertas reformas sobre las cuales hay acuerdo en lo abstracto, pero que naufragan cuando llega la hora de adoptar los remedios. Parte de esa responsabilidad le corresponde al Gobierno que debe liderar la discusión, pero que en ocasiones da marcha atrás sin siquiera exponer sus planteamientos en el Congreso, que es el lugar en donde se tienen que debatir las iniciativas, ya sea para aprobarlas o hundirlas.

Lamentablemente, existe una deslegitimación del trabajo parlamentario, que puede dar réditos ante la opinión, pero que nos debilita institucionalmente. En consecuencia, hay que volver a plantear el tema de los baldíos, con el fin de dejar atrás el limbo que ayuda a que el campo no solo sea ese lugar en donde los pollos se pasean crudos, como decía Julio Cortázar, sino que sea el sitio gracias al cual nos deberíamos convertir una potencia alimenticia, pues tenemos tierra fértil y agua en abundancia.

Pero nada de eso será posible si la administración da pasos en falso, como la de pedir el retiro de una iniciativa al otro día de haberla radicado o en el Capitolio. O si menosprecia los orígenes de la protesta campesina, así muchos de sus dirigentes hayan escuchado los cantos de sirena de la política. El costoso esquema de subsidios adoptado es peligroso por la sencilla razón de que fue resultado de un momento de debilidad gubernamental, sin que la política agraria tenga un norte aun definido.

Y qué decir de la educación, tras conocerse el deprimente resultado de las pruebas Pisa. Cuando se sabe que en lo que hace a las matemáticas, de cada mil jóvenes de 15 años apenas tres se encuentran en el tercio superior y 750 están en el más bajo, hay razones para decir que como vamos, no vamos bien.

Hay que preguntarse entonces si nuestra sociedad va a tener el valor de hacer una apuesta por la calidad de la enseñanza. Modificar las cosas requerirá de mucha determinación, para no ceder ante la primera amenaza de huelga, como sucedió con el retiro del proyecto que buscaba mejorar la educación superior.

Hago estas reflexiones ante un Presidente de la República que ha manifestado su voluntad de postularse para un nuevo período y a quien las encuestas muestran como el favorito para triunfar. Convencido como estoy de que los principios del Buen Gobierno siguen vigentes así se olviden a veces, espero que tenga la misma voluntad de reforma en las áreas mencionadas, como ha mostrado un singular empeño en la búsqueda de la paz.

Y a propósito de la negociación con las Farc, hago votos por que las conversaciones en La Habana lleguen a buen puerto, con la tranquilidad que genera el equipo negociador encabezado por Humberto de la Calle. No está de más, por supuesto, recordar que nada está acordado, hasta que todo esté acordado, y en ese sentido no conviene anticiparse a un desenlace.

Dicho lo anterior, si la sensatez prima en la guerrilla, este será apenas el fin del comienzo. Porque no basta con que un grupo –por importante que sea- deponga las armas, si no se hace un esfuerzo continuado para construir un país más equitativo que incluya derrotar a la impunidad y combatir otras formas de crimen como la extorsión o el micro tráfico de drogas.

Finalizo estas palabras con una anécdota que tuvo a bien recordarme Luis Fernando Santos hace poco. Corría septiembre de 1993 y ya todo estaba listo para el lanzamiento del número uno de Portafolio, cuando Mauricio Rodríguez cayó en cuenta de que la fecha de circulación era al otro día de un partido de fútbol muy esperado: el de Colombia contra Argentina en Buenos Aires.

Bajo cualquier escenario, el de un triunfo o una derrota, era evidente que la opinión iba a estar más interesada en hablar del encuentro, que del nacimiento de una nueva publicación, con lo cual la fecha se pospuso una semana. Gracias a esa decisión, más válida todavía tras la euforia que produjo el cinco a cero, Portafolio evitó hacerse un autogol.

En cambio, el 13 del mismo mes empezó a jugar el que solo puedo describir como un equipo ganador, que llevó a este diario a convertirse en líder de su segmento en un tiempo relativamente corto.

Traigo la historia a colación porque tal como en aquel momento, el país estaba sintonizado con la ida al Mundial. Las comparaciones son odiosas, pero sin desconocer los talentos individuales de hace dos décadas, no me cabe duda alguna de que la selección de ahora es mejor por muchas razones, entre las que debo destacar el profesionalismo de sus integrantes y el sentido de conjunto.

El onceno actual es producto de la globalización, pues quienes lo componen juegan en las más diversas latitudes y han demostrado que lo hacen con igual propiedad que quienes consideramos los mejores del mundo.

Falta llegar a la cita de Brasil y puede ser que las cosas no se nos den como en aquel aciago verano de 1994. Pero si perdemos, tendremos la certeza de que no fue por la presencia nefasta de los apostadores o de otros factores aparte de los deportivos. En cambio si superamos lo hecho en el pasado, será por cuenta de la capacidad, el trabajo y el liderazgo del cuerpo técnico.

Eso me lleva a concluir diciendo que este país tiene también cómo ganarle la partida al que parecía ser un oscuro destino. Pero eso se logra dejando atrás la pugnacidad que exhiben nuestros dirigentes, abandonando el afán de protagonismo de los entes de control que sancionan a quien no toca, castigando ejemplarmente a los corruptos y fijando propósitos nacionales, por encima de los partidos.

En fin, haciendo las tareas pendientes y no quedándose en el tablero, sabiendo hacer sustituciones y consiguiendo que cada uno esté en la posición que le corresponde, para que le aporte a todos y no solo a sí mismo.

Cuando ello ocurra, nada será más gratificante como director de este diario, que escribir un titular que diga que Colombia no solo es cabeza de grupo, sino que es un firme aspirante a ganarse una copa a la vuelta de unos años: la de conseguir el progreso verdadero de todos sus habitantes.

Muchas gracias.
 

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