Recuperándose de las ruinas

Recuperándose de las ruinas

POR:
enero 22 de 2010 - 05:00 a.m.
2010-01-22

Desde el inicio, muchos observadores enfatizaron los costos sociales y medioambientales de esta calamidad. El mal manejo de la evacuación de residentes afroamericanos pobres de Nueva Orleans simbolizó los costos sociales del desarrollo capitalista.

Los comentaristas apuntaron a los efectos nocivos de la urbanización de las zonas pantanosas y las islas barrera de las que Nueva Orleans dependía para su protección natural contra las tormentas y señalaron los nexos entre la producción industrial, el dióxido de carbono y el aumento de la frecuencia y ferocidad de los huracanes.

Lo cierto es que la narrativa dominante de los desastres como instrumentos de progreso siempre ha tenido sus críticas. Los desastres con frecuencia han sido realmente desastrosos para los pobres. Las condiciones de emergencia a menudo han echado a un lado los derechos ciudadanos y una fe ferviente en el desarrollo económico con frecuencia ha restado atención a sus costos sociales. En general, los costos sociales y medioambientales han resultado invisibles frente al discurso dominante estadounidense del progreso. Pero después de Katrina, los desastres resurgieron como manifestaciones de un mundo catastrófico en lugar de como instrumentos de mejora.

Todo esto nos trae a Haití y el reciente terremoto. Con una magnitud de 7 en la escala de Richter, el sismo dejó a Puerto Príncipe en ruinas. La Cruz Roja estima que 50.000 personas podrían haber perdido la vida. No hay electricidad, hay poca agua potable y la amenaza de enfermedades y más muertes es alta.

Está claro que un gran factor contribuyente a la situación fue la pobreza, ya que las infraestructuras y los edificios y los servicios sociales ya eran deficientes para empezar. Los mayores desperfectos y sufrimiento ocurrieron en las barriadas de las colinas de la ciudad. La mayoría de haitianos ganan US$1 al día; el desempleo es generalizado, así como el hambre y el analfabetismo. La imperiosa necesidad de energía ha causado una deforestación masiva, algo que aumenta el riesgo de inundaciones y deslices de tierra. Como todo desastre, este hace ponderar la cuestión de sus posibles lecciones. No es de sorprender que haya poco consenso en nuestro mundo polarizado.

Un argumento aduce que la solución a tanto la pobreza como el desastre es la integración en los mercados mundiales: más préstamos del Fondo Monetario Internacional y ajuste estructural.

Pero críticos del modelo neoliberal argumentan que el desastre es el resultado del desarrollo capitalista bajo el influjo de la comunidad internacional.

Tal vez sea tiempo de escuchar a Voltaire. En primer lugar, la obligación es ayudar a las víctimas. Luego es momento de estudiar y preguntarse qué tipo de desarrollo es el que más le conviene a Haití.

Siga bajando para encontrar más contenido