Los riesgos de los biocombustibles

Los riesgos de los biocombustibles

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noviembre 12 de 2007 - 05:00 a.m.
2007-11-12

José Leibovich me ha hecho llegar el borrador de un documento privado sobre las posibilidades e inconvenientes de la producción de biocombustibles que me indujo a releer un reciente artículo de The Economist que era escéptico sobre el futuro de los biocombustibles (“Ethanol, schmetanol”, septiembre 29 del 2007, páginas 80-81). En síntesis, lo que dice esta revista es que el etanol y en una menor medida el biodiesel son unos pésimos combustibles. Relata que Henry Ford ensayó el etanol hace más de un siglo cuando estaba probando combustibles para sus motores y decidió no utilizarlo porque la energía que se obtiene de un litro de ese combustible es una tercera parte de la que se obtiene de un litro de gasolina. Además, como absorbe agua de la atmósfera, tiene que mezclarse con otro combustible (gasolina, por ejemplo) para que no destroce los motores. Se pregunta entonces ¿por qué el nuevo furor sobre el etanol que los ha vuelto a poner de moda? La explicación, además de que el etanol es más ‘verde’, porque no le añade CO2 al problema del calentamiento global, es que los gobiernos están subsidiando su producción. Sostiene The Economist que eso no evita que el etanol continúe siendo un pésimo combustible y que los biólogos y los biotecnólogos ya están trabajando para generar alternativas. Una de ellas es el butanol, otras contemplan la posibilidad de diseñar en el laboratorio alcoholes o petróleos sintéticos más ricos en energía, o de enzimas que los produzcan. Que esos combustibles sean eventualmente competitivos con los derivados del petróleo es algo que está por verse, concluye el artículo. Todo va a depender de una mezcla de economía y política. Pero The Economist cree que “el afán político de respaldar el etanol solamente porque es ‘verde’ y porque la gente sabe como hacerlo es un error”. A esta preocupación se le suma la de la competencia entre combustible y comida como destino de productos alimenticios como el maíz, por ejemplo. El dilema es dramático si se advierte, como lo presenta un documento del Banco Mundial, que “la cantidad de maíz requerida para producir el etanol que demanda llenar el tanque de un coche deportivo podría alimentar por un año a una persona”. Leibovich señala que si la persona es pobre, el dilema moral es aún mayor. En la misma dirección del artículo reseñado, la preocupación de Leibovich es que los gobiernos utilicen recursos fiscales escasos para subsidiar la producción de biocombustibles que tienen una dudosa posibilidad de éxito en el mediano plazo, con muchas posibilidades de ser sustituidos a la vuelta de unos años y que esto distorsione los incentivos hacia una mayor (e ineficiente) utilización de la tierra para producir los biocombustibles. Dice que “aparece entonces un dilema real, que a nivel de cada país en desarrollo debe analizarse con cuidado para balancear los beneficios y costos de un volcamiento de sus tierras y demás recursos a la producción de biocombustibles”, afectando la de alimentos y el bienestar del consumidor. Uno podría alegar en el caso de la utilización de azúcar para producir etanol que el país ya produce más azúcar de la que necesita y que la ha exportado a pérdida, de tal manera que sería eficiente producir etanol mientras dure la fiebre. Esto puede ser cierto, si no se aumenta el área sembrada, se desplazan otros cultivos y el consumidor no termine pagando el pato. El caso del biodiesel también nos debe hacer cavilar: ¿No estaremos embarcando a empresarios y a campesinos en una aventura que puede terminar en una hecatombe (como se dice ahora)?. Rudolf Hommes Ex ministro de Hacienda ¿No estaremos embarcando a empresarios y a campesinos en una aventura que puede terminar en una hecatombe?

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