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Los perjuicios del populismo

¿Cómo podía gestionarse tan mal una economía para que necesitase una reforma tan drástica? era la pregunta que se hacía Alan Greenspan al analizar el plan económico adoptado en Brasil en 1994. Así mismo, en un contexto más amplio cuestionaba ¿cómo saltó Latinoamérica de una crisis económica a otra, en los 70, los 80 y los 90? La respuesta era que, con contadas excepciones, esta parte del mundo no había sido capaz de desengancharse del populismo económico que había desarmado en términos figurados a todo un continente en su competencia con el resto del mundo.

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septiembre 11 de 2008 - 05:00 a.m.
2008-09-11

Por demás, extraño le parecía la evidencia de que, a pesar de los resultados económicos inocultablemente malos de las políticas populistas adoptadas por un buen número de gobiernos del área en un momento u otro desde el final de la Segunda Guerra Mundial, la tendencia a recurrir a esa forma de gobierno se mantuviera casi intacta. El caso de Argentina que arrancó el siglo pasado con un PIB per cápita real mayor que el de Alemania y equivalente a casi tres cuartas partes del estadounidense, para finales del período haber caído hasta la mitad o menos del alemán y el de E.U.; y el de México, que descendió desde un tercio a un cuarto del PIB per cápita del país del Tío Sam, mostraban muy a las claras los inconvenientes del sistema. Según Greenspan, el diccionario define ‘populismo’ como una filosofía política que respalda los derechos del pueblo, por lo general en oposición a una elite privilegiada. Y bajo su propia óptica: como la respuesta de una población empobrecida a una sociedad en declive, caracterizada por una elite económica a la que se percibe como opresora. Bajo el populismo económico, los gobiernos acceden a las exigencias del pueblo, sin parar mienten en los derechos individuales o las realidades económicas referentes a cómo se aumenta o, siquiera, se sostiene la riqueza de una nación. Se pasa por alto las consecuencias económicas adversas de las políticas, de forma deliberada o involuntaria. Pero, nos preguntamos nosotros: ¿cuáles son las razones que llevan a que obstinadamente se persista en tan mal remedio para los males del desarrollo? La respuesta es bastante simple; la desigualdad en todas las economías de América Latina se cuenta entre las más altas del mundo, muy por encima de cualquier país industrializado y, lo que llama más la atención, de las economías del este asiático. A sabiendas de que las raíces de la desigualdad de nuestros países se encuentran en lo más profundo de la colonización europea que, desde el siglo XVI al XIX, explotó a los esclavos y las poblaciones indígenas y, porqué no decirlo, por ciertas actuaciones de los E.U., los dirigentes políticos de estas latitudes han sido incapaces de cambiarle el rumbo a la historia y torcerle el cuello a las normas que mantienen el statu quo paralizante. Engolosinados con el discurso fácil que deja claro los problemas que hay que corregir, pero con prescripciones vagas e imprecisas para actuar, han dejado que la miseria absoluta coexista con la prosperidad. El populista económico hace grandes promesas, pero no dice cómo financiarlas. Es frecuente, entonces, que su falta de tino en este frente provoque grandes déficit fiscales y haga imposible tomar prestado del sector privado o de inversionistas extranjeros recursos para financiar los proyectos. El populismo económico se imagina un mundo más sencillo, en el que un marco conceptual se antoja una distracción de la necesidad evidente y acuciante. Sus principios son simples. Si existe paro, el gobierno debe contratar a los desempleados. Si el dinero escasea y las tasas de interés son altas, el gobierno debe fijarles un tope o imprimir más circulante. Así, supuestamente, se resuelven los problemas. ''Si el dinero escasea y las tasas de interés son altas, el Gobierno debe fijarles un tope.WILABR

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