Política exterior para lamentar

En lo que a política exterior se refiere, el 2009 será recordado como un año lamentable. La posesión de Barack Obama como presidente de Estados Unidos marcó el ocaso definitivo de la relación ‘especial’ que Álvaro Uribe había construido con su homólogo George W. Bush en torno a la ‘guerra’ contra el narcotráfico y el terrorismo. Durante la campaña electoral, el Gobierno colombiano no supo ocultar su favoritismo hacia John McCain y su aprehensión con Obama. Y después, la condecoración de Uribe con la Medalla Presidencial de la Libertad volvió a ratificar a los ojos demócratas la afinidad del mandatario con los republicanos.

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enero 15 de 2010 - 05:00 a.m.
2010-01-15

La reticencia a entender la nueva realidad política de Washington y a modificar el discurso colombiano de acuerdo con ella se tradujo en gestos y acciones caracterizados más por el desespero que por una estrategia diplomática sopesada e inteligente. El autógrafo de Obama en una servilleta que el presidente Uribe mostró triunfante en la Cumbre de las Américas, en Trinidad y Tobago, como testimonio de que los términos de la relación bilateral se mantenían intactos, fue un acto cándido por no decir patético. Como lo fue también la obstinación en que Uribe realizara una visita de Estado a la Casa Blanca para mostrar que Colombia seguía siendo una prioridad en la política exterior estadounidense. Sólo que ésta no salió como se esperaba, en especial porque Obama además de crítico de la situación de derechos humanos en el país, se opuso diplomáticamente a la reelección. Oposición que al final del 2009 tanto la secretaria de Estado, Hillary Clinton, como el embajador Brownfield hicieron más explícita. La obsesión con preservar un estatus privilegiado, cuya mayor expresión fue la negociación del uso estadounidense de siete bases militares en Colombia, agudizó el aislamiento del país del resto de Suramérica. Por más que el Gobierno diera indicios a lo largo del año de querer mejorar sus relaciones con la vecindad, no supo comunicar a tiempo ni de forma transparente el contenido del acuerdo ni midió su impacto en la región. En el caso más crítico, el de Venezuela, las relaciones comerciales se desplomaron y los dos países entraron a un alarmante escenario prebélico. Pero aún en otros, como el de Brasil, el acercamiento que se venía gestionando con el Gobierno de Lula se diluyó ante la desconfianza producida por el tema. En momentos en que el Plan Colombia arrojara un balance entre ambiguo y negativo en cuanto a la reducción de la producción y tráfico de drogas ilícitas, y distintos países (incluyendo Estados Unidos), organismos internacionales y grupos de expertos discutieran la necesidad de adoptar políticas distintas para combatir el narcotráfico, Colombia se volvió uno de los mayores voceros del prohibicionismo. Con lo cual la posibilidad de incidir productivamente en un debate mundial crucial para los intereses nacionales se redujo. Por su parte, frente a la “historia de éxito” de la política de Seguridad Democrática, que ha sido la carta de presentación del Gobierno Uribe, múltiples escándalos internos - los ‘falsos positivos’, las chuzadas del DAS, el referendo reeleccionista, entre otros-, junto con dudosos logros en materia de derechos humanos, comenzaron a hacer mella en su imagen internacional. Ésto, con efectos variables desde la pérdida de confianza hasta la no ratificación de tratados de libre comercio, como ocurrió en el caso de Estados Unidos y Canadá. El estado terminal de la política exterior es uno de los problemas principales que enfrenta Colombia en la actualidad. La compleja coyuntura exige una estrategia internacional audaz, pero como nunca el país carece de un horizonte claro hacia el cual proyectarse. En consecuencia, reconfigurar el mapa de relaciones con el mundo debe ser una prioridad para el 2010. Dado que la opinión de los colombianos sobre los temas internacionales suele ser poco calificada, y refleja generalmente el discurso oficial, el debate sobre política exterior no genera grandes dividendos políticos. A pesar de ello, durante el periodo electoral que se avecina, el escrutinio público sobre los aciertos y falencias diplomáticas del actual Gobierno constituye un tema ineludible. En relación con Estados Unidos, Colombia está más dependiente que nunca, sin que su cercanía se haya traducido en réditos plenos. Para la muestra, uno de los objetivos centrales del Gobierno -el TLC- no se ha materializado. Aunque la administración de Obama intenta distanciarse de las políticas y los ‘amigos’ de su antecesor, entre ellos el presidente Uribe, y el Congreso pide cambios de fondo en la relación bilateral, Colombia sigue siendo un aliado importante en términos de algunos de los intereses estratégicos estadounidenses en la región, entre ellos drogas, terrorismo y comercio. Saber administrar esta doble condición es indispensable. En cuanto a los países vecinos, hasta que el Gobierno colombiano deje de utilizar la política de Seguridad Democrática, en particular su componente antiterrorista, como motor central de la política exterior y aprenda a distinguir entre sus intereses en América Latina y los de Estados Unidos, la soledad de Colombia seguirá profundizándose. Lo anterior supone superar el falso dilema entre mantener una relación estrecha con Washington y cultivar una mayor y mejor interacción con los socios naturales del país en la región. Reconstruir la arquitectura diplomática nacional constituye un reto igualmente importante. El manejo personalista de parte del Presidente de la República de las relaciones externas de Colombia ha repercutido en su desinstitucionalización y debilitamiento. El uso sistemático de cargos diplomáticos para pagar favores políticos ha exacerbado esta situación, empeorando de paso la calidad de la diplomacia. Y el ascenso del Ministerio de Defensa como protagonista de la política exterior le ha impreso un sesgo militar indeseable que la Cancillería, infructuosamente, ha intentado matizar. El informe de la Misión de Política Exterior -convocada por el canciller Jaime Bermúdez el año pasado- que será presentado próximamente a la opinión pública, debe servir de insumo para debatir sobre los dilemas planteados. Dado que sus recomendaciones, en especial si son críticas, difícilmente harán eco con el actual Gobierno -mucho menos en caso de un tercer mandato-, su valor potencial radica en el uso que distintos sectores de la sociedad, entre ellos la academia y los medios de comunicación, haga de sus contenidos. HERJOS

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