Responsablemente ricos

Se padece de una especie de fiebre porcina en su variedad virulenta: la holandesa. Como se recordará, Holanda casi sucumbe cuando descubrió gas en su mar del Norte y el diluvio de divisas fortaleció al florín a tal punto que el resto de la economía se ahogó. El mal ha adquirido ribetes de enfermedad endémica en Colombia. La revaluación del peso no para. El 25 por ciento en el último año, como remate de un proceso que viene de atrás. Aún con inflación modesta, ninguna economía resiste sin antídotos ese embate viral.

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marzo 05 de 2010 - 05:00 a.m.
2010-03-05

Muchos sectores económicos sufren con el robustecimiento del peso. Afecta las ventas de la industria en el exterior, impacto enmascarado hasta hace poco por las peculiaridades de la demanda venezolana. Y perjudica la industria en el interior, agobiada por importaciones legales e ilegales. Por las mismas razones aprieta al agricultor. Toca al turismo; el dólar se le achica al visitante y favorece la fuga de clientes criollos. Casi que el único segmento indemne es el de los servicios no transables. La revaluación es un componente del 14 por ciento de desempleo. Los principales elementos de la apreciación del peso son la inversión extranjera en el sector minero-energético, las crecientes exportaciones de petróleo y carbón y el déficit gubernamental que se financia con bonos de deuda externa y se monetiza. Ninguno de los factores endurecedores de la divisa local da señales de ceder. Y se viene encima la bonanza del oro y quizá más tarde la del mineral de hierro del Guanía, si se anestesia a los ecorrígidos. Capital fresco y ventas de energía en bruto favorecen la buena salud económica a largo plazo. Al fin le llegó a Colombia su momento después de carecer, durante siglos, de recursos naturales fácilmente explotables, al menos en comparación con vecinos del hemisferio. Aquí se sobrevivió transpirando para producir la quina, el tabaco y el café. Ni siquiera el oro de la colonia era fácil; su lavado dependía del sudor esclavo. Quiérase o no el país tendrá que acomodarse a la condición de gran exportador de materias primas. Ser exportador de recursos naturales como Canadá o Australia nada tiene de malo. Al contrario, debe ser una bendición poder aumentar rápidamente el ingreso per cápita, propiciar su distribución sin tributación asfixiante y tener con qué mejorar la infraestructura y la competitividad del país. Lo malo es no saber administrar el cuarto de hora. La política económica colombiana no está adaptándose con juicio a la nueva situación. Se observa una cierta pereza de los siempre alertas analistas para formular alternativas. La excelente calidad de sus expertos económicos ha sido una de las ventajas comparativas del país para el manejo de la escasez, pero no se está manifestando. El Gobierno por su parte anduvo hasta hace poco en otros menesteres. Urge ponerse a pensar. Ideas no deberían faltar. La primera y obvia, a pesar del reducido margen fiscal, es ponerle coto al endeudamiento en divisas por parte del Estado. Su abuso acaba de producir un desplome de 100 pesos por dólar. Otras, más exotéricas, serían inversiones que coman capital. Se vienen a la mente, por las urgencias de hoy, grandes termoeléctricas al pie de las minas de carbón para enrayar el enriquecimiento casi ilícito de generadores hidráulicos por cuenta de ‘El Niño’ (el precio del kWh subió de $150 a $300 en la bolsa) ¡Pobre desprotegido consumidor! Eficiente capacidad térmica firme sería un freno, y una forma de añadir valor exportable. Habría, y es lo que diría don Sancho –el héroe de Cartagena en 1697– que prepararse para ser responsablemente ricos. rsegovia@axesat.com *Ex ministro. Historiador "Al fin le llegó a Colombia su momento después de carecer, durante siglos, de recursos naturales fácilmente explotables, al menos en comparación con vecinos del hemisferio".ADRVEG

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