Cuando Salamina fue la 'Ciudad Luz'

Una fuente de bronce, en el parque Bolívar, recuerda el período glorioso de este pueblo de Caldas, fundado el 8 de junio de 1825.

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mayo 06 de 2008 - 05:00 a.m.
2008-05-06

En 1899, mientras el país se embarcaba en la guerra de los Mil Días, el pueblo antioqueño de Salamina tenía otra preocupación. Allí seguían el largo viaje de una elegante fuente ornamental de bronce, encargada directamente a la factoría parisina de Kissing, Möllmann & Co, en el número 12 de la rue Martel.

La factura de esta fundición alemana con sede en París está fechada el 27 de diciembre de 1898, y en los documentos aduaneros de Barranquilla consta que el 2 de febrero de 1899 llegaron a puerto en el vapor Alemania siete guacales que traían, debidamente enceradas y envueltas en heno, las pesadas piezas.

Otras cinco semanas le tomó a la fragmentada fuente remontar el río Magdalena hasta Honda, donde se iniciaba el trayecto más difícil. Había que remontar la cordillera Central, por el páramo de Herveo, para llegar a Salamina. Casi seis meses duró este recorrido, avanzando cuando más unos pocos kilómetros al día, si el tiempo y los caminos lo permitían. Finalmente, el 1 de septiembre de 1899 fue la entrada triunfal de los caporales y sus bueyes a las calles de un pueblo expectante.

Un año más hubo que esperar, mientras arribaba el pegamento especial, para ver la pila armada, y varios más, vale decirlo, para pagar la deuda de este ambicioso proyecto cuyo costo alcanzó la exorbitante suma de 25.000 pesos.

Salamina apenas empezaba a vivir sus años de gloria. Gracias al café hubo aquí prosperidad económica y una agitada vida intelectual. No en vano el pueblo se autoproclamó, y no solo por su fuente parisina, la 'Ciudad Luz'.

El nombre griego de Salamina, que evoca la gran batalla naval de las guerras médicas que cimentó el dominio helénico del mediterráneo oriental, y que presagia aquí la cultura¿ 'grecocaldense', no debe ser coincidencia. Como tampoco lo es que la placa del templo parroquial que conmemora la llegada de la electricidad en 1916 esté inscrita en latín: noctis tenebras vertit in lucem, dice.

Un gran finca

Para entender el desarrollo salamineño hay que retroceder un siglo más, a 1800, cuando el ciudadano español José María Aranzazu hizo un atrevido viaje desde Rionegro hasta Bogotá, atravesando estas tierras casi vírgenes. Desde Sonsón, al otro lado del río Arma (que hoy limita a Antioquia por el sur) hasta el río La Vieja (que hoy sirve de límite norte al Valle), los españoles no habían dejado ningún pueblo de importancia, con excepción de Arma y Anserma, abandonados ambos una y otra vez por sus habitantes. Estas tierras selváticas, en particular en los climas medio y frío, solo eran visitadas por unos pocos aventureros.

A pesar de las dificultades del viaje, don José María quedó fascinado con estas montañas y, aprovechando un viaje a España en ese mismo año, solicitó al Rey que le adjudicara esos terrenos baldíos. Una cédula real firmada por el rey Carlos IV le capituló a Aranzazu un inmenso territorio, que iba desde la cumbre de la cordillera hasta las riberas del Cauca.

Don José María murió poco después en Maracaibo, y no alcanzó a disfrutar de su extensa finca. Pero en 1824, una vez pasadas las guerras de independencia, los descendientes reclamaron su heredad. Un hijo de Aranzazu, Juan de Dios, era a estas alturas un personaje distinguido de la joven república. Además de gobernador de Antioquia, secretario de hacienda y presidente del Consejo de Estado, llegaría a asumir por encargo la presidencia de la república en 1841. Era, pues, un hombre poderoso.

De otro lado, José Antonio Jaramillo Ruiz, vecino de Sonsón, exploró palmo a palmo esta región y, en 1817, propuso fundar un pueblo en el sitio actual de Salamina, argumentando que "los montes tienen abundantes y buenas maderas" y "cuyas circunstancias hacen el paraje susceptible de los frutos de todos los climas".

La fundación

Doce días le tomó a la comisión oficial que salió de Sonsón llegar al lugar indicado, que encontraron muy apto para la fundación que proponía Jaramillo. La propuesta, sin embargo, fue rechazada por el cabildo de Rionegro ante el temor de que el recién fundado pueblo de Sonsón se despoblara por el éxodo de colonizadores.
La falta de permiso no fue obstáculo para que unos años más tarde partieran a estas tierras algunos colonos, entre ellos el legendario Fermín López que sería luego uno de los fundadores no solo de Salamina sino de Santa Rosa de Cabal y de Manizales. Don Fermín, quien murió octogenario y con numerosa descendencia, es quizás el prototipo del colonizador paisa.

En 1825 se logró un primer acuerdo entre los colonos establecidos en Salamina, y Juan de Dios Aranzazu, el propietario legal. La fundación se protocolizó con la firma del respectivo decreto por Santander, el 8 de junio. Salamina se convirtió así en un eslabón fundamental en la entonces incipiente colonización antioqueña.

Antes de que cerrara el siglo XIX, y de que llegara la fuente de bronce al parque de Bolívar, ya los salamineños habían participado en la fundación de numerosos pueblos. En orden cronológico surgieron Filadelfia, Neira, Santa Rosa, Manizales, Aranzazu, Pensilvania, Marulanda, Armenia, La Merced y San Félix.

Y eso nos trae de regreso a su fuente. En una ciudad de poetas no sorprende encontrar versos dedicados a ella: "Adornando la plaza de Salamina/una fuente de bronce bella y fina" comienzan un soneto de un poeta local. "Caja de bronce donde el agua canta/prisionera en metálica garganta", dice otro.

Salamina se quedó a un lado de las vías y del progreso. Buena parte de sus hijos se marcharon. La gloria de la 'Ciudad Luz' es del pasado, pero ahí siguen sus balcones floridos, sus casonas de techos altos y ventanas con postigos, y ahí seguirá para siempre la cantarina fuente con su bronce eterno.

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