La renovada importancia de los dividendos

La renovada importancia de los dividendos

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diciembre 16 de 2011 - 05:00 a.m.
2011-12-16

Escribe Charles Carlson en The Little Book of Big Dividends, que inversiones en 1982 de $5.000 dólares en dos acciones, Exxon y Philip Morris, valdrían hoy cerca de un millón de dólares. Y no se habría requerido de dotes especiales: la primera era componente del Dow y la segunda fabricaba Marlboro. Su característica común, tan valorada por esos tiempos, es que repartían buenos dividendos. El retorno total de una acción comprende su valorización y el reparto de dividendos. De acuerdo con un estudio de Morningstar, por décadas desde 1930 hasta mediados de este año, el retorno promedio anual de las empresas que han conformado el índice S&P 500 fue de 9,8%. Los dividendos representaron el 40%, con un rango estable cercano al 3% y 6% al año. Llama la atención que su aporte más bajo se produjo en esta última década. Por su parte, la valorización depende del crecimiento de utilidades (en general bastante estable entre 4% y 7%), más el cambio en el múltiplo que el mercado esté dispuesto a pagar por cada peso de utilidades. Retomando una idea de Keynes, John Bogle anota en uno de sus libros que cambios sustanciales en esta relación precio/ganancias, originados fundamentalmente en factores emotivos, generan "variaciones salvajes en los precios, aún en periodos de 10 años". Dadas las altas valorizaciones alcanzadas durante el gran mercado alcista de los ochenta y noventa, y dado el bajo interés por los dividendos en esta última década, no debería sorprender que el mercado de acciones de los países desarrollados no tenga prácticamente nada por mostrar en el transcurso de estos últimos diez años. Tampoco extraña el escaso entusiasmo de estos días por la renta variable. Por ahora no parece que las cosas fuesen a cambiar. El rendimiento de los bonos del Tesoro a 10 años, posiblemente el parámetro más utilizado para interpretar las perspectivas de crecimiento económico, se mantiene hace ya un buen tiempo por los lados de 2%, muy por debajo de su promedio histórico. Y las señales han sido claras en el sentido de que, por lo menos durante los dos próximos años, las tasas de interés en Estados Unidos seguirán por el suelo. A su vez, Bill Gross, la persona que maneja los mayores recursos de renta fija en el mundo, decía recientemente que quien logre una rentabilidad superior al 5% en los próximos años puede darse por bien servido, dados los problemas de deuda en los países desarrollados y la disfuncionalidad de la familia de naciones europeas, con efectos en el resto del mundo. Para inversiones en renta variable, se desprende entonces que es muy poco lo que se puede esperar en lo referente a crecimiento económico. Diferente es el panorama de los dividendos. Su rendimiento en algunas grandes empresas (dividendo/precio) es actualmente mayor que el de sus respectivos bonos (por ejemplo, 4,57% vs. 4,34% en el caso de Merck, según datos de Morningstar). Es necesario remontarse a los años sesenta para volver a encontrar el fenómeno. El reconocido exceso de liquidez en las grandes empresas, y el hecho de que su reparto se haya rezagado con respecto a las utilidades (actualmente tan solo el 27%, el más bajo en la historia), los hacen de nuevo muy atractivos. La creciente demanda de flujo de caja por parte de una generación que se está jubilando, y su potencial de crecimiento ante una eventual inflación, son vientos favorables de cola. La tarea entonces es identificar empresas con capacidad de mantener y aumentar su dividendo, independientemente del ciclo económico. Tienden a ser compañías maduras con crecimiento moderado, especialmente en el sector farmacéutico, de servicios públicos, telecomunicaciones, bienes básicos de consumo, y ya, una que otra de tecnología. Como sus necesidades de expansión son más limitadas, se les facilita la tarea de mantener sanas políticas de dividendos. Al estar fuera del radar de especuladores obsesionados con crecimiento, los precios de sus acciones sufrirán menos a cauda de esos movimientos salvajes. Importante también que el porcentaje de utilidades repartidas esté por debajo de un 50% o 60%; cantidades mayores pueden augurar una reducción, y hasta eliminación, de su pago. Según Carlson, este cociente es la mejor herramienta para examinar la salud de una política de dividendos. Al contrario de lo que se tiende a pensar, no conviene que el rendimiento del dividendo (dividendo anual/precio) sea particularmente alto, porque este cociente es un buen indicador de riesgo (a más alto, mayor riesgo). Un caso típico es la entidad hipotecaria New Century Financial, que llegó a ofrecer un rendimiento hasta de 18% en el pico de la burbuja inmobiliaria (al poco tiempo se declaró en bancarrota). Un dividendo sustancialmente por encima del promedio del sector correspondiente debe ser interpretado, ante todo, como una alerta. Cabe recordar que las acciones con dividendos son, finalmente, acciones. ¿De qué sirve un dividendo de 8% si la acción va a desplomarse un 40% o 50%? Un examen a fondo de su situación financiera sigue siendo de primordial importancia. Sin utilidades no habrá dividendos. Como en los viejos tiempos, invertir en acciones de empresas con políticas sanas de dividendos quizá resulte, a pesar de todo, una buena idea. Error Imprimendo XML

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