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La recuperación, tras la crisis bancaria

Respuesta a la columna del doctor Héctor José Cadena Clavijo Respetado doctor:

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mayo 03 de 2006 - 05:00 a.m.
2006-05-03

El lunes, en PORTAFOLIO, leí un artículo suyo titulado “Granahorrar y Megabanco” en el cual presenta su versión sobre el manejo de la crisis financiera de 1998-2001. Usted argumenta que, como director de Fogafín en 2001-2002, corrigió políticas anteriores erradas que hubieran llevado al fracaso irremediable de otros bancos. Usted define y atribuye su éxito a que flexibilizó el acceso a las líneas de Fogafín. De paso también critica los mecanismos anteriores a su Dirección, los cuales describe como modelos ‘mexicano’ o ‘argentino’. Como dirigí Fogafín antes que usted (1999-2000), en lo álgido de la crisis y creé las soluciones que usted tan olímpicamente etiqueta y critica, leí con cuidado sus afirmaciones. Su artículo me hizo pasar por sensaciones que resumo en tres palabras: sorpresa, hilaridad, y finalmente, tolerancia. Paso a explicarme. Usted parece no percatarse que pudo darse el lujo de ser más flexible en el 2001, porque previamente reconstruimos a Fogafín, arbitramos recursos ingentes para sanear la banca, reestructuramos a todos los bancos públicos y cooperativos, a una decena de bancos privados y liquidamos otros tantos públicos y privados, creamos un colector de activos improductivos de la banca pública (Cisa), y ejecutamos otras tareas complementarias que sería extenso detallar aquí. Y que no fueron ni argentinas ni mexicanas en su corte como afirma usted de manera simplista. Igualmente importantes fueron los incentivos para que los dueños de bancos privados recapitalizaran ellos mismos a sus entidades, los cuales funcionaron tal como el Gobierno lo había previsto. En efecto, por una parte, la Superintendencia Bancaria, cada día más estricta y efectiva, demostró que para evitar riesgos sistémicos estaba dispuesta a intervenir a aquéllos que no sanearan sus balances. Por otra parte, las condiciones de acceso a los auxilios de Fogafín se calibraron para motivar que los bancos privados que podían hacerlo prefirieran sanearse con recursos privados. Los apoyos de Fogafín eran un recurso de última instancia, a los cuales sólo se accedía después de un sinceramiento contable y saneamiento profundos. Por supuesto, la entidad apoyada quedaba bajo un seguimiento y control riguroso de su desempeño. Tal austeridad en el manejo de Fogafín era primordial en la profunda crisis económica y social que vivíamos. El costo de oportunidad de asignar recursos públicos a la banca -y no alivios sociales- era máximo. Con la crisis en pleno desarrollo, era también de elemental prudencia guardar reservas en Fogafín para posibles catástrofes. Hubo otras consideraciones que me tomaría largo tiempo explicarle. Como resultado de lo anterior, para las fechas de su llegada a Fogafín, el salvamento de toda la banca pública y cooperativa, y de una parte importante de la banca privada, ya estaba en piloto automático. Se había promulgado una nueva ley de vivienda y Cisa operaba eficientemente. Los bancos insalvables - públicos y privados - estaban en liquidación o desmonte y Fogafín era una entidad renovada: sólida financieramente, con amplios recursos y capacidad técnica para cumplir sus funciones, situación muy diferente a la del principio de la crisis. En otras palabras, la guerra estaba ganada. Bastaba continuar con las soluciones en curso -todas ellas de diseño autóctono, no de otras latitudes- para complementar una tarea que ha dado resultados excepcionales cuando se compara con cualquier crisis bancaria doméstica o internacional. Como evidencia, aportó el desempeño posterior del sistema financiero, las recuperaciones extraordinarias (las ventas y valorizaciones excederán lo invertido por el Estado y los bancos privados, caso insólito en los anales de crisis bancarias) y las lecciones y disciplina que nos dejó la crisis. La más importante: en casos como el BCH y la Caja Agraria, es imperativo actuar rápidamente para evitar mayor destrucción de valor. Por eso me asombra su ligera afirmación sobre la conveniencia de rescatar todas las entidades. De su gestión en Fogafín rescato un solo cambio fundamental que usted reclama con orgullo: hacer más laxas para la banca hipotecaria las condiciones de acceso y los términos financieros de las líneas de Fogafín. Como dichos bancos eran propiedad de accionistas con acceso a recursos privados, ese es un honor que le cedo gustosamente. Como puede apreciar, doctor Cadena, no comparto su interpretación de la historia. Si llegare a estar en desacuerdo lo invito a que contrastemos nuestros respectivos argumentos ante un tribunal integrado por los jurados idóneos: los ministros de Hacienda, el Gerente General del Banco de la República y los Superintendentes Bancarios y de Valores que integraron la Junta Directiva de Fogafín en 1999-2002. Mientras tanto, y ya superada mi sorpresa e hilaridad ante su artículo, le aconsejo amablemente que no deje que sus angustias guíen su reinterpretación de la historia. Creo que no le hace bien ni al país, ni a Fogafín, ni a usted mismo. Jorge Castellanos Rueda LOS EJEMPLOSEn casos como el BCH y la Caja Agraria, es imperativo actuar rápidamente para evitar mayor destrucción de valor.

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