Sant’Angelo, castillo romano de leyendas

El actual castillo, símbolo emblemático de Roma y del Estado Vaticano, fue en su origen un mausoleo erigido en el año 128 por el emperador Adriano, pero los papas lo convirtieron en fortaleza en el siglo VI para pasar durante el Renacimiento a convertirse en residencia pontificia.

POR:
enero 16 de 2010 - 05:00 a.m.
2010-01-16

Para llegar al imponente Castel Sant’Angelo nada mejor que atravesar el puente del mismo nombre sobre el río Tiber, construido por el emperador Adriano, y restaurado después en el siglo XVII con aportaciones decorativas de Bernini y sus discípulos como los diez ángeles que se yerguen sobre la balaustrada y de los que hoy sólo quedan bellas copias, ya que los originales fueron trasladados a San Andrea della Fratte. Cada ángel porta un elemento del Vía Crucis de Jesús, como aquel que sostiene la corona de espinas y otro con la inscripción de la cruz. Al comienzo del puente, los apóstoles San Pedro y San Pablo custodian el camino sobre el río seguido a lo largo de la historia por miles de peregrinos hacia la Basílica de San Pedro del Vaticano, centro de la cristiandad. El origen de su nombre, Ángel, se remonta al siglo VI cuando una terrible peste que asoló a Roma fue milagrosamente atajada gracias a la aparición al papa Gregorio Magno del arcángel San Miguel con la espada que introducía en la vaina como signo de que la epidemia había llegado a su fin. Como agradecimiento, desde entonces un enorme ángel de bronce con las alas desplegadas corona el castillo, que sustituyó a la primitiva estatua de Adriano guiando una cuádriga. Miles de turistas acuden diariamente al castillo y recorren los originales paneles de la muralla, dan una vuelta a la torre redonda, se asoman por las renacentistas galerías porticadas, donde un animado bar-restaurante bajo refrescantes parras ofrece un refrigerio con unas de las mejores vistas de Roma como añadido. PASADIZOS Y POZOS Amén de las maravillosas vistas sobre la Ciudad Eterna, uno de los mayores atractivos de la fortaleza reside en que fue refugio de los papas, quienes desde la Basílica de San Pedro y los palacios vaticanos podían acceder a Sant’Angelo en tiempos de amenazas a través de un pasadizo construido en 1227, conocido como el pasetto. Pasadizos y pozos, como el de nueve metros de profundidad que se encuentra en sala de Clemente VIII dan lugar a terribles leyendas incrementadas por los famosos calabozos, donde la tradición cuenta que fue encarcelado, entre otros, el monje Giordano Bruno, que luego fue quemado vivo por hereje en Campo dei Fiori, en Roma. En 1527, cuando las tropas del emperador Carlos I de España y V de Alemania llevaron a cabo el llamado saco de Roma, uno de los peores saqueos y masacres sufridas por la ciudad a manos de unos 20.000 soldados, en su mayoría alemanes protestantes, aunque también se contaban españoles, miles de personas se refugiaron durante varios meses en el castillo al igual que el papa Clemente VII. Tras la cautividad obligada de seis meses del papa Clemente VII, Paulo III se hizo construir la llamada sala Paolina, una suntuosa estancia con maravillosos frescos y trampantojos de Perin del Vaga y Pellegrino Tibaldi, aislada del resto de la fortaleza por una suerte de rampas y escaleras para evitar el destino de su antecesor. Otras salas albergan exposiciones con piezas etruscas, romanas, renacentistas y óleos como una versión sobre tablas de las ampulosas Tres Gracias de Pedro Pablo Rubens (XVI-XVII) o una excelente escultura sobre leño anónima de la Última Cena del siglo XVII, entre otras piezas de gran valor. Un espacio a tener en cuenta es la sala del Tesoro, situada en el centro del castillo, con armarios de nogal que guardaron los archivos pontificios hasta 1870 en que fueron trasladados al Vaticano y la sala dedicada a las armas y uniformes del Ejército italiano y del Estado Pontificio. En el patio de armas sorprende una enorme catapulta de madera y su munición, numerosas bolas de piedras apiladas que retrotraen al viajero antiguas batallas en un ciudad que respira historia por cada esquina. - Una gran terraza Y por último, la gran terraza, una joya para abarcar la ciudad de Roma con la vista, eso sí, bajo la atenta mirada del arcángel San Miguel que se dispone a envainar la espada ensangrentada dando a entender que se había aplacado la cólera divina y con ella el fin de la peste. Además de los meandros del río, las cúpulas de iglesias, campanarios, barrios enteros, monumentos como el dedicado al rey Vittorio Emanuelle o palacios como el que alberga el Ministerio de Justicia, la Basílica de San Pedro ligada al castillo descuella entre las vistas panorámicas. HELGON

Siga bajando para encontrar más contenido