Ante el relativismo, nada como un viaje en avión

Desde muy niño he sentido una emoción especial cuando el avión acelera tomando carrera para despegar; sigo pensando que se trata de algo milagroso.

Finanzas
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marzo 23 de 2010 - 05:00 a.m.
2010-03-23

¿Cómo es posible que con ese peso y tamaño, un avión lleno de pasajeros corra por la pista a una velocidad tan alta que las gotas de lluvia de la ventanilla, a fuerza de volverse horizontales, desaparezcan sin importar qué tanto esté lloviendo? ¿Qué hace que a los pocos segundos de esa carrera den ganas de coger con la mano los carros que se ven a través de la ventana para ponerse a jugar con ellos? En esos momentos no dejo de pensar en todo lo que está detrás de ese vuelo. La fuerza que me empuja contra el espaldar de mi silla es producto de la combustión de un líquido que estuvo por millones de años atrapado en las profundidades y que, en último término, fue un rayo de luz que llegó a la Tierra. Esa combustión tan ruidosa es en realidad un chorro de luz solar que, finalmente liberado, empuja con fuerza el avión. ¿Y cómo pudo el hombre liberarlo? Se necesitaron miles de científicos y vidas enteras dedicadas a descubrir poco a poco los secretos de la física, de la química, de la metalurgia, para que esa explosión fuera controlable. Más que el petróleo, me impulsa un condensado de toda la ciencia moderna, ¿cómo no sentir emoción? Claro que todo ese conocimiento quizá se hubiera quedado en los libros de no ser por los aventureros que arriesgaron sus vidas subidos en los primeros amagos de lo que sería un avión. Si yo voy hoy cómodamente sentado, es gracias a que alguien con la suficiente pasión para dejar colgando sus piernas en el vacío, lo intentó antes, ¿cómo no recordarlo? Y si yo hubiera sido hijo de un rey o de un hombre muy rico, quizá me parecería lógico disfrutar de placeres reservados para unos pocos; pero resulta que no; la maravilla de que por una suma relativamente baja se pueda viajar en avión, es el fruto de los emprendedores que supieron ver en la aviación un negocio y que gozaron de la libertad para emprenderlo, ¿cómo no apreciarlo? Pero la belleza del proceso natural, la exquisitez de la inteligencia humana, el valor de aventureros y emprendedores, no podrían convertirse en una realidad permanente si no estuvieran sustentados en unos valores éticos incuestionables. Mi tranquilidad durante todo el vuelo se basa en que sé que los pilotos, los gobiernos de los países sobre los que paso y todas las personas que directa o indirectamente tienen que ver con el vuelo obedecen a unas estrictas normas de conducta. Si, por ejemplo, en medio del vuelo se declarara una emergencia, sé que no se cuestionaría mi raza, mi credo, mi origen ni mi nacionalidad. Cualquier aeropuerto estaría dispuesto a permitirnos aterrizar porque un avión en emergencia es prioridad y en tierra habría personas dispuestas a dar su vida por intentar salvarme. También sé, aunque parezca obvio, que ningún piloto aterrizará o despegará sin ser previamente autorizado, que ninguno se colará astutamente en la fila y que aunque las empresas de aviación tengan que ser rentables, por ahorrar costos no pondrán en peligro la seguridad del vuelo; en fin, que volar en avión es entrar por unas pocas horas en un reino en el que todos se comportan como lo indican los más altos estándares éticos. Si bien en nuestra vida diaria es normal que por costumbre terminemos perdiendo noción de las maravillas que nos rodean, de las que generaciones pasadas no pudieron disfrutar, la verdad es que resulta muy peligroso que no apreciemos, como se lo merece, el contexto ético que hace que todo esto sea posible. Con facilidad cuestionamos esas verdades y nos declaramos ‘relativistas’, decimos que ‘nada es verdad ni mentira’, que ‘todo depende’, que ‘lo que para unos es malo para otros es bueno’ y desechamos de un plumazo siglos de la mejor filosofía. Resulta sorprendente, o al menos para mí, que personas educadas vayan por la vida creyendo cosas que ya deberían haber sido superadas; resulta tormentoso que casi todos los periódicos dediquen páginas completas a horóscopos, que la medicina llamada alternativa ocupe horas y horas de programas radiales, que la televisión abra sus puertas a brujos. Eso vende, es cierto, pero no se deberían aprovechar de la superstición, el miedo o la ignorancia. Lo cierto es que frente a la necesidad de ir de un sitio realmente distante a otro, todos, sin excepción, viajan en avión: los gobernantes conservadores y los comunistas, los brujos y los científicos, los filósofos relativistas y los que no lo son, los ateos y los creyentes, los pacifistas y los terroristas. Hasta donde sé, no hay algo que pueda llamarse ‘aviación alternativa’; nadie promueve viajes a distancia con aguas mágicas o con cristales. Los periódicos no se atreven a dar cabida en sus páginas a quienes afirman que van de un sitio a otro usando ‘trasladadores’ estilo Harry Potter. Todos, insisto, nos plegamos a la ciencia, a esa ciencia que tanto trabajo nos ha costado conseguir, a esa que es imperfecta, escasa e infinitamente mejorable, pero que es real, confiable y efectiva. Y al igual que a la ciencia, nos plegamos también a unos valores inmutables, a un código de conducta único. En un avión todos sabemos qué está bien y qué no. Y todos sabemos que cuando estos códigos no se respetan se desencadena una tragedia. Todas aquellas sociedades que se nieguen a aceptar las verdades de la naturaleza, como el principio de Bernoulli que sustenta al avión en vuelo, que impidan la libertad de acción del emprendedor o, en especial, que desechen como contingentes las verdades éticas, se verán forzadas a ir de un sitio a otro a pie, por decirlo de ese modo. La próxima vez que viaje en avión, mire por la ventanilla y piense si usted se dejaría llevar mansamente a su silla si tuviera la más mínima duda de la rectitud de intención de todos los que le rodean. Y piense, si esto es así en un avión, ¿por qué extraño motivo sólo tendría validez en este contexto y no en el de su empresa, en el de la ciudad en que vive, en todo el mundo? Nada mejor para un relativista, que invitarlo a un viaje en avión. ANDRUI