El problema del cultivo de coca en Perú

“Coca o muerte: Coca es vida para el campesino. Muerte es no tenerla, es más pobreza”, afirma a Efe Ignacio Martín, uno de los miles de campesinos del peruano Valle del Monzón que protesta contra la política del presidente peruano, Alan García, de erradicar los cultivos de hoja de coca ante la evidencia de que la mayor parte de la producción va a parar al narcotráfico.

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abril 28 de 2007 - 05:00 a.m.
2007-04-28

Los cultivadores de hoja de coca que protagonizan desde el 16 de abril un paro indefinido en Perú provienen del recóndito Valle del Monzón, una zona situada a más de 15 horas en vehículo desde la ciudad de Lima por carreteras de tierra expuestas a la inclemencia de las lluvias y los aludes. Los cocaleros peruanos defienden que la hoja de este arbusto -al igual que en Bolivia, Ecuador y Argentina- tiene un uso tradicional y es un sustento para sus familias, que viven en pequeñas casas de madera o ladrillo deterioradas y en muchos casos, sin acceso a agua potable ni a una adecuada educación o atención médica. El paisaje del Valle del Monzón está dominado por innumerables montañas, cuyas laderas están pobladas por plantaciones de coca y en sus faldas, cultivos de cacao, carambola, yuca, café o helechos, así como pequeños arbustos verdosos. COCA, OFERTA Y DEMANDA Ajenos a la belleza del valle del Monzón situado en las estribaciones de la selva peruana, niños y madres con sus bebés al hombro, junto a otros jornaleros, se entregan a sus faenas diarias de siembra y cosecha, según sea el tiempo, a cambio de seis soles (menos de dos dólares) diarios. Estas monedas les sirven para poder alimentarse con un plato al día de fideos con pescado en conserva o ‘sopa verde’, que es elaborada con patatas, perejil, cilantro y hierba buena. No todos los habitantes del Monzón son propietarios de parcelas, algunos de ellos también se dedican a pequeños comercios y tareas, pero es la hoja de coca, de la que viven más de 60.000 familias en Perú, la que les reporta el mayor ingreso en sus economías de unos 300 soles por mes (menos de 100 dólares). Los campesinos cocaleros ganan por cada arroba (11,5 kilos) de hoja de coca unos 40 soles (unos 12 dólares), mientras que en el mercado ilegal, que se destina al consumo en las minas, les dan 100 soles (30 dólares). Pero son los narcotraficantes quienes ofrecen el mejor negocio: unos 65 soles (20 dólares) por las hojas de coca quemadas, lo que representa un ingreso significativo contando con que esa mercancía no es de la mejor calidad, relató uno de los campesinos del Monzón. Los campesinos lamentan que la venta de hoja de coca haya bajado, debido a que sus tierras no son tan productivas como antes en consecuencia de lo que llaman la ‘seca seca’ (hongo fussarium oxisporum), que atribuyen a la lucha antidroga y que de acuerdo a ellos, afecta al resto de sus cultivos de pan llevar. El secretario general del Comité de Lucha del Monzón, Abraham Montenegro, asegura, en entrevista con Efe, que sus tierras están malogradas desde que en la década pasada, que coincidió con el régimen de Alberto Fujimori, se realizaran fumigaciones aéreas con potentes herbicidas como parte de la lucha antidrogas. A esto se suma la supuesta manipulación del fussarium oxisporum en una universidad peruana, que después se esparció en 1996 con el fin de acabar con las plantaciones, según el dirigente. Pero estas versiones fueron negadas en un informe del estatal Consejo Nacional para el Desarrollo y Vida sin Drogas (DEVIDA) hecho público en 2004. Para ellos, el problema del narcotráfico en Perú, donde ya operan -según las autoridades- mafias de México y Colombia, no es suyo, sino de la policía, insiste a Efe, el presidente de la Central Nacional Agropecuaria del Perú (CENACOP), Eduardo Ticerán. Además, este dirigente considerado como el representante del sector más radical de los cocaleros, reconoce que ellos venden la hoja de coca a los narcotraficantes, al negar rotundamente la existencia de pozas para procesar la droga en el Valle del Monzón. Pero el Gobierno asegura que en la selva central peruana, a la que pertenece este valle, operan los narcotraficantes, en alianza con los hombres del camarada ‘Artemio’, líder de Sendero Luminoso. LOS CAMPESINOS NO DEJAN DE PROTESTAR HUELGA. Mientras la administración del presidente Alan García se niega a dialogar con los campesinos cocaleros para hallar una solución a las protestas y se inclina por una lucha más frontal y de “tolerancia cero” contra el narcotráfico, el descontento entre los campesinos aumenta. Ellos, que han prometido radicalizar su paro indefinido, se van desplazando lentamente desde la ciudad de Tingo María a la de Huánuco y están dispuestos a llegar hasta la propia capital peruana para hacer oír sus demandas. “Hemos perdido el miedo...no tenemos nada que perder”, dicen a coro, al prever una eventual represión policial. Sustituir los cultivos no es rentable El Gobierno peruano se aferra a la propuesta de sustitución de los cultivos de hoja de coca con los de café, palma, palmito, entre otros, como una de las soluciones al problema de la extrema pobreza y subdesarrollo en la que viven los campesinos. Pero, los cocaleros, temerosos de que se militarice el Monzón, aseguran que los programas de sustitución de sus cultivos que se aplican en Perú son un fracaso, por considerar que son poco rentables y además, acusan al Gobierno de aprovecharse de los fondos provenientes de la cooperación internacional para la lucha contra el narcotráfico, en donde Estados Unidos es uno de los principales donantes. “El tema eje es que frente a un producto como la coca, se plantean una serie de actividades agrícolas que no tienen mercados tanto interno como externo”, sostuvo el experto en desarrollo rural en zonas cocaleras de Perú, Hugo Cabieses. El analista subraya que las plantaciones de estos productos alternativos erosionan los suelos y depredan el medio ambiente y por ello instó a que se realice una evaluación del programa desarrollo alternativo, al considerar que ése “ha llegado a muy poca gente”. La tensión entre gobierno y campesinos continúa.

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