Parábola sobre un magnicidio

En la penumbra ha quedado el crimen vil que segó la vida de uno de los grandes de Colombia: Álvaro Gómez Hurtado ¿Habrá esperanzas de que la minusválida justicia colombiana desentrañe el hecho atroz?.

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enero 21 de 2010 - 05:00 a.m.
2010-01-21

Los magnicidios son el pan de la historia, para hacerse al poder o para permanecer en él. Las más de las veces, la justicia no llega. En la penumbra ha quedado el crimen vil que segó la vida de uno de los grandes de Colombia: Álvaro Gómez Hurtado ¿Habrá esperanzas de que la minusválida justicia colombiana desentrañe el hecho atroz?

Rastrear magnicidios no era el fuerte de Don Sancho Jimeno. Fue desde pequeño, como su padre, fallecido al servicio de España, hombre de armas y como tal llegó a Cartagena designado castellano del recién construido castillo de San Luis en 1671. Allí encontró la fama al enfrentar virilmente a los piratas franceses en 1697. Salvó el honor. Nada más había de qué estar fiero dada la deplorable y aciaga posterior capitulación cartagenera. Flojo en historia, Don Sancho apenas si se acordaba del asesinato de Pedro I de Castilla, mal llamado El Cruel.

El magnicidio corrió por cuenta de su hermanastro, Enrique de Trastámara (Enrique II de Castilla y tatarabuelo de la reina Isabel La Católica), pero para la época de don Sancho, la dinastía reinante había blanqueado el crimen. Si se le venía a la mente era por la popular y apócrifa frase de Beltrán Duguesclín, el secuaz francés de Enrique que colaboró en ultimar a don Pedro (1369): "ni pongo ni quito rey, pero ayudo a mi señor". En cambio, devoto como era, quizá don Sancho tenía más presente el célebre magnicidio de Santo Tomás Becket.

Eran los tiempos de Enrique II Plantagenet, uno de los grandes reyes de la incipiente Inglaterra y soberano de media Francia. Gobernó con su íntimo Tomás como canciller hasta cuando le hizo arzobispo de Canterbury, el primado de la grey inglesa. Ahora el prelado obedecía también al Papa y, más allá de consideraciones terrenales, velaba por la integridad de la Iglesia de Cristo. Pronto se rompieron fuegos entre dos orgullosos por competencias mal definidas entre rey y arzobispo, entre el Estado y la Iglesia, sobre nombramientos canónicos, el alcance de la justicia eclesiástica, el juzgamiento del clero por magistrados reales y el apelar ante Roma. Becket partió al exilio y los agravios, exagerados por las pasiones, subieron de tono. El prelado no daba su brazo a torcer y esgrimía excomuniones.

El rey confiscaba. Se pacta una tregua, pero sin resolver el diferendo. Tomás regresa a Canterbury. Desacuerdos sin zanjar desesperan al rey. Tomás se yergue como el defensor de la fe y de su guardián, la Iglesia. Enrique en un arrebato de rabia pronuncia, dice la historia, una frase sin retorno: "¿por qué no hay quien me libre de este cura mal nacido?". Lo interpretan literalmente. El 29 de diciembre de 1170, cuatro hombres del rey asesinan a Becket frente al altar de su catedral en Canterbury. Surge un santuario instantáneo. Milagros y peregrinaciones consagran el sitio. Tres años más tarde canonizan a Santo Tomás.

Repudiado por el pueblo, Enrique II se libra de la excomunión y quizá de perder su corona, porque el instinto político lo conduce al arrepentimiento público. Descalzo, cubierto de cenizas y flagelado por monjes llega contrito al lugar del suplicio. Ora de rodillas toda una noche frente a las reliquias de su adversario. Sobre lo fundamental de las discrepancias, cede en parte. Después las revueltas de sus hijos y el creciente poder de Francia lo llevaron desdichado a la tumba. Se hizo justicia. ¿Se hará justicia en Colombia?



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