Los presidentes mexicanos

No resulta exagerado afirmar que la historia de México, a partir de 1910, ha sido la suma de las biografías de sus presidentes: tanto por sus marcados estilos de gobierno como por su manera de imponer a sus sucesores cada seis años mediante el famoso ‘dedazo’. La revolución se encargó de echar las bases de un sistema político que durante muchos lustros ganó la admiración de casi todo occidente y llegó a conformar una ‘dictadura perfecta’, tal como la definiera Mario Vargas Llosa.

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agosto 28 de 2006 - 05:00 a.m.
2006-08-28

Un concepto del Estado que alcanzó su cénit en los años sesenta antes de comenzar, en 1968, su derrumbe con el genocidio de los estudiantes en Tlatelolco. De ese momento en adelante pasó a ser víctima de su propio invento ya que no era posible perpetuarse dentro de una sociedad con más de noventa millones de habitantes, en la práctica con un partido único y una economía cerrada en medio de un mundo globalizado. Por eso se vino abajo su habilísimo doble juego: dictadura partidista interna y diplomacia izquierdista hacia fuera. Ante el peligroso paréntesis electoral que está amenazando la institucionalidad mexicana vale la pena detenerse en el libro La Presidencia Imperial de Enrique Krauze: sin duda, uno de los más lúcidos intérpretes de su historia después de Daniel Cosio Villegas, Octavio Paz y Alfonso Reyes. Una obra que facilita la comprensión de la situación postelectoral actual, la cual debe resolverse aceptando el fallo que determine el organismo electoral legítimamente constituido. Instancia inapelable que debe conducir a una solución transparente que permita a la patria de Juárez reinventarse más allá de los cambios cosméticos intentados hasta hoy. De la mano de Krauze, la huella de cada uno de los presidentes de la llamada revolución mexicana se podría resumir en dos palabras. Así: nació con Plutarco Elías Calles. Se corporativizó con Lázaro Cárdenas (1934-40). Se administró, con criterio de ‘contador’ con Ruiz Cortinez, de ‘relacionista público’ con López Mateus y con el ‘abogado del orden’ Gustavo Díaz Ordaz. En esta última etapa no pocos hablaban del ‘milagro mexicano’ mientras con el emblema de la ‘paloma de la paz’ la nación realizaba los Juegos Olímpicos de 1968 con las banderas enlutadas por el asesinato de los estudiantes. De aquí en adelante la historia mexicana -repito, a través de sus presidentes- es apasionante. Luis Echeverría con lo poco que quedaba de ‘revolución’ se propuso subir al ‘carro de la revolución’ a los sectores agraviados del movimiento estudiantil. Trató de ser un ‘nuevo Cárdenas’ que regresaba a los orígenes nacionalistas, campesinos y justicieros para terminar en un experimento populista que destruyó los cimientos del ‘desarrollo estabilizador’ inspirado por Antonio Ortiz Mena. Lo sucedió José López Portillo a quien le importó más su ‘gloria’ que el mismo poder: basta recordar que como Santa Ana mandó a erigir una estatua ecuestre de sí mismo y, entre otras extravagancias, en 1980 no dudó en invitar en el Kennedy Center a todos los embajadores acreditados ante la Casa Blanca a que soportásemos un concierto de piano de su señora esposa. Miguel de la Madrid, a su turno, tuvo aliento para urgir, aunque sin éxito, una renovación urgente de su partido consciente de que necesitaba cambiar sus estructuras, atraer a la clase media y diseñar una ‘izquierda moderna’. Luego vinieron: el ‘hombre que quería ser rey’, Carlos Salinas de Gortari; el asesinato de Luis Donaldo Colosio, candidato presidencial del PRI; el levantamiento de Chiapas, bajo el liderazgo del subcomandante Marcos; Ernesto Zedillo y Vicente Fox que bien merecen un comentario aparte. Ex ministro delegatario y ex embajador en E.U. "La historia de México, a partir de 1910, ha sido la suma de las biografías de sus presidentes”.

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