Reinado de belleza

Flaco servicio le presta a la historia colombiana una disparatada clasificación presidencial, como no sea para estimular al resurgente partido liberal con 8 de los 10 primeros en la lista.

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diciembre 02 de 2010 - 05:00 a.m.
2010-12-02

No de otra manera puede calificarse el ranking de los presidentes de Colombia difundido la semana pasada en una revista de gran circulación. Puntajes con dos decimales para adjudicar científicamente, al igual que méritos por bustos y caderas.

 Flota, además, un sesgo ideológico, como si el jurado del concurso se inclinara por las altas y flacas más que por las bajitas y rollizas.

El ranking peca en dos frentes: el conceptual y el de la membrecía de un elenco calificador de altísima calidad, en lo suyo. Acertaron eso sí, y reflejaría la intuición de colombianos rasos, en la calificación del mejor y el peor de sus mandatarios: Alberto Lleras recibió por dos veces un país descuadernado y en ambas aplicó el bálsamo preciso para parapetarlo; José Manuel Marroquín, por incapaz, dejó crecer una rebelión liberal derrotada que se prolongó mil días y perdió Panamá mientras componía acrósticos.

El pecado conceptual nace de diez de los once criterios para la puntuación. Sólo el undécimo se refiere al "desempeño en el contexto de la época", lo único que realmente cuenta. La mayoría de las otras categorizaciones son una colección de imaginarios del siglo XXI, arrume ideal de buenas prácticas de gobernabilidad, sin anclaje aplicable uniformemente al "contexto de la época".

En su estricta aplicación cabría imaginar la rajada de Bolívar, a quien los escrutadores clasificaron entre los diez primeros (quinto), quizá porque les daba vergüenza dejarlo por fuera.

Se anota de Don Sancho Jimeno que él, aparte de haberse enfrentado a los filibusteros en 1697, fue un sobresaliente gobernador encargado de la provincia de Cartagena. Reprimió palenques de cimarrones, sin maltratar las valiosas piezas recuperadas, pero castigando ejemplarmente a los cabecillas. Su deber era prevenir el escape de los esclavos, pero con esos antecedentes en el ranking del siglo XXI puntuaría en la cola como Marroquín.

En cuanto a la membrecía, hay que partir para sopesarla de que la historia es una disciplina muy exigente. La maestría del historiador se construye con el tiempo. Decantar eventos, personajes, intereses, inquinas y sutilezas es tarea de paciencia.

El conocimiento se va acumulando como las formaciones geológicas de la corteza terrestre, capa sobre capa. Del panel de expertos para el ranking hicieron parte sobresalientes historiadores. Un 40%, distinguidísimo sin duda, llegó, sin embargo, de otras vertientes del saber.

Con todo respeto, don Sancho se atrevería a poner en duda su idoneidad para conocer a fondo, juzgar y ordenar de 1 a 42 los presidentes con más de dos años de ejercicio en el poder en el contexto de cada uno en su época a lo largo de dos siglos. La digestión de la bibliografía puesta a su disposición por los organizadores puede tardar varios lustros.

Curiosamente la lista de presidentes incluye inexplicablemente a Laureano Gómez (penúltimo), quien gobernó sólo un año y tres meses. Periodo similar al del probo e ignorado José Eusebio Otálora, vilipendiado por el radicalismo a raíz de la compra de un coche para sus funciones, pero con apenas una sobria biografía (de la pluma de una allegada). Para ser consistente, habría que valorar también a José María Obando, controvertida figura de amplísima bibliografía.

Flaco servicio le presta a la historia colombiana una disparatada clasificación presidencial, como no sea para estimular al resurgente partido liberal con 8 de los 10 primeros en el ranking. Pero nada debe sorprender de un concurso que, aparte de vender revistas, parecía diseñado para seleccionar bellas reinas venezolanas de quirófano.

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