Las reformas financieras de 1951 y 1963

Las reformas financieras de 1951 y 1963

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mayo 21 de 2009 - 05:00 a.m.
2009-05-21

Los hitos en el desarrollo del sistema financiero durante la segunda mitad del siglo XX fueron los de la reforma bancaria de 1951 que definió al Banco de la República como un banco de fomento, significando que debía cumplir el rol de prestamista directo del sector privado, asignando créditos de distinto precio según el criterio del Gobierno de incentivar el desarrollo de ciertas actividades y no de otras.

Con ello, los escasos recursos crediticios eran otorgados favorablemente a algunos agentes, mientras que el resto debía soportar condiciones más duras, sobre todo en la medida en que la autoridad monetaria recurrió crecientemente al encaje bancario para contrarrestar las expansiones de crédito primario que alimentaban el crédito subsidiado.

El encaje restringía aún más un sistema que no hacía mucha utilización de las captaciones del público para financiar sus actividades de préstamo o de inversión y que, por lo tanto, estaba fuertemente reprimido. El crédito extra bancario cumplió un papel importante en el financiamiento privado con todos los problemas que surgen de intermediarios que no ofrecen garantías a sus depositarios y que pueden cobrar tasas de interés 5 veces más altas que las utilizadas por el sistema bancario regulado.

El régimen cambiario escogido por la autoridad monetaria después de 1951 fue una tasa de cambio fija que sirvió como ancla contra la inflación, pero tuvo que ser soltada cuando se acumularon problemas de escasez divisas, en 1957, 1964 y 1966, causando serios choques devaluacionistas que se trasmitían a la inflación.

En 1967 entró a regir un sistema cambiario que devaluaba a diario la tasa de cambio y que se conoció como una tasa deslizante o la devaluación gota a gota que a veces fue más que eso.

La serie de tasas de interés bancaria real insinúa la existencia de un sistema financiero reprimido: hay largos períodos en las que ellas se tornan negativas, como durante toda la década de los 40 y tasas bajas o de nuevo negativas en los años 60 y 70. En un país todavía caracterizado por una gran escasez de capital y donde la bancarización era muy incompleta, el precio del dinero del sistema oficial estaba fijado administrativamente y alejado de su demanda real. Las tasas de interés de captación eran inferiores a la inflación, de tal modo que los que depositaban sus ahorros en el sistema financiero perdían gran parte de su valor real, lo cual era incentivo para el desarrollo de un sistema informal de ahorro y crédito que prestaba a tasas de interés exhorbitantes y que tenía sistemas de cobranza a veces violentos.

Los sujetos de crédito institucional eran escasos, derivados de privilegios de pertenencia familiar, de clase o de índole política. Las tasas de interés negativas reflejan también inflaciones persistentes que tienen períodos de volatilidad durante los cuales se vuelven especialmente negativas. Era éste un sistema de crédito llano cuyo crecimiento dependía entonces de los préstamos que le hiciera el banco central y no de las captaciones del público.

La expansión monetaria con que se financiaba el gasto público y el crédito subsidiado se neutralizaba con encajes que llegaron a rondar alrededor de la mitad de las cuentas corrientes, algo que se agravaba con las inversiones forzosas de los bancos a favor de los agricultores o los controles a las tasas de interés. Esto llevó a que el sistema fuera muy reprimido y apalancara poco el desarrollo económico del país.

La comparación internacional de Colombia con varios países asiáticos muestra el raquitismo del sistema financiero del país, cuya cartera en promedio se quedó rondando alrededor del 20% del PIB, mientras los países del sureste asiático alcanzaron una cartera que era similar a su producto interno o superior a él en el caso del Japón.

La introducción de depósitos de valor constante en la década de los 70 para atender la construcción como sector líder, los llamados Upac, ideada por Lauchlin Currie fue muy exitosa para el crecimiento de un sector no transable por excelencia.

Los bancos respondieron con los depósitos a término ante la corrida de los depósitos del público, con lo cual el sistema financiero se profundizó en los años 80 y las tasas de interés reales se treparon a niveles relativamente normales de un mercado de capital de un país que tiene una escasa dotación del mismo. En los años 80 y 90 las tasas bancarias reales oscilan entre 10 y 20%, dependiendo de las políticas monetarias y de encaje del Banco de la República que hacían más escaso o abundante el crédito. Se nota a lo último del período que existe una política monetaria contracíclica con tasas de interés altas en los auges y bajas en la recesión.

Otro cambio importante en el régimen monetario colombiano fue la creación de la Junta Monetaria en 1963, constituida por los ministros del Gasto y el de Hacienda, más dos asesores de buen nivel técnico, que dio lugar al ejercicio de la soberanía monetaria por parte del Gobierno, el cual produjo un relajamiento de las reglas de emisión y con ello un aumento permanente de los niveles de inflación.

La tasa de cambio deslizante pretendía que la devaluación siempre estuviera por encima de la inflación, algo que la tornó inercial, puesto que la trasmitía a las expectativas de los agentes hacia el futuro.

El incentivo para los exportadores funcionó bien por un tiempo, pero el mecanismo no garantizaba la devaluación real del peso y hubo coyunturas en que resultaba contraproducente continuar devaluando el peso: durante varias fases de bonanzas de exportación o llegada de capitales externos el Emisor permitió la revaluación real del peso para frenar la presión inflacionaria que generaría la monetización de una avalancha de divisas.

En todo caso, tal política ayudó poco a controlar la inflación que entre 1970 y 1995 superó el 22% anual en promedio.

Eran tiempos en los cuales las expectativas de inflación estaban atadas a la devaluación gradual administrada del peso, la economía y en particular su sector agropecuario estaban muy protegidos, lo cual facilitaba el ajuste de precios hacia arriba por parte de los productores.

Al mismo tiempo, la tasa de interés estaba efectivamente atada a la inflación pasada, de tal modo que los precios fundamentales de la economía tendían a moverse hacia arriba de consumo.

Por último, también los salarios se fijaban de acuerdo con la inflación del año anterior, todo lo cual confluyó en hacer extremadamente persistente la inflación colombiana.

La regla de la autoridad monetaria era intentar vagamente que la cantidad de dinero en la economía creciera a una tasa bastante permisiva: sólo cuando la inflación superaba el 25%, se aumentaba el encaje marginal y las tasas de interés se iban al cielo.

Por último, el Gobierno podía recurrir a créditos del banco central que fueron muy grandes en la década de los 80. La inflación inercial sólo pudo ser combatida con un nuevo régimen monetario introducido por la Constitución de 1991 cuyo distintivo fue la independencia que le garantizó al Banco de la República.

De allí en adelante comenzó a reducirse la emisión primaria, lo que tuvo el efecto de reducir sistemáticamente la inflación. 

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