Seguridad de Israel: el antecedente ‘boer’

En su columna del 24/7/06 en Semana, Héctor Abad Lince analiza rigurosamente la escalada de violencia a dónde llevan los legítimos imperativos de seguridad que rigen el destino del pueblo judío desde el Holocausto y el nacimiento del Estado de Israel, en medio de un mundo árabe-musulmán hostil. Valdría la pena reflexionar a este respecto sobre el itinerario recorrido en su momento por el pueblo afrikaner o boer en Suráfrica, en nombre de la seguridad nacional, y su desastrosa evolución hacia el inicuo Apartheid.

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agosto 17 de 2006 - 05:00 a.m.
2006-08-17

En los albores del siglo XX, los boers (‘campesinos’, en neerlandés) eran vistos como un ejemplo de dignidad y valentía frente a la barbarie del Imperio Británico. Instalados en El Cabo desde 1652, estos pequeños agricultores de origen holandés, alemán y francés (huguenote) emigraron al norte de la actual Suráfrica en 1834, en lo que se llamó la “gran marcha” o ‘trek’, para escapar al yugo colonial. Derrotaron al reino zulú en 1838 y se asentaron en KwaZulu Natal hasta 1843, cuando los sacaron las tropas británicas. Fundaron entonces los Estados ‘libres’ de Transvaal y Orange, reconocidos por los británicos en 1852 y 1854, respectivamente. Con el descubrimiento de oro en Witwatersrand (Transvaal) en 1886, pudo más la codicia británica que sendos tratados. El Imperio anexó a Transvaal en 1877 pero tuvo que reconocer la autonomía del Estado en 1881, después de su humillante derrota por los afrikaners en la primera guerra anglo-boer (1880-81). Lo propio ocurrió inicialmente (1899-2000) en la segunda, a manos de 35.000 boers. Los británicos ampliaron entonces su ejército hasta 450.000 hombres, frente a un ‘remanente’ de 12.000 ‘soldados campesinos’, arrasaron 30.000 fincas boers, con sus granjas y cultivos, envenenaron el ganado y agua de los pozos, ejecutaron prisioneros y recluyeron a 119.000 niños, mujeres y ancianos afrikaners en 45 campos de concentración, en donde la cuarta parte murieron, incluidos casi todos los niños. 43.000 africanos aliados de los boers y también recluidos sufrieron peor mortandad aún, de un tercio o más. Condenados a la exterminación, los boers capitularon en 1902. Nelson Mandela comparó posteriormente la ‘rebelión boer’ a la lucha contra el Apartheid. Con el tiempo, sin embargo, las víctimas se tornaron verdugos. La voluntad de los boers de ser ‘amos en su casa’ para preservar su cultura e integridad física los llevó, tras la independencia de Suráfrica (1910), a fortalecer y ampliar las preexistentes leyes segregacionistas británicas. Sólo podían ser mayoría entre los blancos (superaban con creces a los ‘anglos’), para lo cual despojarían progresivamente a africanos, asiáticos y mulatos, muy superiores en número, de todos sus derechos: voto, derecho de residencia y movimiento, igualdad de educación y trabajo, libertad de asociación y huelga, uniones interraciales. La resistencia africana y asiática trajo consigo cada vez más represión y Apartheid, y éstos, a su vez, más resistencia y odio, junto con el repudio y las sanciones internacionales. A la violencia interna, se sumó la ‘guerra preventiva’ en los países vecinos. La absurda desproporción del Apartheid con el propósito original de defender la ‘seguridad de la nación afrikaner’ y la trágica disposición de muchos afrikaners a anteponer dicha seguridad, mal entendida, a los derechos fundamentales de quienes a su juicio la amenazaban configuraban un ciclo de violencia sin fin, roto por la excepcional sabiduría de Mandela. Hasta ahora, el mundo árabe-musulmán no cuenta con un Mandela, por lo cual es en la misma Israel, sede de algunas de las mentes más brillantes del planeta, en donde ojalá terminen prevaleciendo la necesaria sanidad y claridad históricas para salir del funesto ciclo actual. Consultor internacional "En los albores del siglo XX, los ‘boers’ eran vistos como un ejemplo de dignidad”.

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