El poeta adolescente

Benedetti era un prosista con cierto mérito, que logró captar la nimiedad existencial de una clase media urbana que se expandía por toda América Latina.

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mayo 21 de 2009 - 05:00 a.m.
2009-05-21

Conocí la obra de Mario Benedetti hace veinticinco años por pura necesidad. En ese entonces no había en la Universidad de los Andes ninguna niña bonita e interesante que no llevara un libro suyo en la mochila. Bonitas a secas había varias, pero no llevaban mochila y mucho menos libros. Interesantes había otras tantas, pero de partituras de Satie no vive el hombre, y menos cuando ronda los veinte años de edad. Las de Benedetti eran las que tenían la combinación fatal.

A esa edad los instintos son tan fuertes que pueden llevarlo a uno a inscribirse en una clase de literatura para conocer más a Benedetti. A las cuatro semanas estaba claro que la profesora era bastante floja, pero ya había material para discutir en la cafetería.

Promediando el semestre la profesora perdió toda credibilidad, cuando dijo que un escritor empieza a escribir un cuento sin tener idea de cómo lo va a terminar, pero ya la curiosidad se había hecho cargo de La Tregu, Gracias por el fuego, Poemas de otros y La casa y el ladrillo. (Lo mejor de ese curso vino varios años después, cuando circuló el rumor de que la profesora se había casado con un agente de la CIA que hacía contraespionaje para el Gobierno ruso. Ese sí es un buen cuento con un final imprevisto.)

A esa edad la ingenuidad era muy grande, pero al menos había destellos de sensatez que le permitían saber a uno que este no puede ser un buen verso: "Compañera, usted sabe que puede contar conmigo, no hasta dos ni hasta diez, sino contar conmigo".
A esa edad el criterio era muy frágil, pero al menos había instantes de lucidez en los que uno concluía que la sutileza es un don bastante escaso: "Tus manos son mi caricia, mis acordes cotidianos; te quiero porque tus manos, trabajan por la justicia".

En esos instantes uno pensaba que había perdido el tiempo en ese curso, pero como las niñas bonitas e interesantes no tenían tantos embelecos, uno terminaba tratando de ganar por puntos llevando el mamotreto de 'Inventario' en su propia mochila. No pasó mucho tiempo para que quedara claro que los libros de Pedro Salinas eran menos aparatosos y mucho mejores, sobre todo si uno aspiraba a ganar algún día por nocaut.

Y pasaron veinticinco años y se fue dibujando el recuerdo de una inocencia distante, atrapada en el rastro evanescente de las niñas lindas y las notas de Satie. Y mientras eso pasaba, se fue consolidando la impresión de que Benedetti era un prosista con cierto mérito, que logró captar la nimiedad existencial de una clase media urbana que se expandía por toda América Latina, pero también se fue instalando la certeza de que era un poeta menor, especialista en la palabra sosa y la rima fácil, y en consignas obvias que rayan en el panfleto.

Y de repente uno se entera de que Benedetti ha muerto, y ve atónito por televisión las filas interminables de gente llorando frente a su féretro, y lee asombrado en la prensa los infinitos elogios a su obra... Y en medio de tanta congoja uno desempolva las cajas y vuelve a leer los libros, y queda perplejo ante la pequeñez de esas frases de esquela adolescente. 

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