Rémoras del mundo provinciano

Sorprende que tantas personas que dicen estar siempre in, sean tan propensas a mantener tradiciones ridículas, o a copiar con pobreza deplorable las que se inventan los gringos para afianzar notoriedades de papel. Vivimos un medio social que no logra superar el complejo de rústicos venidos a más, con renovados aderezos arribistas y supremo mal gusto.

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abril 27 de 2007 - 05:00 a.m.
2007-04-27

Nos sigue pareciendo un signo de máxima distinción medir a los muertos por el número de avisos fúnebres que pueblan los periódicos. Eso pudo tener sentido en una comunidad pequeña, donde la familia y los amigos hacían notar su condolencia en carteles callejeros. Pero esas páginas enteras de un periódico de circulación nacional con cientos de cuadritos repetidos que invitan a unas mismas exequias de un fulano, por lo común pagados por personas que ni siquiera lo conocieron pero desean lucir como amigas íntimas del deudo poderoso, es de lo más cursi que pueda darse. Y se da a diario, a costos millonarios. Ni hablar del caso en que el muerto es pariente del periódico y éste nos pone a llorarlo por meses y años. Que revistas de análisis supuestamente serias tengan una sección dedicada a cubrir eventos sociales de pacotilla, donde posan los invitados -con frecuencia los mismos semana a semana- como si fueran la corte en Balmoral, y que eso sea tenido como símbolo de pedigrí, es otro vicio copiado de los figurines españoles, campeones olímpicos del charro subido. Más aberrante es que la gente normal se esmere en hacerse fotografiar con la muchachita de farándula que está en la fiesta como pieza de alquiler. Y más aberrante aún, que los organizadores de eventos asuman por costumbre ‘invitar’ con estipendio a esas muchachitas y otros personajes de moda, para que sonrían por taxímetro, contra un cheque y un par de whiskys. Que eso suceda en Valledupar, vaya y venga, pero en una capital del siglo XXI y siete millones de habitantes, provoca llanto. O risa. O pena ajena. Por lo frondio de alquilar reporteros de fiesta para toda ocasión, ¿qué de distinto tiene el nuevo rico que casa a la hija y en el condumio reparte hornos microondas y sobres con dinero con cada pedazo de ponqué? ¿Hay derecho a criticar los párrocos de pueblo que aún difunden sus sermones con altoparlantes a kilómetros de distancia, cuando la ‘crema’ de la radio y la TV hace desfilar por alfombra roja parejas de personajitos con atavíos grotescos y peinadas de folletón, joyas falsas y maquillajes de espanto, para una sesión de premios, provocando un trancón madre frente a un vetusto teatro de la carrera séptima? ¿Qué tal la lambonería de los entrevistadores y el afán de los camarógrafos por destacar la pierna desnuda que se apresta a bajar de una anticuada limusina de agencia, a lo Beverly Hills? Esas y otras novelerías, sucedáneas del viejo ditirambo social, son tan costosas como idiotas. Emulan con otras versiones de menor boato en el afán de mostrar cómo nada hace más feliz a nuestra clase emergente que ejercer el poder a golpes de ruido: el ejecutivo sucreño que celebra su cumpleaños en un penthouse y se lo hace padecer a miles de vecinos con vallenatos al rojo hasta el amanecer; la señora en carro elegante que se pega al pito para que el portero le abra el garaje a la una de la mañana; el policía con altavoz por las arterias principales de la ciudad, dando gritos a diestra y siniestra; la azafata que se apodera del micrófono del avión cada vez que puede; el conductor de ambulancia que traumatiza con pitos y sirenas inútiles a conductores y peatones, sin compasión por ellos ni por el paciente. ¿No hay quién les ponga sordina? Consultor privado "Nada hace más feliz a nuestra clase emergente que ejercer el poder a golpes de ruido”.

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