El problema del déficit externo

La economía colombiana ha mantenido, durante lustros, un déficit externo corriente; con frecuencia, este ha llegado a ser peligroso para la estabilidad cambiaria.

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mayo 21 de 2008 - 05:00 a.m.
2008-05-21

En 1992, tuvimos un pequeño superávit, de menos del 2 por ciento del Producto Interno Bruto, en medio del estrépito de la llamada apertura y de la reacción inicial de los importadores, de esperar las ulteriores reducciones de tarifas arancelarias anunciadas por el Gobierno. Pero durante los años siguientes, en un ambiente de gran expansión del crédito interno, bajas tasas reales de interés, revaluación acelerada del peso colombiano y gran crecimiento del gasto público, la cuenta corriente se hundió en un déficit continuo que llegó a ser casi el 6 por ciento del PIB en 1997, con un promedio de cerca de 5 por ciento entre 1992 y 1998. Vino la recesión entre siglos, incluyendo la caída de 4,5 por ciento del ingreso nacional en 1999; esta produjo un pequeño superávit entre finales de 1999 y mediados de 2001. Desde entonces, las cifras en este campo han sido todas negativas; 2007 registró el déficit corriente más alto de la década, del 4 por ciento del PIB. Son, pues, casi dos décadas de historia de las cuentas externas. Es una tautología útil: si la demanda interna crece más rápido que la producción de bienes y servicios (PIB), esa diferencia se refleja en un déficit en el balance externo corriente, el cual debe ser financiado de alguna manera. Por tanto, para explicar lo que ocurre con esas cuentas no basta decir que el ‘fortalecimiento’ del peso es la causa fundamental del saldo negativo de la balanza de pagos. Hay que buscar dicha causa en el exceso de demanda, para lo cual es necesario observar las cifras fiscales. Entre el déficit público, el exceso de demanda, la tasa de cambio y la balanza externa hay una estrecha relación. Un déficit corriente prácticamente continuo durante más de tres lustros, y su financiación, es un problema para las autoridades monetarias/cambiarias, y para los interesados en que la estructura de la economía produzca buenos resultados sociales en términos de buenos empleos e ingresos. Tradicionalmente, las voces oficiales alivian a los interesados con un argumento que exige revisión: los funcionarios del Gobierno dicen que el saldo externo corriente negativo está ‘bien financiado’ mediante flujos importantes de inversión extranjera directa. Esa es la tradición desde la década pasada. Ello es aritméticamente exacto, pero el cuento es más largo; los principales rubros de inversión extranjera van a petróleo, minería, industrias extractivas en general. Claro que tener riqueza en el subsuelo es una buena noticia; pero su extracción y exportación no genera mucho empleo en la cadena productiva. Para que los ingresos por regalías o dividendos les lleguen a la gente, hay que pasar primero por el gasto público, lo que suele ser como agua entre los dedos. Por otra parte, es insensato cerrar los ojos ante una sospecha que no se puede constatar por falta de información, porque el Banco de la República, que organiza esas estadísticas, se ha negado siempre a publicar las identidades de empresas o personas que se registran como portadores de inversión extranjera. Me refiero a los capitales que entran como inversión extranjera y se pierden rápidamente en los vericuetos de la economía interna para comprar bienes raíces o títulos financieros. Algo habrá allí de capitales repatriados de buen origen, pero apuesto que el grueso de los capitales disfrazados de inversión tienen origen en la economía criminal. El destino de la inversión extranjera auténtica, la posible importancia de la que tiene muy dudosa autenticidad, y la volatilidad que esta puede tener en ciertas circunstancias, le da muchos factores de riesgo e inestabilidad a esta forma de ‘financiar’ el déficit corriente. '' Para que los ingresos por regalías o dividendos les lleguen a la gente, hay que pasar primero por el gasto público, lo que suele ser como agua entre los dedos.WILABR

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