El Puente del Común

Hace unos días recorrí el norte de la Sabana de Bogotá. El invierno ha inundado miles de hectáreas, pero el agua no ha podido con el Puente del Común, una obra varias veces centenaria.

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diciembre 07 de 2011 - 05:00 a.m.
2011-12-07

El Puente del Común fue inaugurado en 1796 y construido por el ingeniero español teniente coronel Domingo Esquiaqui, durante la administración del virrey Espeleta siendo rey Carlos IV. Este puente, que se alza siete metros sobre el antiguo río Funza, hoy Bogotá, tiene cinco hermosos arcos y es la muestra evidente de que el progreso es un concepto relativo. Hemos sido educados en una falsa idea de que los tiempos modernos son mejores. Vivimos más años, somos más altos, corremos más rápido y viajamos sin dificultad. Estamos convencidos de que la ciencia y la tecnología resolverá todos los problemas. Confiamos ciegamente en la razón y nos falta mucha humildad. Por eso el testimonio silencioso de esta obra de ingeniería es una verdadera lección para nuestros engreídos ingenieros y planificadores. Las obras de nuestros pomposos constructores modernos son frágiles, requieren costosos mantenimientos y, al poco tiempo, parecen desgastadas y obsoletas. En cambio las murallas de Cartagena, construidas por orden de Felipe II, sólo han sido destruidas por los depredadores modernos. Y lo mismo diríamos de las catedrales y tantas otras construcciones admirables o maravillas de infraestructura colonial como el Canal del Dique. Esto también sucede en otras latitudes. En la Plaza del Museo del Louvre se construyó en época de François Mitterrand una pirámide de vidrio. El Palacio del Louvre, donde vivían los reyes antes de trasladarse a Versalles, es imponente y está intacto. La pirámide tiene los vidrios sucios, requiere mantenimiento permanente y los técnicos no le auguran una vida larga. Algo similar a lo que acontece con el célebre Centro Georges Pompidou, inaugurado en 1976, y que amenazada ruina por la corrosión. Si el coronel Esquiaqui viniera a la Colombia de hoy y viera el caos de la Avenida 26, el retraso de la carretera Bogotá-Fusagasugá- Girardot, los constantes derrumbes, las calles inundadas, los huecos en el pavimento, los puentes con absurdos resaltos y sin orejas, los retornos por los carriles de alta velocidad y tantas otras chambonadas de nuestros ingenieros se preguntaría si realmente el progreso existe. Podría, con razón, sentirse orgulloso de la planeación de la vieja Bogotá que contrasta con el horror del barrio Cedritos. Vería que las casas de La Candelaria son frías, pero mucho mejor diseñadas que los infames apartamentos de los programas de Vivienda de Interés Social. Con sorpresa observaría que la Calle Real (hoy Carrera Séptima) tiene más o menos el mismo ancho que en época de los virreyes y que esta vía en el norte sigue siendo la estrecha carretera que tomaban los carruajes coloniales para llegar hasta el Puente del Común. Fui criado en el mito de que los ingenieros colombianos eran muy buenos. La verdad es que con el tiempo me he dado cuenta de que son pésimos y que sus obras adolecen de la planeación y calidad con la que construían los ingenieros españoles de la Colonia. Profesor del Cesa representante@miguelgomez martinez.comHELGON

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