Primer festival de la lana en Cucunubá se convirtió en muestra cultural para la región

Fundación Compartir, Gobernación y Alcaldía alistan segunda edición de 'Festilana' debido al éxito de la primera versión.

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noviembre 13 de 2008 - 05:00 a.m.
2008-11-13

Hermosas calles empedradas y casas coloniales que nada tienen que envidiarles a lugares como Barichara en Santander o Villa de Leiva en Boyacá. 

El clima acogedor que no llega al extremo del frío ni del calor, y que permite sentir la calidez, amabilidad y hospitalidad que caracterizan al campesino de Cucunubá.

Un municipio ubicado a 106 kilómetros de la capital, donde el amor por los animales, el campo y sus tradiciones brotan de lo más profundo de sus entrañas; logrado inquietar los ojos de algunos especialistas en moda colombiana que empiezan a mezclar el modernismo de sus diseños, con las técnicas tejedoras y los bordados de los artesanos de la región.

Como si se tratará del mismísimo Círculo de la Moda en Bogotá o Cali Exposhow; modelos, diseñadores de talla internacional y reconocidos personajes de la farándula nacional, se dieron cita el pasado 8 de noviembre en 'Festilana', el primer festival de la lana, que se llevó a cabo en el parque principal del municipio de Cucunubá (Cundinamarca).

El evento nació con un solo propósito, rescatar la tradición tejedora de este hermoso municipio y lograr que los cundinamarqueses dirijan la mirada, a este potencial destino turístico del departamento.  

La celebración empezó desde muy temprano y contó con la presencia de gran parte del gabinete departamental, incluido por supuesto, el gobernador, Andrés González Díaz. Para iniciar la jornada la delegación visitó la 'Posada de Don Pedro' (el hotel más tradicional del pueblo), luego dieron un vistazo a la muestra artesanal que bordeaba el parque principal preparada para deleite de los visitantes, en la que uno que otro no dejó pasar por alto la tentación y decidió comprar algunas 'chucherías'.

Entre tanto, la lluvia amenazaba con aguar la fiesta y el sol, por su parte, se resistía a ocultarse. Finalmente, el cielo se despejó y se dio inicio oficial a la celebración.

Los últimos serán los primeros 

En Cucunubá se realiza tradicionalmente una competencia de esquiladores e hilanderas desde hace aproximadamente 10 años, o por lo menos, así lo recuerdan sus pobladores que año tras año y entre los meses de septiembre y diciembre organizan este festejo.

La tarima estaba lista y ubicada en el atrio de la iglesia donde más de 15 campesinos de la región, llegaron con su oveja preferida dispuestos a llevarse el primer lugar en la esquilada. Aunque este es un oficio liderado por hombres, las mujeres sacaron su 'perrenque' y dejaron ver su destreza.

Sus rostros reflejaban ansiedad y tras la señal de partida empezó una especie de lucha entre esquilador y oveja, él por atarla de patas y manos y ella, por instinto claro está, a no permitir que lo hiciera, como presintiendo el frío futuro que le esperaba sin su caluroso abrigo.

El tiempo pasaba y 10 minutos más tarde, Ángel María Rodríguez, un campesino de 43 años fue el primero en terminar. Todo el pueblo lo daba como ganador, pero el veredicto final del jurado sorprendió al público, el nombre de la vencedora era Blanca Stella Pérez de Pérez.

Una blanca paloma 

Su día empezó muy temprano, se levantó a las 4 de la madrugada a tejer un sombrero blanco decorado con una cinta en lentejuelas negras que luciría para la competencia y que terminó de bordar a las 6:30 de la mañana.

Sus manos ya no responden como antes y los dolores son muy fuertes a causa de una artritis que la aqueja, pero su decisión está tomada y seguirá esquilando, hilando y bordando hasta que Dios y la vida se lo permitan, pues no concibe la vida sin la lana.

Hay un dicho popular que dice, "no llega primero el que reme más rápido sino el que reme mejor" y éste se convirtió en casi un vaticinio para doña Blanca, una humilde campesina que aprendió el oficio desde los 10 años. No fue la primera en terminar, pero sí fue la ganadora.

El jurado calificador tuvo en cuenta la precisión en el corte de la lana, que el vellón o la pieza saliera completa de la oveja y, finalmente, que el animal no saliera lastimado por un corte de la tijera.

Paloma, es el nombre de la oveja, la feliz ganadora de la competencia, que con sus escasos 15 meses de edad, se pavoneó una y otra vez por la tarima, mientras su fiel compañera saltaba de felicidad y abrazaba a su esposo, sus hijos y sus nietos.
La historia de esta mujer es sorprendente y bien podría llenar páginas enteras de anécdotas de las que su familia con seguridad ha sido testigo.

Blanca Stella es un ser que devora el mundo con esa enorme fuerza para vencer su enfermedad, una proactividad que la caracteriza y que la ha llevado a tomar innumerables cursos de capacitación artesanal y de microempresas.

El deseo de progresar que la impulsa a retomar sus estudios de primaria gracias a un subsidio que el gobierno le otorgó, tantas y tantas cobijas, camisas y patines que con sus propias manos bordó para sus hijos y que seguramente, han pasado de generación en generación y el amor que siente y demuestra por su familia son una clara muestra de su tesón.

Ella hace parte de un importante puñado de mujeres que tiene como reto recuperar la tradición artesanal de su pueblo, ya que como producto de la globalización, esta, se ha perdido para las nuevas generaciones.

Su reinado terminó ese mismo día, pero el próximo año regresará Blanca con su 'Paloma' a defender su título de honor.  

Lo que se hace con las manos, se hace con amor

Las abuelas del pueblo cuentan de manera muy didáctica la forma como se procesa el vellón, una vez es retirado de la oveja, después de la esquilada se deja la lana en remojo con agua tibia y se lava con mucho cuidado, se pone a secar al sol, se retiran los restos de suciedad que quedan y finalmente, se estira con mucho cuidado y se arma la madeja o 'vana' como ellas mismas le llaman.

En esta materia las ancianas del pueblo son expertas y esto quedó demostrado en el concurso de hilanderas con el merecido triunfo de Blanca Inés Contreras Guayanbuco, una tierna abuelita de 64 años que vive en Cucunubá desde hace 45 y se dedica a este oficio desde que tenía 7, cuando doña Consolación, su abuela se lo enseñó.

Por Gloria Patricia López Ruíz
 

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